La cocina de Arnold Wesker

Arnold WeskerLondres, años 50. Europa ha condonado la deuda de la guerra a Alemania. En la radio suenan canciones ligeras y en los restaurantes la población londinense pide rodaballo como si los discursos de Churchill y los bombardeos hubiesen sido un mal sueño que se va olvidando.

El Tivoli sirve unas 1500 comidas diarias, la economía se recupera viento en popa y en el corazón del restaurante, la cocina late con sus sístoles y diástoles bombeando personas dentro y fuera, llevando ensaladas y cafés a los comensales que nunca veremos.

A veces, mirar de cerca lo más cotidiano, como un acto de curiosidad, o incluso con el firme propósito de perpetrar un estudio de cualquier índole, nos choca. Pone de manifiesto la absurdez de la existencia. Nos recuerda lo gilipollas que podemos llegar a ser los seres humanos.

Arnold Wesker hace exactamente eso: pone una lupa gigante delante de 35 empleados de una cocina -26, en la versión de Peris Mencheta, por algún lado había que recortar-, un ramillete de nacionalidades en el que confluyen griegos, alemanes, ingleses, franceses y chipriotas  y nos deja contemplar la hora punta de esa monumental cocina, monstruo de acero y fuego que ruge devorando las existencias de aquellos que osan usurpar su territorio.

Si el texto del dramaturgo inglés propicia el voyeurismo y explota esa vena cotilla de espectador que no debía estar donde está y se entera de lo que no debería enterarse; la versión de Peris Mencheta lo extrapola y lo eleva a la categoría de filigrana y virtuosismo escénico. La cocina a la que asistimos es un circo romano, una arena descarnada en la que los combatientes van a luchar y sangrar siendo “disfrute” de un graderío de 360 grados de ojos impenitentes que asisten a su debacle.

Como es natural, al enfrentarnos a un espectáculo de esta índole y, aún es más, en semejante formato, exige de parte del espectador ciertos esfuerzos. “La cocina” no es un espectáculo fácil de ver, requiere un nivel de atención mucho mayor, complicando la ya de por sí enmarañada retahíla de fragmentos de vidas que se disgregan por el espacio con su cualidad polidimensional, sin la seguridad que te da un escenario a la italiana sino con la posibilidad de encontrarte con los conflictos y los personajes repartidos por toda la sala. Así, como quien mira a los monos en la jaula del zoo, a ratos, uno no sabe dónde dirigir su atención, convirtiéndonos a todos en rastreadores de lo que pasa en ese espacio. Pero si se entra al ring del señor Peris Mencheta, se hace con ganas de que te peguen con un guante de boxeo lleno hierro, porque así golpea la obra, directamente en la cara y con artillería pesada y, desde luego, con entusiasmo por convertirse en semejante hito del teatro contemporáneo: una obra que nace con la idea de hacer 35 representaciones y que no puede girar –en principio- por la dificultad de trasportar semejante escenografía.

Tampoco debe ser fácil para los actores, cuyos textos están apoyados en un constante trabajo de movimiento de doble sentido: de una parte, todos ellos cocinan miméticamente alimentos inexistentes, trasportando y trajinando con cacerolas, bandejas y cubiertos vacíos; y de otra, todas las entradas y salidas, caminos recorridos y choques y conflictos, pertrechan una partitura coreográfica (dirigida por el premio nacional de danza Chevi Muraday) que más bien parece una exhibición de juegos malabares. Pero no acaba ahí el esfuerzo de estas 26 bestias pardas de la escena, pues, además, todos ellos lidian con los diferentes acentos de las diferentes nacionalidades de sus personajes (unos mejor que otros, todo sea dicho), y aún por encima, cantan, bailan (grandioso el sirtaki que se marcan los griegos) e incluso se convierten en protagonistas de trucos de magia de resultona efectividad, así, no choca que Jorge Blass figure en los créditos como “asistente de magia”, pues magia requiere esta obra para ser llevada a cabo.

 Así las cosas, con semejante despliegue, el producto final se disfruta como una obra sobresaliente en la que cada participante encaja en su lugar como encajan los elementos de un organismo perfecto, llegando a su cénit en la escena cumbre,  hacia la mitad del montaje, diez minutos vertiginosos en los que, atendiendo las comandas de los comensales, vemos el pleno funcionamiento de esta metáfora de un mundo que nos arrastra y nos revuelca como una ola, incontrolable y despiadada. Luego, aquejados de la peor de las resacas, la cocina descansa y los personajes filosofan sobre sus sueños y sus vidas, dejando que los minutos vayan acercándoles lenta e inexorablemente hacia la vorágine nuevamente, manifestando de este modo su triste y verdadera esencia (la suya y la de todos nosotros), el  cómo permiten que la cocina los meta en el horno, los salpimente al gusto y los sirva en pedacitos para disfrute de muy pocos.

La cocina de Arnold Wesker. Centro Dramático Nacional, Teatro Valle Inclán.

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