El puente de los espías. Steven Spielberg: el respeto a las reglas.

SpielbergMe consta que la mayoría de los amantes del cine de Spielberg lo son, ante todo, por las películas de una cierta época y de un cierto estilo, con mucha acción y un ritmo endiablado, como el de ese camión que perseguía implacablemente a un coche en la carretera durante noventa minutos que logran mantener al espectador con el alma en vilo. Spielberg es un maestro que sabe lo que se hace, haga lo que haga. Y si bien soy un amante incondicional de Indiana Jones, de Tiburón, o de ese Diablo sobre ruedas, por citar tres ejemplos, siempre me ha admirado esa otra faceta del director que mira hacia nuestra historia más reciente; me refiero a películas como La lista de Schindler, Salvar al soldado Ryan, Munich y, en este último caso, también sitúo a El puente de los espías. En todas ellas hay una clara intención de reflejar una preocupación moral, de querer transmitir un mensaje crítico, de denuncia, que va más allá del puro entretenimiento con el que Spielberg nos ha deleitado en muchas de sus películas.

Sin lugar a dudas, El puente de los espías no se trata de la mejor película de este genial cineasta, y tal vez comparada a las otras tres de la serie histórica antes mencionadas, pase a ocupar la cuarta posición pero, a mi juicio, no desmerece en absoluto para que sea considerada como una cinta magnífica en su realización y en su interpretación. Con un guión de los hermanos Coen, la película nos narra una historia inspirada en un caso real, el del abogado James Donovan a quien le encargan la defensa de un espía, el soviético Rudolf Abel, con una interpretación ciertamente magistral de Mark Rylance. Resulta inevitable trazar un paralelismo entre el personaje que encarna Tom Hanks con el mítico y memorable Atticus Finch que en su día interpretó el gran Gregory Peck o, por trazar un paralelismo algo más reciente, el papel del fiscal Jim Garrison que interpretó espléndidamente Kevin Kostner en la extraordinaria JFK. En todos esos casos, los protagonistas son hombres rectos, comprometidos no ya solo como profesionales de la justicia, sino con la idea de la justicia en sí misma. Se trata de personas que anteponen ese respeto a las reglas, a la ley, por encima de cualquier otra cosa, sin ceder a presiones y aun cuando su prestigio o su propia integridad física pueden verse amenazados. Sin duda ver este tipo de actuaciones resulta reconfortante, máxime en unos tiempos en los que la corrupción política, social y moral parecen estar cada vez más arraigadas en nuestra sociedad. Y digo que resulta reconfortante porque complace saber que algunos de esos personajes, como fue el caso de James Donovan, fueron durante toda su vida personas íntegras.

Tras la defensa del espía, a James Donovan le encargan la difícil misión de gestionar un intercambio, el del espía Rudolf Abel por un piloto americano que ha sido abatido mientras fotografiaba localizaciones rusas. De este modo, lo que comienza como un filme puramente judicial, se transforma en cine de espías ambientado en plena Guerra Fría. Aprovechando sus dotes de negociación y su conocimiento del idioma alemán (Donovan participó en los juicios de Nuremberg) el abogado deberá viajar a un Berlín convulso y todavía semiderruido por la última guerra, justo en la época en la que el muro se está levantado, con la misión de entrevistarse con rusos y alemanes del este y pactar un intercambio que, desde el principio, se anuncia complicado. Uno de los puntos que más me gustaron de la película es que el carácter de su protagonista, su integridad sin tacha, hacen que sea respetado por todas las partes, incluyendo en este caso al enemigo. En ese sentido, resulta muy clarificadora una anécdota que el espía ruso le relata a su abogado, quien no solo se gana su respeto sino que logra de él una cierta complicidad. Abel se encuentra con que su abogado, aun siendo ideológicamente opuesto a él, es un hombre de principios, un hombre recto, un hombre que hace en cada momento lo que cree que tiene que hacer. Otro aspecto reseñable de la película es el personaje de Rudolf Abel, pues en ciertos momentos me recordó por su frialdad a Bartleby, el personaje de Melville, pues al igual que este con su mítico “I would prefer not to (Preferiría no hacerlo)”, Abel tiene a lo largo de la película una frase que repite recurrentemente, un interrogante pronunciado con tono desapasionado, como quien ya sabe que todo está perdido de antemano: “Would it help? (¿Eso ayudaría?)”. Por último, destacaría la espléndida fotografía de Janusz Kaminski, que logra impactar con una luminosidad impresionante incluso en algunas escenas de interior. Por otras parte, la música de Thomas Newman es magnífica, pero, tratándose de una película de Spielberg, eché de menos la mano del maestro John Williams.

En definitiva, El puente de los espías, sin ser excepcional, sigue manteniendo un altísimo nivel cinematográfico y es una interesante aproximación a un caso real de la guerra fría y que trata una serie de problemas no ya solo políticos o diplomáticos, sino algunos otros de tipo ético que en muchos casos todavía permanecen vigentes.

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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