Diez narraciones maestras. Cuentos. Rudyard Kipling: El dominio de los argumentos

077.narracionesRudyard Kipling (1865-1936), de modo injusto, ha sido uno de los escritores más vilipendiados del siglo XX. Sus ideas políticas, con las cuales no podemos comulgar en la actualidad, representan una losa a la hora de apreciar su verdadero interés como escritor. Autor de una prolífica obra, acometió con igual fortuna la poesía, la novela y el relato corto. Precisamente en sus cuentos es donde encontramos su verdadera maestría, y más concretamente, en los relatos que escribió en la segunda mitad de su vida, durante los primeros años del siglo XX.

De ellos dijo Jorge Luis Borges: “No hay uno solo de estos cuentos que no sea, a mi parecer, una nueva y suficiente obra maestra. Los primeros son ilusoriamente sencillos, los últimos, deliberadamente ambiguos y complejos. No son mejores, son distintos. En todos ellos, el autor, con sabia inocencia, narra la fábula como si no acabara de comprenderla y agrega comentarios convencionales para que el lector esté en desacuerdo”. Ciertamente, sólo nos queda compartir el asombro y la admiración de Borges por las pequeñas obras maestras que nos concedió el escritor británico en los últimos años de su vida, que se concretan en los relatos contenidos en dos libros: Traffics and Discoveries, de 1904, y Debits and Credits, de 1926, reunidos parcialmente en España por la editorial Siruela en un libro con un título encantador : Diez narraciones maestras.

         En el primero de ellos, Una guerra de sahibs (1901), Kipling indaga en la diferencia entre Oriente y Occidente con la excusa de la guerra de los boers. En él, un indio recuerda los años al servicio de un sahib, un occidental, dos mentes contrapuestas, una dirigida hacia la paz y otra hacia la guerra, una interior y otra en busca del interés, y lo estremecedor es escuchar esa voz elogiosa que trata de comprender la mentalidad de un hombre que se encuentra en las antípodas de su pensamiento.

         En el siguiente cuento, sin embargo, Kipling abandona sus viejos temas orientales para adentrarse en el resbaladizo laberinto de lo desconocido. Ellos (1904) podría ser un cuento de Henry James, un cuento de fantasmas sin fantasmas, donde el deseo es más poderoso que la realidad: un hombre se pierde en la campiña inglesa y llega a una casa donde pronto advierte la presencia de unos niños. En esa casa, una bellísima casa, vive una ciega. La conversación sobre los niños es una constante en esa trama: los niños aparecerán y desaparecerán entre juegos y curiosidad, siempre entrevistos, una cara, una sonrisa, un simple movimiento inaprensible. Son esos niños de la comarca que ya no están, los niños cuya alma se ha desvanecido en el bosque y regresan y se juntan en la casa más hermosa de la comarca para hacer más llevadera la vida de la ciega. No hay una sola línea de este cuento que sobre, no hay una sola palabra que no éste en su lugar adecuado. Kipling juega con el lector, como los niños juegan con el protagonista, con esa singular ambigüedad que sólo hasta al alcance de los grandes maestros..

         La Casa de los Deseos (1924) es un cuento hermoso, una historia de amor como pocas historias de amor pueden contarse. Kipling relató un amor tan desinteresado por otra persona que ni siquiera el mayor sufrimiento podría evitarlo: en el centro de una ciudad, imaginó una casa donde lo único que te dejan es desear que si a alguien le pasa algo malo, ese algo malo se te pase a ti. Lo cuenta una mujer mayor mientras visita a una amiga, entre tés y costuras, y lo que más estremece de este relato es que la mujer lo cuenta como lo más natural del mundo, como si lo normal fuera que uno debe sacrificarse por el amor de otra persona hasta el extremo que sea, aunque ese amor no sea correspondido. Kipling podía haber escrito un relato romántico o épico con este argumento, pero sin embargo se decide a hacerlo desde la vulgaridad, desde la naturalidad, lo que lo hace más admirable.

         Una madonna de las trincheras (1924) es otra maravillosa historia de amor, que atraviesa el espacio y el tiempo, otra historia de fantasmas sin fantasmas, la decisión de dos amantes de morir el mismo día aunque se encuentren a miles de kilómetros de distancia, entre el fragor de la guerra, como si el amor fuera más poderoso que la propia realidad.

En El ojo de Alá, Kipling cambia de registro y nos entrega una historia del Medievo, de copistas y monjes que tratan de describir el infierno a través de sus dibujos, de almas atormentadas que tratan de encontrar la verdad de las cosas a través de la imaginación, pero también de la ciencia, con ese ojo de Alá que no es más que un microscopio que hace ver a los incrédulos la frondosa y mínima vida de los microorganismos y que será rechazada violentamente por la mentalidad de la época. Otro tanto ocurre con La iglesia que había en Antioquía (1929), que nos lleva a los tiempos de la Roma colonizadora y donde aparecen las figuras de San Pedro y San Pablo tratando de escapar de la persecución, no de los romanos, sino de los judíos, que tratan de oponer a los cristianos frente a la autoridad de Roma.

         Pero si hay un relato que pueda considerarse una obra maestra indiscutible, ese es El jardinero (1926), donde la muerte de un hijo en la Primera Guerra Mundial se convierte en la expresión más lograda de la intrincada magia de los sentimientos. Todo en este cuento es sugestión, cuidada intuición, preciosa sensibilidad. Cada palabra va dirigida a un final extraordinario, como si se pudiera hacer filigranas con el lenguaje. La maestría de Kipling adquiere en este relato una categoría suprema. Esa maestría que nos sigue asombrando casi cien años después, como si los cuentos que Kipling imaginó hubieran sido escritos ayer mismo, con esa consistencia que sólo puede tener lo que desde el principio nació inmortal.

Diez narraciones maestras. Rudyard Kipling. Siruela

Otros libros de Rudyard Kipling reseñados en Cicutadry:

Kim. Rudyard Kipling

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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