La clausura del amor de Pascal Rambert. “Mil pedazos de mi corazón/volaron por toda la habitación”

Los dos intérpretes salen al escenario bajo la luz fría de una veintena de fluorescentes. El espacio desnudo, una escalera al fondo, unos focos tirados en el suelo; la viva imagen de una sala de ensayo desolada. Nada apela a vestir la propuesta, el patio de butacas en el que no cabe un alma mira unilateralmente a ese lugar desangelado en el que dos personas se han colocado ajenas a las miradas.

Arrancan las dos horas de reproches y ataques que Bárbara (Lennie) e Israel (Elejalde) van a pasar lanzándose el uno contra la otra y viceversa.

No hay nada en la propuesta de Pascal Rambert que dulcifique las hirientes, sangrantes, palabras que se van a dedicar. El espectador, atento en la lejanía, adquiere nuevos tintes de voyeurismo, más allá de su evidente calidad paradigmática de mirón en lo oscuro de la sala; Pascal Rambert sabe cómo intensificar todo lo que el respetable haya acostumbrado a vivir en cualquier otro espectáculo. Porque todo apela a la soledad y la falta de artificio que viven esas dos personas (¿personajes?).

Ella es Bárbara y él es Israel, y lo son, porque son sus nombres reales; pero es que además son pareja, golpe de efecto fabuloso, cierto es, pero inexorable realidad que les otroga el estatus de axioma para lo que se va a desarrollar sobre el escenario. Cabe preguntarse si, además, como reza el texto, tienen hijos. Pero en el fondo, da igual, puesto que, gracias a una meticulosidad y un talento extraordinarios, uno cree a pies juntillas todo lo que sale por sus bocas, por bestia que sea.

Tampoco hay movimiento escénico que les permita decorar su interpretación, puesto que ambos se encuentran situados en una diagonal que atraviesa el escenario y de la que no salen en ningún momento. Avanzan y retroceden, como las embestidas en una justa medieval en la que las lanzas y las espadas no son otras que el veneno de sus lenguas. No hay contacto, en ningún momento del espectáculo llegan a tocarse y sin embargo, este que suscribe no ha asistido en su vida a un combate más violento que el de Bar e Isra matándose a golpe de reproche en el Teatro Pavón.

Me gustaría poder expresar con palabras adecuadas la profunda admiración que me despertó la excelente obra de Rambert, pero creo, sin embargo, que me quedaré corto diga lo que diga. Hay algo tan visceral en el texto, en las apasionadas y descorazonadas interpretaciones de los dos, que sólo se puede expresar con un gesto de agarrarse las tripas y fruncir el ceño.

Sin embargo, ahí va mi apreciación. O el intento.

Parte I. Israel a Bárbara. Como ya he mencionado supra, el texto se divide en dos partes, la primera, una hora de reloj en la que Israel rompe de raíz su relación con Bárbara; se caracteriza por el intento de racionalización de la emoción que engloba el hecho en sí de la ruptura, lo que todos hemos hecho alguna vez: repasar los momentos de una vida en conjunto, buscar los puncos flacos y echarlos en cara, enumerar la lista de reproches que se han enquistado y ahora evidencian la inquina, el asco. Las palabras de Isra son pedantes, demasiado rebuscadas, no terminan de encajar, de ser creíbles. Precisamente por ese retorcido lenguaje que se entrevera como hilos de chillante disonancia con el tono que cabría esperar en tan encendido monólogo. Sin embargo, la entrega de Israel Elejalde como intérprete es innegable, paradójicamente desgañitado y comedido, haciendo alarde de virtuosismo sobre el escenario, defendiendo una perorata cruel y agresiva ante la silenciosa y comedida Bárbara Lennie, que apenas reacciona ante las embestidas de la voz profunda y quebrada, surcada de respiraciones angustiosas.

Parte II. Bárbara a Israel. Una vez terminado el ataque, llega el momento de la revancha. Bárbara toma posiciones y las tornas se cambian. Ha habido una transición -sorprendente, chocante, brillante a ojos de un espectador entregado; absurda a ojos de aquél que no quiera entrar en el juego; pero que en cualquier caso no desvelaré- que les ha cambiado de posición. Ahora es ella la que toma la posición de atacante en la diagonal.

Y se produce la magia.

El texto de Lennie es el acierto absoluto de la obra. Es sencillo, llano y concreto, pero sobre todo, es coherente con el texto anterior. Las palabras de esta segunda parte son un repaso de la primera arremetida, una contestación, desproveyendo de pedantería y pomposidad las palabras de Israel, haciendo consciente al espectador de su propia consciencia de lo dicho (valga la redundancia). Es ahora cuando se sublima el texto de Isra, porque es ahora cuando todo lo que no encajaba se coloca en su sitio y la pedantería se referencia, y se evidencia su necesidad, por más que chocara. El texto de Lennie recoje mil pedazos de lo que Elejalde ha destrozado y lo compone otorgándole el sentimiento que éste había intentado erradicar. Pero cuidado, no el sentimentalismo, nada emotivo se recita, sólo la cruda verdad de dos personas y su amor: físico, emocional, amistoso.

Bárbara se presenta como una diosa de la escena, con una potencia de voz atronadora y modulada en la perfecta sintonía de cada momento, un portento. En cada uno de sus requiebros, se rompe un poco el corazón y el desasosiego se manifiesta y se palpa entre las bocas abiertas de los asistentes.

Esta segunda parte es un aguantar la respiración de principio a fin, un silencio sepulcral de sumisión ante una mujer que se derrumba delante tuya y de cuya debacle estás disfrutando. Empatía absoluta, algún moqueo unas butacas más adelante y el constante pensamiento en mi mente: ¿cómo puede esta mujer golpearme con tanta fuerza a doce filas de distancia? Sollozo ahogado en la garganta, ojos que no quieren dejar de mirar el cuerpo interminable, la plasticidad de sus movimientos, la generosidad de una actriz que se está dando la vuelta a la piel delante de tu mirada. Y eso, la mirada, cada vez más y más avergonzada de estar observando impasible semejante espectáculo.

No es de extrañar que Pascal Rambert se haya recorrido medio mundo con su Clausura, con versiones en numerosos países. Tras su estreno en Francia en 2011 ha sido interpretada en croata, inglés, japonés… pero lo que sí que resulta sorprendente es que el propio autor (que ha dirigido todas las adaptaciones) se postrara ante la versión de Lennie y Elejalde (la leyenda dice que Rambert se emperró en que, de hacerse, tenían que ser Bardem y Cruz los encargados y que el director del Festival de Otoño a Primavera de Madrid, le dijo que Lennie y Elejalde eran mejores), llegando a inferir incluso que nunca lo había sentido como con ellos, que el texto había cobrado una nueva y definitiva prestancia, puesto que parecía estar escrito para ser interpretado en español y, finalmente, que nadie más podrá interpretarlo tras los españoles, puesto que esta es la última versión que se pone sobre el escenario. ¿Boutade? ¿Estrategia de márketing? ¿Rimbombancia de autobombo? Probablemente. Pero, con todo, nadie le puede negar la evidencia de un éxito arrollador, unas críticas excepcionales y un público dando botes en la butaca ante esos dos gigantes de la interpretación saludando mientras lloran a moco tendido.

Grandiosa.

La clausura del amor. Pascal Rambert. Teatro Pavón.

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