El salón y otras obras teatrales. Henry James: El negro demonio del teatro

En medio de su trabajo para la Edición de Nueva York, Henry James recibió nuevas propuestas del teatro, que había abandonado doce años antes tras el fracaso del estreno de Guy Domville. Es difícil de entender por qué James volvió a caer en la tentación de la escena cuando no le había dado más que sinsabores en su primera etapa como dramaturgo; la cuestión es que, como comentamos en estas mismas páginas a propósito de su pieza en un acto Summersoft, el empresario y actor Johnston Forbes-Robertson le encargó una obra de teatro en tres actos basada en su cuento Covering End, que a su vez adaptaba en prosa la referida comedia Summersoft. El resultado fue The High Bid (La gran oferta) cuya vida sobre las tablas se limitó, por puro compromiso, a cinco representaciones matinales en Londres.

Siguiendo una sugerencia de uno de los autores de moda por entonces, Arthur Pinero, en 1907 y apenas concluido The High Bid dictó varias páginas de notas acerca de la forma dramática que quería darle a un antiguo cuento suyo de 1881, The Chaperon (que se podría traducir como La carabina). Nos han quedado algunos pasajes de diálogo y unas veinte mil palabras de aquel esbozo general de lo que James pretendió que fuera su comedia más social. Sin embargo el tema, que en 1881 podía ser adecuado, había envejecido a principios de siglo XX: una hija que se empeña en acompañar el ostracismo social al que se ve sometida su madre, una vez que ha enviudado, por culpa de un adulterio que cometió a la vista de todos. La hija, Rose Tramore, se enfrenta a su abuela y a su pretendiente por tal de defender el honor de su madre y renuncia a su propia vida social mientras que su madre no sea admitida por sus amistades.

No cabe duda que las posibilidades dramáticas del texto hubieran dado lugar a una obra digna de ser representada, y el cuidado que James puso en el desarrollo de la trama y las acotaciones dan buena cuenta de la seriedad de su proyecto. Lo que tal vez no entendió el escritor es que la escena británica se había visto sacudida desde la década de 1890 por la influencia de Henrik Ibsen y que el público había dado la espalda a las trivialidades (salvo en el meteórico caso de Oscar Wilde) a favor de fuertes dramas sociales cuyo más conocido exponente era George Bernard Shaw.

El propio James había acudido a las representaciones de Hombre y Superhombre y El comandante Bárbara, pero atribuyó el éxito a la capacidad dramática de Shaw y no a la tendencia de una época. Esto explica que a comienzos de 1909 escribiera El salón (The Saloon), una obra de un acto que envió a Forbes-Robertson para que se representara antes de The High Bid, y que una vez rechazada por el empresario –que utilizó otra- presentó a la Sociedad Teatral, que daba funciones por suscripción de obras no comerciales. El texto fue leído por miembros de la junta y nuevamente rechazado. Fue el propio Bernard Shaw quien se comprometió a escribirle a Henry James acerca de la obra, manteniendo con él un corto pero jugoso cruce epistolar del que hablaremos más abajo.

El salón es una adaptación de un cuento de 1892, Owen Wingrave, que está entre sus mejores relatos fantásticos. El protagonista homónimo es un joven que rechaza la carrera militar de sus antepasados y vuelve a la casa familiar donde se le pide cuentas por su deshonrosa conducta. Lo que en el cuento pasa casi inadvertido –la casa, con sus tesoros ancestrales y la pervivencia de un clima anclado en el pasado- adquiere en la obra de teatro un protagonismo insospechado. En este sentido es admirable la capacidad dramática que James desarrolló en el último periodo de su vida y que por desgracia no tuvo tiempo ni fuerzas para demostrar.

La obra, bastante breve, plasma la lucha entre un pasado glorioso, representado por la tradición familiar, y un presente mucho más práctico y pacifista. No es cuestión de leer la pieza como un alegato antibelicista –aunque las palabras que James pone en boca de Owen Wingrave podrían dar a entender una indudable actitud del escritor frente a la guerra- sino como una inteligente revisión ética del significado de la valentía y el honor dentro de la sociedad civil.

No obstante, James quiso aprovechar una de las tramas del cuento, referida a la existencia de un fantasma familiar que en esa misma casa mató hace un tiempo a otro miembro “rebelde”, e introdujo la presencia de lo sobrenatural al final de la obra. Aunque de una forma bastante menos explícita que en el relato, la última escena sume a Owen en un desafío contra ese fantasma, que en realidad es el fantasma del pasado, contra el que al final sale derrotado.

Esta lectura metafórica fue la que abocó la obra al fracaso. La carta que George Bernard Shaw le dirigió incidía justamente en este punto: el espectador se pone al lado del joven Owen Wingrave y, sin embargo, James le tiene reservado una desagradable sorpresa al final: sucumbe ante un fantasma. Shaw le recuerda a James que ese pesimismo está en contra de una sociedad, la de 1909, que piensa que puede cambiar el pasado y cuya visión es positivista y científica: los fantasmas ya son solo eso, fantasmas.

A pesar de esta crítica, Shaw encomia la obra, habla de ella como “un arte consumado” y no es para menos, porque ciertamente el drama está resuelto de una manera magistral. Quizá fue con este punto con el que se quedó James cuando leyó la carta, que le aconsejaba añadir otro acto en el que Owen Wingrave combatiría, como si fuera un soldado civil, esos fantasmas amenazadores que representaba la casa familiar.

James se negó a alargar la obra y contrapuso a los argumentos “contemporáneos” de Shaw la eternidad del arte y la imaginación:

Hago estas cosas porque soy un hombre lleno de imaginación y buen gusto, extremadamente interesado en la vida, y porque la imaginación, desde el momento que es estimulada desde todas las partes, se divierte y tiene su propia vida autónoma, garantizada por su propia vivacidad. […] Usted simplifica demasiado cuando limita el todo el interés a lo que usted define como “lo científico”. Le confieso que el uso que usted da a este término, en este contexto, me confunde y me desconcierta.

Desde nuestra perspectiva actual no podemos más que darle la razón a Henry James en su defensa de la libertad creadora. Tal vez el uso de ella fue lo que llevó al escritor al fracaso, puesto que el espectador de una función teatral es –o era- puro presente, es decir, liga su tiempo real al tiempo que se desarrolla en la escena, cuestión que no ocurre necesariamente con la literatura escrita.

Igual suerte corrió la versión dramática de su novela de 1896 La otra casa, a la que también nos hemos referido en estas páginas: después de un concienzudo trabajo nadie quiso producirla y eso que en su momento la novela tuvo un moderado éxito.

En cualquier caso, James no se desanimó con este nuevo fracaso y emprendió poco después una nueva aventura teatral, La protesta, que por primera vez en muchos años, no era un texto adaptado. Como comentamos en otra reseña, la obra gira en torno a un joven aficionado historiador de arte que cree reconocer en una mansión una obra maestra del arte clásico de un pintor italiano del Renacimiento, y que no consigue vender a un rico norteamericano, puesto que, ante la duda de que la haya calificado correctamente, entiende que no puede pedir por ella una fuerte suma. La paradoja es que el millonario se niega a pagar un precio tan bajo por lo que se sobreentiende que es una pieza única.

Al productor Granville –Barker le gustó la obra de James y se dispuso a llevarla a escena, aunque reconocía que sería difícil encontrar un elenco de actores que fueran capaces de declamar con naturalidad un texto “artificial, muy artificial, aunque esto sea legítimo”.

La desgracia, que pareció acompañar a todos los proyectos teatrales de James, quiso que en mayo de 1910 muriera Eduardo VII y durante el período de luto cerraron los teatros londinenses lo que resultó un golpe letal para la producción de la obra. Finalmente, le pagaron 1.000 dólares a James por incumplimiento de contrato y la historia hubiera pasado al olvido si el escritor norteamericano no la hubiera rescatado para la que a la postre sería su última novela publicada, también llamada La protesta (The Outcry).

Una breve Monólogo sin título fue el último intento de James en el terreno teatral. Lo escribió en 1913 a petición de la recitadora Ruth Draper y en él vuelve a incidir en su sempiterno tema internacional con una millonaria norteamericana que visita Inglaterra y quiere ser presentada ante la corte sin ningún tipo de obstáculo ya que “de ningún modo estoy de acuerdo con los empujones, disputas y escándalos que las mujeres de aquí parecen considerar necesario”.

Esta deliciosa pieza de época tampoco fue estrenada en público, ya que Mrs. Draper consideró que era imposible ocultar la identidad de su autor, como le había pedido James. Parece que al final de su vida se encontraba por encima de falsas glorias y orgullosas autorías: como él mismo lo calificó, “el negro demonio del teatro” había convivido con él más tiempo del jamás hubiera soñado en la peor de sus pesadillas.

Il Salotto. Henry James. Edizioni dell’Altana.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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