El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro: el olvido perturbador

Kazuo IshiguroLos seres humanos estamos hechos de nuestros recuerdos, vivimos con ellos, nos acompañan y, en cierto sentido, conforman nuestra personalidad, constituyen nuestro bagaje, nuestra experiencia de la vida. Con todo y con eso, el olvido también es importante en nuestras vidas; hay experiencias cuyo recuerdo sólo nos puede producir dolor, y nuestro cerebro a veces ejecuta increíbles ardides para confundir nuestra memora, tergiversar nuestros recuerdos y lograr que algunos de los momentos más dolorosos se difuminen, se diluyan, se confundan y hasta desaparezcan. El olvido puede ser necesario pero también perturbador.

En El gigante enterrado, el olvido constituye el verdadero leitmotiv de esta prodigiosa novela.  Nunca me cansaré de alabar la obra de Kazuo Ishiguro, posiblemente el autor vivo más brillante y original en lengua inglesa, y uno de los grandes de la literatura actual. Ishiguro se toma su tiempo cada vez que escribe un libro; su anterior novela, Nunca me abandones, se publicó hace más de diez años. Pero por más que pase el tiempo, pese a ser poco prolífico, Ishiguro  siempre consigue sorprender a los lectores. Es un escritor para el que cada libro constituye un reto: no he leído dos libros suyos que puedan catalogarse dentro de un mismo estilo: en Nunca me abandones nos sorprendía con una trama distópica en un mundo cercano a eso que conocemos como ciencia-ficción; en Los inconsolables, nos muestra su habilidad para construir una novela puramente kafkiana; en Los restos del día nos presenta una novela victoriana; en Cuando fuimos huérfanos nos acerca a una especie de relato policial. Sus obras nunca se enmarcan dentro de un género, en el sentido purista; en cuanto a El gigante enterrado, Ishiguro ensaya con el género fantástico, ambientando la historia en la Inglaterra mítica del rey Arturo, con caballeros, vasallos, ogros y dragones. Sorprende la soltura con que el escritor pasa de un género a otro y como, sobre todo, lo hace rompiendo moldes, de una forma personalísima, como si se estuviese reinventando a cada página.

A Ishiguro le gusta jugar con los estilos, con las historias y, por supuesto, con el lector. No en vano, el lector siempre tiene un papel muy activo en todas sus historias; en cierto sentido, es el lector el que tiene que terminar de construir unas historias llenas de elipsis, de sobreentendidos, de lagunas que el autor deja ahí a propósito para que seamos nosotros los que pongamos el sentido final a las narraciones.

La trama de la historia contada en unas pocas líneas puede parecer sencilla, incluso trivial: una pareja de ancianos, Axl y Beatrice viven en una aldea en la que todos sus habitantes parecen afectados por una especie de amnesia. Un día, tras muchas dudas y dilaciones, deciden abandonar la aldea y partir en busca de su hijo. Por el camino se encontrarán con una serie de personajes que los acompañarán en su peculiar búsqueda. Así conoceremos a Wistan, un guerrero enviado por su señor para matar a un dragón; un anciano caballero llamado Gawain que también lleva años persiguiendo a la hembra del dragón. Entre ambos guerreros pronto se nos desvelará un conflicto de intereses y la desconfianza que sienten el uno por el otro está latente durante todo el libro. También conoceremos a un niño con dotes de guerrero, a unos extraños monjes cuyo comportamiento es ambiguo, y aun barquero cuya participación en la historia es muy breve pero resulta crucial. Todos los personajes tejen entre sí una serie de historias que Ishiguro entrelaza con verdadero arte, como si fuesen los hilos de un tapiz medieval. Pero pese a su aparente sencillez, Ishiguro esconde hábilmente todas las claves de la novela y sabe mantener el secreto, y de qué manera, hasta el último capítulo que sin duda dejará al lector sorprendido y desasosegado.

No hay épica en El gigante enterrado, antes al contrario, el mundo se nos dibuja como un panorama melancólico en donde imperan la desconfianza y el desaliento. Sin embargo, todos los personajes tratan de luchar resueltamente  contra esa suerte de desesperanza y avanzan despacio y con mucha dificultad, como si estuvieran caminando por un lodazal; la pareja de ancianos Beatrice y Axl no ceja en su empeño por llegar a la aldea donde ambos creen que encontrarán a su hijo; Wistan perseguirá de forma implacable al dragón y Gawain, tal vez por su avanzada edad, parece observar con indiferencia a unos y otros, como si todo aquello no fuese más que un divertimento, una historia que ya hubiese vivido antes, pero ¿quién puede acordarse de lo que ha vivido cuando la niebla que todo lo abarca les hace olvidar a cada paso? Con una maestría absoluta, Ishiguro nos narra una historia llena de interés, no tanto por la trama en sí misma (que también), sino por la lírica melancolía del lenguaje que utiliza, que impregna al lector y le genera una sensación de zozobra que lo impulsa a seguir leyendo, página tras página. Al menos en mi caso, la lectura de este libro me llevó sólo un fin de semana.

Ishiguro es un mago de la narrativa, un escritor que no se vende a las modas y que escribe lo que le apetece sin atender a las tendencias editoriales o a los gustos de los lectores, algo que, hoy en día, es una auténtica rareza. Es complicado decir cuál de sus obras es la mejor. Posiblemente esta, por ser la última, lo sea. Lo importante, a mi juicio, es que, libro tras libro, Ishiguro nunca me ha defraudado, ni me ha dejado de sorprender. Si no conocen ninguna de sus obras esta puede ser perfecta para comenzar a leerlo. Cuando lo hagan, creo que ya lo habrán presentido, dudo que ninguna niebla sea lo suficientemente poderosa como para relegarlo al olvido. Sus libros son de los que se recuerdan y espero que el paso del tiempo no sea tan cruel como para que acaben olvidados. Eso espero.

El gigante enterrado. Kazuo Ishiguro. Anagrama

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad
de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante
(2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma
de John Wayne (2011, premio Castillo-
Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio
Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio
Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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