Biografía insólita de Jorge Luis Borges. Capítulo 9: Epifanía en Ginebra

La decisión de permanecer en Ginebra no la tomaron los padres de Borges, sino el káiser Guillermo II. Cuando la familia llegó en abril de 1914, Jorge Guillermo Borges alquiló un departamento en la Rue Malgnou, en la Ciudad Vieja de Ginebra. En julio, el matrimonio decidió hacer una gira por Europa, dejando a sus hijos a cargo de la abuela materna, Leonor Suárez, pero cuando estaban en Múnich estalló la guerra. La familia quedaría encallada en Suiza hasta junio de 1918.

A esta circunstancia le debe Borges el conocimiento del idioma francés, que no le gustaba. Entró en el Collège de Genéve, que había sido fundado en 1559 por Calvino sin conocer apenas el idioma. Como Henry James, su educación académica había sido caprichosa: comenzó a ir a la escuela en Buenos Aires a la edad de 9 años, y su experiencia fue desastrosa. Vestido como un alumno de Eton, sus formas educadas y un tanto pedantes fueron objeto de burlas por parte de sus condiscípulos del barrio de Palermo. A los pocos meses, sus padres decidieron sacarlo del colegio.

Ginebra no le pareció al joven Georgie demasiado excitante. Los suizos lo trataban con indiferencia y le costaba estudiar las asignaturas. Sus rudimentos de francés le abrieron una parte de su literatura poco interesante: recuerda haber llorado con las páginas de Une Passionnette, folletón de la Condesa de Martel sobre una baronesa que se suicidaba al ser abandonada por su amante. Después vendría Tartarín de Tarascón y más tarde leyó a Maupassant, Zola y Victor Hugo. Con el tiempo, de todos ellos solo se quedaría con los poemas de este último.

Borges y su hermana Norah (arriba a la izquierda) en Ginebra, 1916

Suiza y la lengua francesa no auguraban una buena relación con Georgie. Sin embargo, en 1917 conoce a dos alumnos inmigrantes judios, Simon Jichlinski y Maurice Abramowicz, amistad que mantendría toda su vida. A Maurice lo conoció en la Biblioteca Municipal de Ginebra y pronto comenzaron a compartir inquietudes literarias: él fue quien le recomendó la lectura de Verlaine y quien algo más tarde le haría creer en las bondades de la Revolución Rusa.

Borges lo recuerda con su fuerte acento eslavo y una especial sensibilidad para la poesía. Él fue el principio y el fin, y así se lo dice ahora a Bernés, a pocos pasos de donde conociera a su amigo 72 años antes: Abramowicz fue quien le habló por primera vez de los poetas expresionistas alemanes. Allí encerrados en la neutral Suiza, extrañando sus tierras natales, encontraron en la paz una razón vital y literaria. Abramowicz era pura vida, su pasión no se quedaba tan solo en los libros sino que abarcaba toda la belleza del mundo. Su vocación era poética pero su devoción se volcaba sobre los demás. Más tarde sería abogado y siempre fue comunista: pensaba en el universo como un Todo relacionado. Él era uno de los conjurados.

Así sería cómo llegara Borges también a la conjura de la que hablaría en su último poema:

En el centro de Europa están conspirando.

El hecho data de 1291.

Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.

Han tomado la extraña resolución de ser razonables.

Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades. […]

En el centro de Europa, en las tierras altas de Europa, crece una torre de razón y de firme fe.

Los cantones ahora son veintidós. El de Ginebra, el último, es una de mis patrias.

Mañana serán todo el planeta.

Acaso lo que digo no es verdadero, ojalá sea profético.

Maurice Abramowicz le enseñaría el camino y así fue: en enero de 1984, tres años después de la muerte de su amigo ginebrino, le escribió una Elegía que publicó en el diario Clarín de Buenos Aires. En el último verso de este bello poema se despedía de esta manera: “No sé si todavía eres alguien, no sé si estás oyéndome”. No era un recurso retórico –le asegura ahora a Bernés-: le estaba hablando a él, a ese joven con el que se había conjurado en Ginebra cuando tenían 17 años. La respuesta de Abramowicz llegó un año después.

Fue una epifanía: en octubre de 1984, durante una visita a Ginebra, cenó con la viuda de Abramowicz y María Kodama en un restaurante en la Colline Saint-Pierre en la Ciudad Vieja. Sonaba de fondo una canción griega. De repente, en sus oídos el sonido cambió y como una resonancia lejana, como si aquella canción hubiera escrita solo para él y para aquel momento, supo que la letra le estaba destinada: decía que mientras sonara la música uno merecería el amor de Helena de Troya; que mientras sonara la música Ulises regresaría a Ítaca. Y entonces él, Borges, comprendió que su amigo Maurice Abramowicz estaba allí presente con ellos, que se estaba comunicando de una manera hermosa, que aquella conjura seguía en pie, que la muerte puede ser superada por los poderes virtuales de la mente y que el mundo puede alcanzar una intensidad sobrenatural.

Esa misma noche compuso un texto sobre aquella epifanía, que publicaría un año después en su último libro, Los conjurados:

Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches.

Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra. Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.

A Ginebra había llegado para morir, lejos del calor y de la fama de Buenos Aires; nadie comprendió ese gesto. Ocultó su enfermedad incluso a los amigos más íntimos y a su familia; allí en Ginebra pasó noches en el hospital, noches que a otros le hubieran parecido sin sentido. Ahora esperaba su último momento en la habitación de un hotel, pero secretamente estaba volviendo a sus orígenes, al primero de los amigos que le había abierto el mundo de la creación literaria, a ese muchacho judío que un día de 1919 envió a una revista francesa el primer artículo que Borges publicaría en su vida y al que le había inspirado su último poema.

Morir no tiene nada de interesante. Él, Borges, no es más que un viejo que se está muriendo en la habitación de un hotel y que espera impaciente ese momento en que se encontrará con su amigo Abramowicz, no sabe cómo ni tampoco le interesa. Solo sabe que dejará de ser Borges, por fin y para siempre.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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