La casa vacía. Algernon Blackwood

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Lejos de la fama de escritores como H. P. Lovecraft o Ambrose Bierce, Algernon Blackwood (1869-1951) fue un exquisito escritor inglés, cultivador del género fantástico, conocido por sus excepcionales cuentos de miedo. Precisamente, el hecho de haber centrado casi toda su producción en los cuentos de miedo es lo que otorga esa excepcionalidad a este autor: hay una importante diferencia entre el cuento de miedo y el cuento de terror. Los seguidores de este último género buscan sensaciones fuertes, impresiones repentinas, imágenes impactantes, donde lo sangriento y lo macabro no están casi nunca ausentes. Sin embargo, en el cuento de miedo hay una sutileza, una cierta elegancia a la hora de mostrar los elementos fundamentales del relato, que en la mayoría de las ocasiones tienen relación con lo sobrenatural pero sin la necesidad de cargar las tintas en este aspecto. Digamos que, en el cuento de miedo, es más importante la atmósfera que los hechos, la tensión que el impacto, lo implícito que lo explícito. Frente a la rotundidad del terror se haya la suntuosidad del miedo.

El ejemplo de Algernon Blackwood es esclarecedor. Los cuentos contenidos en La casa vacía (1906) no van a asustar a nadie aunque dudo que el lector no quede en ocasiones sobrecogido ante historias que en apariencia se inician con un episodio de la vida normal que puede suceder a cualquier persona pero que, en un momento dado, y por una causa que no siempre es explicable, se convierte ese episodio anodino en una experiencia inolvidable, distinta y única.

Para ello, Blackwood no desdeña algunos elementos muy arraigados en la literatura gótica, como es el caso del relato que da título al libro: La casa vacía. El planteamiento del cuento puede resultar incluso cansino: el intento de permanecer una noche en una casa vacía a la que se le atribuye una leyenda maldita. Hasta ahí todo parece indicar la andadura de un típico cuento de fantasmas si no fuera porque no es una persona la que entra en la casa, sino dos, y el desarrollo tiene mucho menos que ver con la aparición de fantasmas que con el propio miedo que las dos personas se dan entre sí en un escenario anómalo. No es el que la casa dé miedo: lo que da miedo es el miedo del otro.

Ahí es donde reside la peculiaridad de Algernon Blackwood: sus cuentos van de menos a más, con una extraordinaria capacidad para captar la atención del lector progresivamente, sin artificios ni espectaculares giros argumentales, sino siguiendo una línea recta que va desde la primera palabra del relato hasta la última. No hay nada que desvíe la atención de la historia que se va desarrollando con una tensión inquietante, como si una frase fuera consecuencia de la otra, y un episodio fuera el lógico resultado del episodio anterior, hasta que el lector, cuando menos se lo espera, está metido en una trama tan inexplicable para él como para el protagonista de la historia.

Así es el caso de Transición, un impecable cuento de pocas páginas donde se resume con una sorprendente economía de medios una traumática historia que luego ha necesitado de dos horas en películas como Los otros o El sexto sentido para producir el mismo resultado.

Una curiosa variante del cuento de fantasmas se encuentra en títulos como Cumplió su promesa o Puede telefonear desde aquí. Sin duda, haber, hay fantasmas, pero es el modo de presentar los fantasmas lo característico de Blackwood: digamos que hay como un cierto romanticismo, una necesidad de buscar la compañía de los vivos lo que hace que los muertos aún deambulen por este mundo. Hay miedo, desde luego, pero éste procede más de la terrible soledad que siente quien se ha separado de sus semejantes y está en otro plano donde le resulta imposible comunicarse con sus seres queridos.

Pero si hay realmente una nota muy personal en estos relatos es la referencia a la Naturaleza como lugar seductor y hechizante donde se ocultan inesperados planos de la realidad. Son varios los cuentos que responden a esta interesante propuesta. En Lobo corredor, la omnipresencia de un formidable lobo gris sentado ante un pescador ávido de aventuras es el punto de partida para una historia que transforma el típico horror en una inexplicable anomalía: el lobo se comporta como un pacífico perro, aunque indudablemente adivinamos detrás de esa conducta un misterio que será acertadamente revelado por el escritor en un final memorable. Algo parecido ocurre con El hechizo de la nieve: un viajero que se encuentra en las montañas de Suiza, se aleja una noche de la insoportable fiesta de disfraces que celebran los huéspedes de su hotel para patinar solo bajo la luz de la luna. En uno de sus virajes se encuentra con una joven que patina junto a él de una forma grácil y elegante y que desaparece en un momento determinado, poco tiempo después. La febril búsqueda de esa muchacha durante los días posteriores a través de la helada y hostil naturaleza de las montañas será el punto central e insospechado de la trama.

El que escucha ofrece una visión de lo sobrenatural realmente curiosa: a partir de un diario, vamos conociendo las manías que va acumulando el singular habitante de una casa dedicado a la escritura de ficción. Como suele ocurrir, un escritor necesita de silencio para desarrollar su trabajo y serán los distintos ruidos, tanto de la casa como del exterior, los verdaderos protagonistas del cuento. Y no busquen más allá: no hay nada de extraño que a uno se le rompan los nervios escuchando el persistente ruido de las calles de Londres, los caprichos de un niño de corta edad o el hijo de la casera que vuelve borracho a la casa todos los días. Lo malo no tiene por qué ser lo que escucha el protagonista; lo malo es que, a su vez, sea escuchado.

Finalmente queremos resaltar el que entendemos el mejor cuento del volumen: Culto secreto. Partiendo de una experiencia de su infancia, Blackwood construye una historia en el que el pasado y el presente conviven en el mismo espacio. El escritor inglés estuvo internado en un colegio en Alemania, en medio de un bosque, regentado por una comunidad protestante. Fueron dos años de dura disciplina que, sin embargo, Blackwood convierte en un idílico recuerdo por cuanto reconoce en ellos la fortaleza que imprimieron en su personalidad posterior. El reencuentro, treinta años después, con los Hermanos que fueron sus profesores se convertirá en una pesadilla que gira en torno a una palabra en alemán, Opfer, que los tutores repiten sin cesar en su conversación con el antiguo alumno y cuya traducción trata éste de encontrar en su mente para explicar la alucinante experiencia que está sufriendo mientras es invitado a hacer algo oscuro que teme. No conozco ningún relato de miedo en el que una sola palabra pueda ser el siniestro hilo conductor de la trama.

Algernon Blackwood fue autor de más de 150 cuentos de excelente prosa. Que muchos de ellos puedan ser recordados como joyas del género es indicativo de su rara calidad. H. P. Lovecraft dijo que Los sauces era el mejor relato de terror de la historia. Lo destacable es que cualquiera de nosotros podría añadir algunos títulos más procedentes de la mano de Blackwood.

La casa vacía. Algernon Blackwood. Siruela.

Aunque “Los Sauces” no está recogido en el volumen de cuentos reseñado, indicamos el siguiente enlace donde aparece íntegramente:
Los Sauces

 

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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