Biografía insólita de Borges. Capítulo 11: El amor, la muerte y Walt Whitman

En la calma tarde de Ginebra, junto al ventanal donde la lluvia golpea en los cristales, Borges recuerda que en las notas autobiográficas que le dictó a Norman Thomas di Giovanni en 1970 no habló nunca de amor, como si no hubiera tenido importancia en su vida; sin embargo, su amiga y biógrafa María Esther Vázquez decía que él se enamoraba cada dos o tres años, y siempre de la mujer equivocada, aunque la propia María Esther fuera una de las que padeció sus recurrentes inclinaciones amorosas.

Pocas calles más allá, en la Ciudad Vieja, había vivido por primera vez ese sentimiento que lo había hecho tan infeliz a lo largo de su vida: se llamaba Emilie, era lavandera y pelirroja; tenía unos brillantes ojos azules y el encanto del que carecían las demás muchachas ginebrinas. Fue a principios del verano de 1918, cuando su padre ya había anunciado que viajarían a Lugano y después a España.

No es tan ingenuo como para pensar que el primer amor se recuerda toda la vida. Hubo después otras mujeres mucho más importantes para él pero Emilie representó su primer intento de llevar sus sentimientos a la literatura. Lo hizo de una manera torpe, vergonzosamente explícita, no como haría después, que utilizó toda clase de disfraces para ocultar en sus textos la medida de sus continuos fracasos.

Fue el segundo poema que publicó en su vida, en Sevilla, y lo escribió en prosa porque el verso evidenciaba una deshonrosa tendencia al sentimentalismo más atroz. Afortunadamente nadie sabría de aquel texto perpetrado sin sentido del ridículo; ni siquiera lo publicaría Bernés en la edición francesa de sus obras completas, en la que pensaba recuperar algunas de sus primeras poesías.

Piensa que lo único que salvaría sería era su título, Paréntesis pasional, aunque ahora suprimiría el adjetivo, demasiado obvio. El resto del poema era una sucesión de superlativos extraídos de una indigesta asimilación del barroco español:

Y ahora me ilumina la Amada. Sus verdes Ojos ríen. Sus dientecillos ríen y de mis labios manan palabras de Ternura.

Y mi brazo rodea el rítmico talle. Ella charla de cosas Absurdas e Importantes; me habla de sus hermanas, de una Garita enferma de nimiedades, del Taller.

No recuerda por qué escribió esas mayúsculas desbordantes; acaso porque entendió que la pasión era compatible con la ortografía, como lo era con el recuerdo falseado:

Bésame, Bésame… Ya las dudas han muerto. Ya las penas han muerto y contigo a mi lado me siento fuerte como un Dios. Yo soy un Dios. Yo puedo crear la Vida.

El borroso zaguán. La escalera indecisa. Luego, la Alcoba. La Alcoba es íntima y discreta. Hay profundos espejos y Alcatifas de Persia y hondos Divanes y un amplio Lecho sumiso.

La vida es un gran Himno de Goce.

Mi alma deslumbrada de tinieblas vibra como una Cuerda de Guitarra al contemplar la Amada. Mañana ya seremos extraños el uno para el otro, pero ahora yo vivo sólo para ti, para el Jardín claro y excelso que es tu cuerpo nimbado de Ternura.

Tal vez el poema mejora algo más al final, pero prefiere no recordarlo. Era joven, voluble, jugaba a ser Keats o Swinburne y no se daba cuenta que su verdadero amor en aquellos momentos era el idioma alemán, esos versos de acero escritos por soldados alemanes que combatían en el frente, algunos de ellos muertos en la batalla, poesía dura pulida en las trincheras.

Aquellos poetas-soldados lo impresionaron. Había leído los sinuosos versos de Rilke y de Heine; estaba estragado del modernismo de Rubén Darío. Él tenía la ingenua intención de ser moderno y aquellos jóvenes expresionistas alemanes lo eran. Nadie había escrito antes así porque nadie había padecido la desesperanza y la muerte de esa manera tan agónica. Eran una hermandad mundial, compartían los sueños, la magia, las religiones y las filosofías orientales.

Habían encontrado la belleza en esa ausencia de razón que es la guerra, en la perfección del dolor, en la vehemencia de los adjetivos, en la suposición de una confraternidad universal. Igual que pasara en su infancia con Evaristo Carriego, lo que más lo impresionó fueron esas imágenes audaces, eróticas, crueles que eran imitables a la vez que originales. Él podía escribir esa poesía porque veía en ella diferentes ideologías y credos, unidos por la idea de civilización y la ética: la guerra lo había vuelto pacifista, no con esa pasividad teórica de su padre, spenseriano convencido por los libros, sino con la viva fuerza de la experiencia en el campo de batalla, una experiencia que sin embargo él solo vivió también en los libros.

Jorge Luis Borges y Simon Jichlinsky, de excursión en en Ginebra, 1915

Pero a pesar de todo, al poco tiempo iba a descubrir un poeta completamente diferente que lo marcaría para siempre. A Walt Whitman lo leyó por primera vez en una traducción alemana e inmediatamente pidió que le mandaran desde Londres un ejemplar de Leaves of grass en inglés.

Muchas veces se lo ha querido ocultar a sí mismo pero cuando vuelva Bernès para seguir trabajando se lo debe confesar: él siempre quiso ser Walt Whitman. Su poesía le recordaba ese ritmo convincente de los salmos que le recitaba su abuela Fanny de la Biblia, pero más allá de la belleza de sus versos estaba el hombre Walt Whitman, ese hombre que quiso ser todos los hombres, ese escritor que inventó su propia biografía para hacerse invisible entre sus conciudadanos, como él, Borges, invisible también en sus versos, en los recuerdos maquillados de su vida que iba recitando como salmos en las conversaciones grabadas en las que voluntariosos biógrafos creían estar encontrando la clave de su obra.

No era solo admiración: él se identificaba con el ideario de Whitman. Como una inspiración llegada directamente de las páginas de Hojas de hierba Borges había comprendido que Whitman fue cada uno de sus lectores, presentes y futuros, que deliberadamente, como un acto supremo de la invención literaria, había acometido el acto espléndido de diluirse en sus textos y pasar de ser del hombre gris y desdichado que realmente era al gran poeta que canta la voluntad de toda una nación y quizás del mundo.

Él también lo intentó aunque no sabe si lo consiguió. Él también nació en un nuevo país y quiso que la Argentina fuera un sentimiento y una pasión, una forma de ser en el mundo. Posiblemente nadie se dio cuenta porque ahora se estudia la perfección de sus sonetos y la audacia de sus cuentos fantásticos, pero ese Borges que los lectores creen conocer en sus textos es como la imagen que Walt Whitman quiso proyectar de sí mismo, una imagen fabricada que nada tiene que ver con el divino vagabundo Whitman o con el ciego Borges que en la soledad de su casa de Maipú jugaba a ser otro y a ocultarse de ser él mismo.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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