El ruido y la furia. William Faulkner: El tiempo hecho pedazos

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Difícilmente podemos encontrar una novela en la que haya una unión tan íntima entre el punto de partida y su contenido. El título de El ruido y la furia (1929) procede directamente de una enigmática frase de Shakespeare: “La vida no es más que una sombra… Una historia narrada por un idiota, llena de ruido y furia, que nada significa”. A esta frase, William Faulkner (1897-1962)) se ciñe como un molde para construir una de las novelas más extrañas que puedan leerse. No es sólo que la vida sea una historia narrada por un idiota, sino que puede ser un idiota quien cuente esa historia.

 A esa consideración se atuvo estrictamente Faulkner, de manera que la novela comienza con una primera parte narrada precisamente desde el punto de vista de un idiota. Es el hijo pequeño de una familia del Sur venida a menos, devastada por la desgracia, y lo primero que llama la atención en la forma que tiene Faulkner de abordar la novela es que, ya desde el comienzo, sabremos que es una historia sin futuro, contada desde el más riguroso presente e influida en todos los aspectos por un pasado que se recrea como una herida abierta en cada uno de los personajes.

         Al principio seguimos a Benji, el idiota, en un día de abril de 1928, mientras pasa la mañana acompañado por un criado negro por los prados que una vez fueron propiedad de la familia y que ahora se han convertido en un campo de golf. La historia se cuenta sin pasión, sin apenas acción, sólo motivada por las impresiones que Benji va recibiendo en su paseo, en los recuerdos distorsionados por su distorsionada cabeza. Sólo llora y grita, atenazado por el recuerdo de su hermana Caddie, que ya no está junto a él y que fue la única que lo cuidó en una familia careciente de todo amor. Grita y llora, se entretiene con una ramita, pasea de un lado a otro, huele a las personas y en ese olor descubre otros olores de la naturaleza, de árboles y de plantas, porque su mente sólo asocia a las personas con lo poco que perciben sus sentidos.

Es una narración impresionante, de la que debemos deducir todo lo que se cuenta, porque en nada nos va a ayudar su mente, propia de un niño de tres años, aunque el día que lo conocemos, Benji cumple 33 años. Su padre ha muerto, su madre es una perpetua enferma que sólo desea su propia muerte para dejar en paz a los demás y para descansar ella misma de las supuestas desgracias afectivas que le ha acarreado la vida, su querida hermana se ha casado de una forma vergonzosa con el hombre que ha querido acarrear el hijo ajeno que llevaba en el vientre, uno de sus hermanos se ha suicidado y el otro sólo tiene un desmesurado interés por el dinero ajeno y lo único que desea es que su hermano Benji termine en una institución para enfermos mentales.

         Impresiona la falta de amor en esta novela. Pero no es una ausencia de amor que se note, sino que su presencia es aplastante, como lo es el pasado o los intereses escatológicos de sus personajes. Seguiremos a Quentin, el hermano mayor, el día que decide suicidarse, y aunque no lo veamos en ese acto final, lo acompañaremos como si ya hubiera muerto, como si él ya fuera pasado, mientras las horas de los relojes siguen sonando fuera de su conciencia, engullida por la muerte.

         Sobre esta premisa gira la novela entera: la ausencia de futuro. Todo lo que vivimos es presente, cada paso que dan los personajes se cierra en sí mismo, sin promesa de alcanzar algún punto, como si el tiempo se hubiera vuelto del revés. Al igual que hizo Proust en su famosa novela, no hay un solo atisbo de porvenir en los actos que nos van contando. El pasado es algo quieto que influye en el presente, pero no va más allá. El presente  permanece quieto, intemporal, pétreo.

Como ocurriera con otros autores de la época -Joyce, Virginia Woolf, Dos Passos- el tiempo cronológico desaparece, pero además, en esta novela, se hace pedazos. Los cuatro capítulos que la componen son cuatro fechas, y con ello Faulkner nos quiere decir que no hay nada más, que no se puede contar que ocurrió después de esos días porque no hay nada, porque nada significa.  Es como si Faulkner hubiera tomado una baraja de cartas y las hubiera desordenado y vuelto a barajar. La historia se va reconstruyendo en la mente del lector por pequeños atisbos, pero el último capítulo obrará el milagro: contado desde el punto de vista de la vieja criada negra que lleva la carga de la casa, parece encontrarse un claro en la trama donde los hechos se ordenan de alguna manera y aflora la podredumbre que se oculta tras el presente narrado.

         El ruido y la furia es una novela donde los elementos fundamentales permanecen ocultos para el lector que, si es inteligente, podrá ir descubriendo como a través de una rendija. Y tras esa rendija lo que aparecerá será una historia llena de poesía, odio y obsesión, una historia deslumbrante labrada con la meticulosidad de los viejos y bellísimos jeroglíficos egipcios.

El ruido y la furia. William Faulkner. Alfaguara.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.

Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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