Sin novedad en el frente. Erich María Remarque

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En la vida militar uno se acostumbra a todo: es cuestión de tiempo. Ciento cincuenta soldados van al combate y regresan sólo la mitad; lo mejor es que habrá comida de sobra y los hombres podrán darse un atracón. Sin novedad en el frente (1929) es una novela de costumbres: todos los días hay que despiojarse, echar las ratas del jergón, comer el rancho que te ponen, recoger los muertos de la tierra agujereada de embudos, no pensar, sobre todo eso, no pensar, porque pensar en la guerra es una mala costumbre, insana, inútil.

El escritor alemán Erich María Remarque (1898-1970) se acostumbró a ser un don nadie en las trincheras, y cuando volvió de ellas siguió siendo un don nadie según la vieja costumbre que tienen los perdedores de olvidar. No has hecho nada, no has servido para nada, busca un trabajo donde no lo hay, tienes tiempo, mucho tiempo para escribir una novela, una novela de tu experiencia, la experiencia de tantos amnésicos que de repente se convierte en un acontecimiento mundial con miles de ejemplares vendidos.

El éxito de esta novela es sencillo de explicar: se limita a contar lo que piensa un soldado que no debe pensar. En la Alemania de la postguerra nadie quería recordar y Remarque hizo que de nuevo pensara la gente en la guerra antes de que se iniciara otra guerra. Pero fracasó. Ahí no alcanzó Erich Maria Remarque el que hubiera sido su mayor éxito.

Sin novedad en el frente es una gran novela sobre la camaradería y eso sí lo entiende el público, como entiende, al comienzo de la narración, a ese profesor que en 1914 pide a sus alumnos en las aulas que se alisten en el ejército, que hay que defender la patria aunque la patria no esté en peligro. En el maestro empieza todo: enseña lo que no tiene que enseñar. Del resto se ocupa la guerra.

Nadie puede imaginarlo, pero lo primero que se aprende es que la guerra es un siniestro remolino. Cuando aún se está lejos se siente una fuerza que sorbe, que atrae lenta, inevitablemente, sin que se pueda oponer ninguna resistencia. Es como una enajenación colectiva porque un hombre solo jamás haría lo que un grupo de compañeros es capaz de soportar por mantener la fraternidad entre ellos.

Eso cuenta el soldado Paul Bäumer, para quien importa más el destino de sus amigos que el suyo propio aunque también cuenta que el mejor amigo del soldado es la tierra porque es su medio de defensa cuando hunde en ella su rostro y sus miembros poseído por el mortal terror del fuego, es su hermana, su madre, el regazo acogedor que lo recibe y después lo deja marchar hacia diez segundos más de carrera y de vida, para recogerlo de nuevo, tal vez para siempre.

Se aprende mucho en la guerra, sobre todo ellos, esos jóvenes compañeros de aula que esperan que haya una digna compensación a todo aquel zafarrancho que están padeciendo, pero no pueden encontrar nada: esas porquerías del colegio, de los estudios, del sueldo… no son más que palabras repugnantes que da náuseas nada más recordarlas. Te dan un permiso y vuelves a tu casa y ves a tu madre y te pregunta por cosas que no comprendes porque los civiles no entienden nada, no saben que la vida es algo tan insignificante que apenas merece luchar por ella si no es con el fusil en la mano, en esos embudos que producen los obuses que son como sumideros por donde se precipita la mente de Paul, nostálgico de sus queridos compañeros, de los que van quedando, de los que sí que conocen el verdadero valor de la vida.

Hay mucha reflexión en Sin novedad en el frente. Paul cuenta a veces lo que le ocurre junto a sus camaradas o sobre la tierra acogedora que separa su trinchera de la trinchera enemiga, pero parece que los detalles no tuvieran importancia porque todo hecho queda borrado por la aparición del azar. En un refugio hecho a prueba de bombas puede quedar destrozado y en campo raso puede permanecer diez horas bajo el fuego graneado sin que le produzca ni un simple arañazo. No es sino por simple azar que el soldado conserva la vida. Y cada soldado cree y confía en el azar.

Paul también descubre en el frente que todos sus recuerdos están llenos de apariciones silenciosas, de un silencio que le obliga a apretar el fusil contra él para no abandonarse a esa deliciosa disgregación en la que su cuerpo querría fundirse dulcemente con las potencias mudas que están detrás de las cosas. Paul tiene que recordar el silencio porque es algo inconcebible para los soldados, un silencio que impregna de melancolía un mundo que ha terminado para ellos, porque el único que viven se llama fuego graneado, fuego de bloqueo, fuego de cortina, minas, gases, tanques, ametralladoras, ataque, contraataque, ataque, contraataque, palabras, palabras donde se encierra el horror de su mundo cubierto de costras, ojos inflamados, codos rotos, rodillas sangrantes, con el pensamiento aniquilado, mortalmente cansados.

Insisto en que Sin novedad en el frente es una impecable novela de costumbres, sobre todo de la costumbre de olvidar: ayer estás en medio del fuego y hoy haces tonterías y bromeas con los compañeros y te sientes feliz porque hay buena comida y un largo rato de descanso hasta que vuelves al frente y los días van cayendo como piedras hasta el fondo de tu ser, demasiado pesadas como para meditarlas en seguida. Se puede soportar el horror mientras agachas simplemente la cabeza, pero en cuanto reflexionas, te matan.

Para no perder la costumbre, a pesar del inmediato y multitudinario éxito de la novela, Remarque fue tan vilipendiado en su país que tuvo que emigrar a Suiza y más tarde a Estados Unidos. Él se limitó a contar lo que pensaba, no sólo cuando escribió la novela, sino antes, en esos momentos en que veía en los soldados enemigos hombres honrados que sólo se diferenciaban de él por el color de sus uniformes pero que se preguntarían, igual que él, cómo la existencia, esa incierta actividad que conocemos como vida, ha podido adaptarse incluso a esa forma de desolación invernal igual que algunas inconcebibles plantas se adaptan a la helada superficie de los polos.

Sin novedad en el frente. Erich María Remarque. Edhasa.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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