El país de los ciegos y otros relatos. H. G. Wells

H. G. Wells

H. G. Wells (1866-1946) se jactaba de que sus sueños, a diferencia de las anticipaciones científicas de Jules Verne, no se realizarían jamás. Lo que en el escritor francés hay de visionario, Wells lo convierte en románticas irrealidades. Quizás ello se deba a su propia biografía: de origen humilde, desde muy joven trabajó como dependiente de paños hasta que tuvo la posibilidad de estudiar biología, momento que cambió su vida. Perteneció a la sociedad fabiana, que propugnaba un socialismo democrático completamente opuesto a Marx y cuyos utópicos sueños de bienestar económico y social fueron realizándose a lo largo del siglo XX aunque demasiado tarde para que Wells los pudiera ver. Su prolífica obra es consecuente con su biografía: de las ficciones científicas pasó a la denuncia de las condiciones sociales de su país en intimistas novelas que recuerdan a Dickens. El país de los ciegos y otros relatos (1911) fue una colección de cuentos anteriormente publicados en periódicos y revistas, correspondiente a su etapa de soñador científico, no muy diferente en su inverosimilitud al soñador político que fue en su época.

De ahí que podamos hablar de historias románticas a pesar de su pretendida base científica, que solo sirve al escritor para crear un contexto realista que haga creíble el relato al lector. Porque si algo hay destacable en estos excelentes cuentos es su precisión narrativa cuya línea argumental se mueve con la exactitud del bisturí de un cirujano.

La historia de Plattner es un buen ejemplo de ello. Al principio, el propio narrador pone en duda los hechos que va a narrar para culminar el cuento con un final endiabladamente convincente. En él se nos relata la historia de un hombre, un simple profesor de colegio, cuya singularidad estructural no puede dejar de llamar la atención: tiene invertidos los costados izquierdo y derecho de su cuerpo. El lóbulo derecho de su hígado está en el costado izquierdo, y el izquierdo en el derecho, al tiempo que los pulmones están contrapuestos de forma similar. El corazón de Plattner late en la parte derecha de su cuerpo. Los movimientos de sus extremidades delatan a un zurdo, cuestión nada destacable si no fuera porque Plattner no es zurdo, al menos hasta un determinado momento de su vida. La historia que se narra es ese hecho extraordinario que lo hace una persona singular, previniéndonos el narrador que no hay forma de coger a un hombre y zarandearlo en el espacio, de manera que dé como resultado el cambio de lados de sus órganos. La solución no es solo sorprendente, sino también plausible.

En la misma dirección se encuentra el argumento de Bajo el bisturí. Desconozco si a finales del siglo XIX ya se hablaba de las experiencias de personas que han estado al borde la muerte, en ese supuesto alejamiento del cuerpo atraído por una fuerza sedante y dulce. Adelantemos que la perspectiva del moribundo que narra los hechos no difiere mucho del mundo visto desde un satélite artificial que diera vueltas a la tierra.

En Los invasores marinos y El imperio de las hormigas prefigura las ficciones posteriores de W. H. Hogdson y Lovecraft, pero sin utilizar el miedo como arma impresionante frente al lector. En Wells ciertos comportamientos animales, o la existencia de poderes en ellos no conocidos hasta entonces, no es más que la consecuencia que tiene el desconocimiento que el ser humano tiene de la Naturaleza. No hay terror ni explicaciones sobrenaturales sino la disección científica de un hecho que debe ser estudiado por el hombre si quiere mantener su hegemonía sobre mar y tierra.

El cono narra un posible asesinato pasional dentro de unos altos hornos no muy distintos de las llamas del infierno donde se purgan los pecados, y en El píleo rojo otorga extraordinarios poderes sobre la personalidad a la ingestión del sombrero de determinada seta.

Mención aparte merecen cuatro relatos de esta colección. Una inolvidable versión del tema del doble es expuesto en La historia del difunto señor Elvesham: un viejo y célebre filósofo le propone a un brillante universitario llevar su nombre, y con él, toda su sabiduría y su encantadora personalidad. La extraña aparición del filósofo y el asombroso conocimiento que tiene del joven sugieren una interpretación mefistofélica de la historia que no descarta a su vez las posibilidades del vampirismo mental. Para los lectores hispanos advertiremos el razonable parecido entre este cuento y La memoria de Shakespeare de Borges. No menos parecido, y discretamente aceptado por el escritor argentino como influencia en El Aleph, encontramos en El huevo de cristal, en el que la imprevisible observación de este singular objeto lleva a su protagonista a una visión integral del universo.

La puerta en el muro retoma el mito del eterno retorno en las calles de un Londres perfectamente descrito. Al protagonista le es dada la posibilidad, con 6 años de edad, de conocer un mundo idílico dentro de este otro mundo imperfecto por el simple hecho de atravesar una puerta verde situada en una calle cualquiera de Londres. Wells juega con la emoción del lector describiéndonos una fabulosa vida que el protagonista posterga una y otra vez durante años, puesto que no para de encontrarse esa misteriosa puerta verde, en cualquier lugar de la ciudad, a la que no puede acceder puesto que, en cada ocasión que la reconoce, debe cumplir un compromiso que le impide asomarse a ese maravilloso mundo cuyo recuerdo para él es inolvidable. El final, sorprendentemente, es superior al argumento.

En cuanto a la imperecedera lectura de El país de los ciegos, relato que da nombre al libro, debo ceñirme a una observación personal: hace ya un tiempo, mi amigo Rafa me dijo que era el mejor cuento que conocía, y puedo asegurar que este amigo ha leído muchos relatos en su vida. Ignoro si él sigue pensando lo mismo, pero confieso que continúo contagiado por su entusiasmo: sólo puedo añadir que es un cuento perfecto. Revelar cualquier aspecto de la trama sería traicionarlo.

El ya mencionado Borges lamentaba haber descubierto a Wells a principios de siglo porque eso lo privó durante el resto de su vida de sentir aquella deslumbrante y, a veces, terrible felicidad de leerlo. Para mí sería un hecho feliz que alguien, después de leer mis palabras, pueda descubrir por primera vez la excelencia de estos cuentos.

Desgraciadamente, en el mercado editorial español hay un profundo desprecio por mantener los relatos tal y como fueron editados en las colecciones originales publicadas en vida del escritor. Por ello señalo tres libros donde pueden encontrarse dispersos los cuentos reseñados:

La historia de Plattner y otras narraciones. Valdemar.

La máquina del tiempo y otros relatos. Valdemar.

Y aconsejo fervorosamente la traducción de Javier Cercas en:

El país de los ciegos y otros relatos. El Aleph.
 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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