El capital humano. Paolo Virzi: el precio de las personas

el capital humano-cartel¿Cuánto vale una vida humana? Esta es una de las espinosas cuestiones con la que Paolo Virzi, el realizador de esta película, pretende sacudir la conciencia del espectador. Partiendo de la muerte de un ciclista atropellado accidentalmente por un lujoso todoterreno, la trama de esta película se va revelando de una forma focalizada, dividida en cuatro capítulos que nos muestran diferentes puntos de vista de unos hechos que terminarán aclarándose en el último capítulo. Si bien el comienzo de esta historia nos puede traer a la memoria la magnífica película Muerte de un ciclista de Juan Antonio Bardem y, aunque existan algunos puntos en común como la crítica social incuestionable que se plantea en ambas filmaciones, pronto podemos ver que en El capital humano, la línea argumental sigue un camino diferente.

El capital humano está estructurado, como ya he dicho, en cuatro episodios, los tres primeros, titulados Dino, Carla y Serena, nos muestran una visión fragmentada de una historia que une a personajes de clases sociales muy diferentes, centrándose, más que en el punto de vista de un personaje concreto, en la parte de la trama que afecta a esos personajes. Así es como primeramente conocemos a Dino Ossola, un modesto empresario que regenta una pequeña inmobiliaria y que un día, tras llevar a su hija Serena en coche a la lujosa casa de su novio Massimiliano, termina conociendo a Giovanni Bernaschi, el padre de Massimiliano y un rico empresario con el que tratará de medrar vergonzosamente para obtener beneficio de la relación de su hija con el rico y guapo heredero del imperio Bernaschi. Desde el primer momento se hace patente que uno de los elementos principales de la trama es el choque entre personajes de clases sociales muy diferentes, en un contexto en el que la crisis económica estará muy presente y será determinante, por diferentes razones, para muchos de los personajes, en algunos casos especuladores sin escrúpulos, en otros, seres patéticos dispuestos a arriesgarlo todo o que buscan asirse a proyectos quiméricos por tal de dar un poco de sentido a sus vidas vacías, fracasadas y aburridas.

Carla, la esposa de Giovanni Bernaschi, encarna de modo magistral a ese prototipo de mujer florero que no sabe qué hacer con su vida, para quien todos sus problemas parecen reducirse a montarse cada mañana en un lujoso coche conducido por un chófer y dar vueltas de un lado a otro de la ciudad, tratando de decidirse entre ir a la peluquería, a hacerse la manicura o a comprar algún vestido de marca. El destino la lleva a encontrarse con un viejo teatro que van a derrumbar para construir bloques de pisos, y es entonces cuando Carla decide darle un nuevo rumbo a su vida para lo que se embarca en un rocambolesco proyecto con el que tratará de salvar el teatro de la demolición, y volver a llenarlo de actos culturales de todo tipo. He de decir que la actriz Valeria Bruni, que interpreta este personaje, está simplemente espléndida, extraordinaria, pues logra dotar a este personaje, a todas luces insulso, de una fuerza y una proyección que, a simple vista, no parecían factibles.

La forma en la que la familia Ossola se relaciona con la familia Bernaschi comienza a complicarse en el momento en el que aparecen nuevos personajes intermedios como Luca, un muchacho trastornado, con un historial algo turbio, que necesita la ayuda de una psicóloga, que casualmente resulta ser Roberta, la pareja sentimental del padre de Serena. Es así como en el tercer capítulo, Serena, se nos desvela que la relación que mantiene con Massimiliano está haciendo aguas, y la aparición de Luca, a quien conoce casualmente, cambia por completo su percepción, hasta el punto de que se enamora perdidamente de él. Por otra parte el descubrimiento del ciclista muerto, un simple camarero que había salido de trabajar en una fiesta a la que acudieron, entre otras muchas personas, miembros de las familias Ossola y Bernaschi, llevan a los investigadores a sospechar de Massimiliano, el muchacho que supuestamente iba a recibir un premio académico en aquella fiesta y que terminó emborrachándose, hasta tal punto, que tuvo que llamar a Serena a su casa para que viniese a recogerlo.

Todo un juego de equívocos se va desvelando pieza tras pieza, mostrando nuevas perspectivas, como en un juego de espejos, y armando un curioso rompecabezas en el que los personajes nos pueden causar una suerte de empatía que atraviesa por diferentes fases, según vayamos descubriendo más de sus caracteres: tristeza, simpatía, compasión, o la más sincera repulsión, son algunos de los sentimientos que quizás puedan aflorar en los espectadores a lo largo de este argumento implacable que analiza, como en una radiografía, las motivaciones de todos los protagonistas que oscilan en torno a aspectos tan universales como el sexo, el dinero, el hastío, la ambición, el amor o la familia. ¿Qué sucede cuando el hijo prometedor de una familia rica es acusado de asesinato? La película resuelve eficazmente una trama no del todo policiaca, pero sí con cierto misterio y lo hace de una forma brillante, recurriendo tanto a lo que se cuenta explícitamente como a las elipsis, un recurso del que, por desgracia, el cine parece haber prescindido últimamente a cambio de proporcionar a los espectadores un argumento mascado y trillado. No es el caso de El capital humano, título, además, del último episodio en el que se nos desvela, de forma brutal, toda la verdad. La película no juzga, evita meterse en juicios morales, que deja, en todo caso, al espectador. Cada personaje toma sus propias decisiones, más o menos acertadas, pero deben asumirlas y vivir con las consecuencias de sus acciones.

El cierre de la película, con un fundido en negro y una escueta nota informativa que sirven, entre otras cosas, para darle más sentido al título de la película, me dejó una sensación de sobrecogimiento que no recordaba desde hacía mucho tiempo. Medítenlo un poco y respondan si pueden a la pregunta: ¿cuánto vale la vida de una persona?

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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