Castigo Divino. Sergio Ramírez: El triunfo del malentendido

Portada de Castigo divino Sergio RamirezEs propio de la narrativa de finales del siglo XX la subversión de los géneros, es decir, la utilización de un género novelístico –o para ser más precisos, de un subgénero- para fines distintos de los previstos. Desgraciadamente, el abuso de esta técnica cae por lo general en el pastiche, y en definitiva, en el aburrimiento por falta de originalidad. Sergio Ramírez, que es un escritor inteligente, supo extraer lo mejor de este recurso de la posmodernidad para darnos Castigo divino (1988), una novela genial, interesante y divertida.

Para hablar de ella podríamos partir de un primer malentendido: esta obra recibió en 1990 el Premio Dashiel Hammett, otorgado en la Semana Negra de Gijón. Este hecho le otorgaba oficialmente la categoría de novela negra o de detectives. Efectivamente, hay tres asesinatos, un presunto culpable y un “detective” que investiga el caso. La novela parece escrita desde el punto de vista del joven juez Mariano Fiallos, encargado de esclarecer los crímenes. Esto es solo en apariencia, puesto que en el texto comienzan a acumularse pruebas y documentos hasta el punto de aplastar la narración con su continuo chorreo y constituirse en sí mismo en un puzle que coloca al desprevenido lector en la misma situación del juez.

La historia ocurrió realmente en 1933, en la ciudad de León, Nicaragua. Un joven aspirante a abogado guatemalteco, Oliverio Castañeda, llega a la ciudad nicaragüense con su joven esposa, Martha. Allí conoce muy pronto a los Contreras, familia pudiente de la ciudad aunque venida a menos puesto que el padre, don Carmen, se ve impedido por la prensa a trapichear con el agua de la ciudad, que pretende encarecer hasta límites vergonzantes. Con don Carmen vive su bella esposa, doña Flora, y dos hijas adolescentes, Matilde y María del Pilar.

Los jóvenes esposos terminan recalando en la casa de los Contreras y pocos meses después ya ha habido tres muertes: Martha, la esposa de Oliverio, la adolescente Matilde y don Carmen, los tres supuestamente envenenados con estricnina suministrada por Oliverio, al que se detiene y se pretende juzgar.

Lo que en principio parece una novela criminal, pronto comienza a emponzoñarse en virtud de la abrumadora acumulación de documentos que comienza a aparecer en las páginas de la novela: declaraciones judiciales, interrogatorios, entrevistas, descripción de fotografías, crónicas periodísticas, telegramas, cartas, sermones desde el púlpito, trascripción de grabaciones, informes de las autopsias, escritos médicos, poemas ripiosos, listas de objetos, papeles sueltos sin remitente ni destinatario, copias de un diario y, sobre todo, chismorreos varios llegados al juzgado por los medios más variopintos.

A todo esto, téngase en cuenta una cuestión: cada pieza está escrita –o transcrita- con el peculiar estilo de cada uno de los personajes; en un alarde de imaginación, Sergio Ramírez consigue darle a cada cual su forma particular de entender el caso, de manera que un documento no se parece en nada a otro, variando entre la prosa aséptica de las autopsias y el estilo con florituras modernistas de uno de los periodistas, sin olvidar cursilerías propias de las cartas amorosas o la hilarante redacción de telegramas con absurdas pretensiones de informe.

Algunas cuestiones quedan claras desde el principio: Oliverio Castañeda es un joven apuesto que encandila con su encanto y que ha seducido a doña Flora y a sus dos hijas delante de las narices de su esposa. Por qué recaló en una ciudad de provincias como León es un misterio, aunque parece que vino huyendo de Guatemala, donde conspiró sin éxito contra el tirano Jorge Ubico.

Oliverio Castañeda (con traje oscuro) tomando apuntes antes de la celebración de su juicio por asesinato. León, 1933

El problema es que una vez realizadas las autopsias, se comprueba que las muertes fueron lo que en su momento certificó el médico, es decir, consecuencia de fiebres palúdicas. De esta manera nos encontramos ante una novela criminal sin crímenes. La tesis del envenenamiento solo la defiende otro médico de la ciudad, el doctor Salmerón, enemigo del colega que atendió a la familia en el momento de la muerte y hombre bien conocido por su rencor contra la clase pudiente de León y su capacidad para divulgar chismorreos por la ciudad. De esta manera, el doctor Anastasio Salmerón se convierte en el sospechoso “detective” del caso.

Otro problema que surge es la ausencia de móvil: ¿por qué iba a querer Oliverio Castañeda matar a su mujer, al hombre que le da cobijo en su casa, y a una de sus hijas? Las pruebas parecen terminantes: para casarse con la otra hija, María del Pilar. Es cierto que surge otro problema: María del Pilar tiene 15 años. Añadimos otro supuesto: pretendía casarse con doña Flora, mujer mucho más guapa que sus dos hijas juntas. Parece haber pruebas concluyentes: a Oliverio se le vio entrar en una casa de recreo de don Carmen con su hija María del Pilar; hay más pruebas: cartas de amor dirigidas por su hermana Matilde a Oliverio; seguimos acumulando pruebas: doña Flora fue quien insistió en instalar al joven matrimonio llegado de Guatemala, y cuando es detenido, en el colmo de la desfachatez, le envía toda clase de lujos a Oliverio mientras está en prisión. También hay quien lo ha visto cortejando a media ciudad de León, pero su esposa estaba muy enamorada de él. Definitivamente, Oliverio Castañeda era un calavera además de un tipo bromista: se dedicaba a matar perros con estricnina, suministrada por la propia oficialidad.

Lo que en principio parecen tres crímenes claros termina por convertirse en un conflicto de clases sociales. Desde los periódicos se ofrecen todo tipo de chismorreos que pretenden pasar por pruebas definitivas. La capacidad de seducción de Oliverio parece no tener límites: incluso dentro de la cárcel consigue que buena parte de la población se ponga de su lado. Es más: su público acusador, el médico Anastasio Salmerón, termina defendiéndolo después de pasar una noche con él en la celda.

Una petición de clemencia hecha por doña Flora al Jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza, desemboca en la aparición del Tacho Ortiz, un policía brutal de maneras chulescas que comienza a amenazar al juez encargado del caso, no para que libere al reo, como sería previsible, sino para que lo condene a muerte. Esto llevará a otro crimen, que aquí oculto al lector, pero que da sentido a toda la novela: efectivamente, era una novela criminal, pero el único asesinato probado será el que ocurra en las últimas páginas.

El talento narrativo de Sergio Ramírez para mantener una novela así es inmenso. Lo que parece un texto serio y vertebrado se va convirtiendo en una especie de masa amorfa bien adobada de tintes irónicos cuando no de bromas claramente dirigidas al lector como un guiño intelectual: en una entrevista que el periodista Rosalío Usulutlán le hace al médico detective doctor Salmerón acerca de los envenenamientos, éste contesta:

Entrevistado: Los venenos ingeridos se conservan por mucho tiempo en los despojos mortales de las víctimas. Tenemos el famoso caso Bouvard, ocurrido en el mediodía de Francia en 1876. La esposa de un escribano, M. Bouvard, falleció de pronto, y años después se descubrieron indicios de que el escribano la había envenenado, celoso de su compañero de bufete, M. Pécuchet. La exhumación se practicó en 1885, y el examen de las vísceras, por el método de J. Barnes, determinó la existencia de estricnina.

Al igual que Flaubert o Julian Barnes, aparecen otros expertos “reconocibles” como por ejemplo, el acreditado argentino Osvaldo Soriano

Sergio Ramírez dinamita la lógica inductiva del género policial para viciarla con otros métodos más populares en la actualidad como el chismorreo o la invasión de la intimidad ajena. Terminamos sabiendo mucho de los protagonistas pero no tenemos ni idea de las causas de las muertes que, supuestamente, son el objeto de la narración. Por el contrario, el escritor nicaragüense introduce subrepticiamente una trama política en una novela que, no olvidemos, se desarrolla en Centroamérica y en un momento en que las dictaduras se hacían fuertes para atender los intereses norteamericanos en la región.

Decía al principio que Castigo divino era una novela genial y divertida; ahora añado el calificativo de inteligente porque además regala al lector la posibilidad de investigar unos crímenes con las mismas evidencias que posee el juez instructor; es por tanto una novela que se hace conforme se lee y cuyas conclusiones pueden variar de un lector a otro. Aunque, como pensaría Sergio Ramírez con su proverbial ironía, ¿a quién le pueden interesar tres crímenes cometidos en 1933 en una discreta ciudad de Nicaragua?

Castigo Divino. Sergio Ramírez. Alfaguara.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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