Educar a los topos, de Guillermo Fadanelli: Travesía por el mundo cruel de los niños

Guillermo FadanelliGuillermo Fadanelli se convierte en su propio personaje y nos envuelve en el aura de sus pensamientos. Quien lee Educar a los topos (Editorial Anagrama S. A., 2006) acompaña a un hombre en su viaje introspectivo. Guillermo es un escritor, quizá un periodista, no lo sabemos, que se dispone a escribir unas notas autobiográficas y lo hace no sin la irrupción de un sueño insoslayable. Este sueño aparece como un falso comienzo de la novela y como un elemento que, según explica el personaje, no tendría que estar incluido en las hojas que planeó comenzar de una manera distinta (p. 14). En este punto, la persona que lee se aproxima a una clave importante: Fadanelli se duplica, como se ha dicho, merced al hecho de ser autor y personaje, y quien empezó su escrito de una manera indeseada no es el autor, sino, probablemente, el protagonista.

De nada sirve advertir lo anterior, por lo menos hasta entender la pericia que concierne al hecho de escribir tomándose a sí mismo como personaje. Ejemplos de ello se pueden encontrar a granel, de modo que no hay novedad; sin embargo, esta novela brilla menos por sus posibilidades de innovación que por su buen tratamiento del argumento y la exquisita definición de los personajes. Uno de ellos, el padre, tiene más relevancia que los demás, incluso más que el protagonista (aunque pueda parecer una paradoja). A esto mismo puede corresponder aquello que he denominado “falso comienzo”, es decir, a la caracterización de un personaje que parece secundario pero, luego veremos, tiene importancia arrolladora. Así, podría tratarse de un sueño o de una expectativa, o de cualquier forma de evocación, porque de todas maneras lo que importa es la presencia del padre en la vida de Guillermo. Es el padre aquello insoslayable.

¿Qué decir ahora del personaje principal? Sus años de infancia y juventud transcurren bajo diferentes reflectores de luz autoritaria. El carácter de este niño es marcado, de manera especial, por un episodio narrado a través de un flashback (que habrá de repetirse en cada uno de los tres capítulos, formando un contrapunto entre presente y el pasado):

La cuestión es que el verdadero comienzo de esta crónica debió describir una noche de hace poco más de treinta años, cuando me enteré de que sería recluido en una escuela militar (p. 14).

El Fadanelli personaje dice que se trata de una crónica, pero el Fadanelli autor sabe que no es así, y en este punto podemos comprobar que, después de todo, no era tan descabellado reparar en la duplicidad de quien es personaje-autor, pues Fadanelli, por más que sea él mismo quien escribe, es otro cuando se pone en escena, y la historia que pretende no es sobre sí mismo, sino sobre ese otro sujeto que se sienta a escribir una crónica, de modo que termina escribiendo, digamos, una novela. La crónica es una mentira que hace parte del acuerdo entre autor y lector, no más, y vale la pena cuidar de no confundirse.

En definitiva, nos encontramos ante un Guillermo Fadanelli sensible. Sus palabras de tono triste anuncian algo, a veces bastante, de su realidad psíquica. Estamos ante un antihéroe fascinante:

Una vez franqueada la entrada al colegio, me encaminé hacia unos escalones de piedra, próximos al asta bandera. Desde esa posición vi el extenso patio de cemento poblarse de cabezas (ya desde entonces me gustaba apartarme para mirar a los otros desde una posición privilegiada: un francotirador que jamás dispara, y se conforma con husmear a los enemigos desde la mira). (p. 43).

Podría decirse que el héroe desencadena los sucesos o elude con éxito –con apoteósico esmero– aquellas circunstancias que le son adversas. Guillermo, en cambio, es un niño que padece en secreto, ya por la compasión que le despierta su madre, la sufridora, ya por encontrar que, sencillamente, la vida tiene obstáculos infranqueables.

La única rebelión posible sería [sic] huir de la escuela ese mismo día, marcharme a otra ciudad o vivir en la calle, pero por desgracia carecía de agallas para eso: era un cobarde que se arredraba en los momentos críticos. (p. 76).

Es posible encontrar, en fragmentos como este, una más de las resignaciones que conciernen al ser humano contemporáneo, ese individuo que reside muy a su pesar en ciudades tristes, agobiantes. En el caso de esta novela, que bien podríamos considerar “urbana”, se nos presenta un contexto citadino, por momentos un poco “pesadillesco”, “un barrio de pobres, o más bien de obreros y comerciantes” (p. 17); un barrio mísero al tiempo que agradable:

¿Qué más podíamos pedir? Un dios protector de los humildes, un billar para los jugadores, marihuana para los vagos, leche para los becerros y baños de vapor para quitarnos la mugre los fines de semana (p. 17-18).

En consecuencia, los sucesos se desarrollan a partir de circunstancias relacionadas con, por una parte, la disciplina castrense y el encierro, y por otra, con la motivación del padre de Guillermo en el momento de decidir que su hijo debe estudiar en una escuela militar. Aquella motivación tiene relación con acontecimientos que antecedieron a un episodio de la historia mexicana: la masacre de Tlatelolco, de la que se hace mención desde una perspectiva particular; no ya desde el ciudadano que encuentra inadmisible la masacre de estudiantes –indignación con la que pocos se atreven a no coincidir–, sino desde el obrero que fue víctima de los actos vandálicos entremezclados con las gestas insurreccionales;

…un grupo de estudiantes había prendido fuego a varios trolebuses para protestar por las represiones policíacas. Entre los vehículos quemados estaba el que conducía mi padre desde Ciudad Universitaria hasta el Palacio de los Deportes. Existe una fotografía donde se le puede ver a un lado de los restos calcinados de su trolebús. Es para romperle el alma a cualquiera. (p.24).

El señor Juárez (padre del protagonista) cobra un valor inocultable en tanto hace de su hijo un depositario de resentimientos, de disposición ante la autoridad, un ser obediente y disciplinado. El señor Juárez, ese viejo amante de los relojes.

Otro rasgo importante de esta novela urbana, aunque no exclusivamente de ella, es la invasión que lo público perpetra sobre lo privado, especialmente cuando se trata del poder. Guillermo sopesa el tipo de relación que impera en su hogar y refiriéndose al padre señala:

Él hablaba desde una tribuna vitalicia a la que no llegaban las objeciones del pueblo. Y yo era el pueblo. Y mi madre también era el pueblo (p. 26).

Este símil permite crear una atmósfera hogareña determinada por circunstancias propias de la ciudad. Así, se devela la personalidad de un niño que, bajo la sombra de sus jefes trogloditas, se convierte en un adolescente desgarrado entre lo que es y lo que pudo ser, entre resignaciones y añoranzas:

Un poco de perspicacia materna, de malicia, y yo no estaría ahora escribiendo estas páginas: me encontraría satisfecho y sonriente en el infinito ejército de los no nacidos (p. 31).

Acaso por todo esto la estructura de la narración se haya edificado, como se ha dicho, sobre un contrapunto de presente (tiempo en que acaba de morir su madre) y tres escenarios pretéritos (pasado reciente, “hace unas pocas noches”; pasado lejano, “hace poco más de treinta años”; y el pasado de pocos meses atrás cuando murió el padre). Probablemente, este uno-dos de recuerdos y reflexiones contenga en sí un debate entre lo debido y lo deseado, esto es, desde otro punto de vista, la oscilación entre la ley paternal y el amor materno.

Entre tanto, Guillermo es un personaje que desactiva la diada infancia-inocencia. Se trata de todo, menos de un niño inocente que ignora lo fundamental. Y así como él, los otros niños tienen la posibilidad de actuar en función de sus deseos y su visión del mundo.

Los niños conocen tan bien o mejor que sus padres el negocio de humillar a los otros: la inocencia infantil es un cuento de hadas que los adultos se cuentan a sí mismos para tranquilizarse. (p. 62).

De esta manera, “Educar a los topos” puede ser considerada una travesía por el mundo cruel de los niños (que no de las niñas) y los terribles dilemas a los que se ven abocados por encontrar arrebatada su posibilidad de decidir. Son las personas adultas, claro, quienes intervienen a su antojo, quizá desde su propia cobardía, en la vida de los infantes, y los tratan como a ciegos roedores que, sin embargo, conspiran, construyen, desafían y se proyectan desde su morada bajo tierra.

Este es Guillermo Fadanelli, el niño obligado a ir a la escuela militar para evitar que se convirtiera en un sucio bolchevique:

Esperaba, de un momento a otro, la orden de marcharme a la cama porque no era correcto, según rezaban nuestras odiosas costumbres, escuchar las conversaciones de los adultos, sobre todo una vez entrada la noche, ¿las diez?, hora en que ellos se relajaban y tiraban al agua las piedras acumuladas durante el día para tratar asuntos que los menores de edad no podrían comprender. Como si en verdad existiera algo no apropiado para los niños. ¿Acaso no somos la concreción de un chorro de leche que lanza un pene enloquecido? Como si nuestra sangre no contuviera desde un principio todos los vicios de los padres y sus ancestros. (p. 19-20);

…¿los presos que vuelven a casa después de años de cautiverio tienen algo que contarle a sus esposas, a sus madres? Nada; es más conveniente que ellas crean que volvemos de una pradera dorada de espigas, de un hermoso campo de cebada donde permanecimos dedicados a la meditación. Cuestiones de dignidad, estúpidas si se quiere, pero necesarias para vivir en paz. Hay que mentir hasta donde la ingenuidad de los padres nos lo permita. (p. 47)

Educar a los topos. Guillermo Fadanelli. Anagrama.

Reseña de David Mauricio Paredes Rodríguez. San Juan de Pasto (Colombia)

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad
de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante
(2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma
de John Wayne (2011, premio Castillo-
Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio
Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio
Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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