Biografía insólita de Jorge Luis Borges. Capítulo 10: Remy De Gourmont, autor del Quijote

En Ginebra, Borges adquirió la que sería una de sus más queridas pasiones: pasear durante horas con amigos hablando de literatura. Junto a sus compañeros de colegio Jichlinski y Abramowicz recorría las orillas del Ródano recitando poemas de poetas franceses, discutiendo sobre las últimas novelas, descubriendo las posibilidades del idioma alemán y la exactitud sintáctica del latín.

Abramowicz fue quien le dio a conocer a Henri Barbusse. En Europa millones de muchachos yacían muertos en el campo de batalla, la guerra parecía no tener fin y ellos mientras, en Ginebra, recitaban poemas a la orilla de un río. Qué extraña es la vida, le dice ahora a su editor Bernés: sus amigos eran emigrantes polacos que, como él, se habían refugiado en un país neutral. Estaban encerrados en una burbuja que encerraba otra burbuja: su pasión por la irrealidad, por la ficción literaria. A pocos kilómetros un continente se desangraba en esas venas de tierra que representaban las trincheras y ellos conocían ese hecho solo de oídas.

Barbusse había publicado un año antes El fuego, una novela antibelicista, vivida en primera persona por el autor, pero el interés de Borges se centró en otra novela de Barbusse, El infierno. Era una forma de abrirse al mundo adulto y dejar atrás la burbuja de la adolescencia. En ese libro, un joven provinciano llega a París y se hospeda en la habitación de una pensión. Pronto descubre la existencia de un agujero por el que puede contemplar la habitación vecina, tarea que se convertirá en una obsesión ya que por ese agujero descubrirá todas las pasiones humanas: el amor, la muerte, el deseo y el sexo.

Hasta ese momento, su vida había estado encriptada entre las paredes de una biblioteca. Seguiría siendo así, porque las pasiones de las que hablaba Barbusse también figuraban en un libro, y como si fuera una condena a la que estaba destinado desde niño, ese enclaustramiento del ardor sexual se mantendría durante toda su vida a pesar de sus esfuerzos porque no fuera así. Él sabe que morirá en pocas semanas y se da cuenta que ha sido un hombre que ha vivido solo, que a pesar de que el amor ha sido una de las constantes de su vida, su destino ha sido un largo vagar por las páginas de los libros.

También descubrió de la mano de su amigo Abramowicz otro escritor pasional, Arthur Rimbaud, y junto a él a otros poetas simbolistas: Mallarmé, Verlaine y un autor ahora olvidado, Ephraim Michael. A todos los leyó en un libro de tapas amarillas publicado por el Mercure de France. Los leyó y los releyó; muchos años después los seguía recitando de memoria.

La familia Borges en Ginebra, 1915

Pero él, Borges el memorioso, el hombre que podía recordar cientos de poemas, miles de nombres de escritores, siempre había evitado hablar de uno de esos poetas que tanto le gustaron en su juventud ginebrina: el olvido había sido selectivamente piadoso con Remy De Gourmont. Borges le sonríe a Bernés desde el otro lado de la mesa; no tiene la culpa de que los críticos tengan peor memoria que él. “Algo de trabajo habrá que darle a mis biógrafos”, bromea con cierta malicia.

Remy De Gourmont fue un autor que escribió fuera de su tiempo: fue un hombre de una cultura enciclopédica, capaz de equilibrar teorías opuestas con su vasta sabiduría filosófica que después sabía aplicar a su literatura. De él leyó sus Paseos filosóficos y sus Paseos literarios, libros de ensayos donde dejaba patente su escepticismo y su insaciable curiosidad. Siempre encontraba la palabra justa para hacer atractivas opacas personalidades cuyo interés tan solo renacía en sus textos. En uno de ellos fue donde conoció a Louis Ménard.

Ménard fue inventor, poeta y pintor, pero ante todo fue un espíritu burlón y paródico. En su juventud se entretuvo en escribir obras perdidas de los poetas trágicos griegos y más adelante preparó un escrito titulado El demonio en el café, que atribuyó a Diderot y que a punto estuvo de ser incluido en una antología sobre el enciclopedista francés. Frecuentaba a los grandes autores de la literatura con el desparpajo de quien sabe que puede reescribirlos palabra por palabra. Según Remy de Gourmont, le gustaba practicar una lectura anacrónica de los clásicos:

Cuando leía a Homero, pensaba en Shakespeare, colocaba a Helena bajo los ojos distraídos de Hamlet, imaginaba a la quejosa Desdémona a los pies de Aquiles.

Veinte años después, en 1939, un escritor argentino convaleciente de una enfermedad que lo pondría a las puertas de la muerte, inventa -para el que sería su primer cuento- a un poeta francés postsimbolista de cuyo trabajo literario nos da la siguiente noticia:

Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis —­el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden­— que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos ­decía­ para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas.

Aunque nadie se diera cuenta, Borges desde su primer cuento ya se dedica a reescribir la literatura y a identificarse con los autores de una forma paródica. En Pierre Menard, autor del Quijote, aquel escritor argentino de vasta memoria decide reescribir la biografía de un oscuro autor, Louis Ménard, a la manera de otro escritor casi olvidado, Remy De Gourmont.

Nada es casualidad en la obra de un escritor”, le comenta a Bernès. “Una literatura difiere de otra menos por el texto que por la manera de ser leída”, y él leyó las páginas de De Gourmont y de Ménard con una mirada distinta a la que tenían sus contemporáneos; en definitiva, la literatura se reinventa, cosa que no puede ocurrir con la vida. Como había dicho varias veces, cada hombre que lee una línea de Shakespeare es Shakespeare. Él, por desgracia, no había leído a Borges; sólo lo había escrito. El que se había dedicado a parodiar a Borges fue ese escritor ciego que vivía en un pequeño apartamento de la calle Maipú de Buenos Aires; el otro Borges esperaba con curiosidad la muerte en una habitación de Ginebra.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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