La lección del maestro y otros relatos. Henry James

Durante los años que siguieron al fracaso comercial de La Musa Trágica –y su drástica decisión de abandonar su carrera como novelista- Henry James escribió muchos de los relatos por los que ahora es recordado. Fue una época difícil y oscura para el escritor, llena de desengaños y sinsabores. Su producción teatral no tuvo la repercusión pública que él esperaba ni mejoró su situación económica. No obstante, parece que el hecho de dedicar casi toda su atención a la narrativa corta hubiera supuesto una mayor exigencia por su parte en cuanto a calidad y profundidad de los textos, abandonando casi por completo esa tendencia anterior a desarrollar “anécdotas” en sus cuentos menos logrados.

Si bien cronológicamente no pertenece a esta etapa, La lección del maestro (The Lesson of the Master, julio-agosto 1888) representa a la perfección ese salto cualitativo al que nos referimos. Sin duda es uno de los relatos más celebrados de James y también uno de los más representativos. Sin embargo, lo que no ha trascendido es que también es profético, puesto que aborda un tema que el autor viviría en su propia piel poco tiempo después (de hecho, es posible que lo estuviera viviendo en ese momento): la terrible experiencia de un escritor que se vende al mercado por tal de llevar una vida acomodada.

Como ya ocurriera en El autor de Beltraffio, un joven novelista prometedor busca tener un encuentro con un escritor de éxito, con un maestro reconocido por el público. Ciertamente la carrera de Henry St George ha decaído en sus últimas novelas, pero aún mantiene entusiastas adhesiones. Una de ellas es la de Miss Fancourt, una joven soltera y culta, que el narrador descubre en la casa de campo donde más tarde conocerá al Maestro.

El descubrimiento es doble, puesto que a la grata presencia de la joven se le une su profundo conocimiento de la literatura y, aún más, su admiración por la única novela del bisoño Paul Overt, que hasta esos momentos se creía prácticamente invisible en la república de las letras. Miss Fancourt también le servirá a Paul como contraste respecto a la esposa de St George, mujer afable pero superficial, que habla de su marido en unos términos no muy elogiosos y que incluso reconoce haber quemado el original de uno de sus libros porque “no le gustaba”.

Gracias a una astuta maniobra, la encantadora Miss Fancourt se las ingenia para que el Maestro pueda leer algunas páginas de la única novela de Paul Overt antes de que se vean en un salón de la casa de campo. St George reconoce que el muchacho tiene talento para la narrativa y aplaza a éste a un encuentro más tranquilo en su propia casa de Londres. Será allí donde le dé su lección.

Henry St George aparece ante los ojos de Paul como un hombre ya endurecido por las circunstancias, veterano en muchas batallas de las que ha intentado salir indemne a costa de dar al público lo que quiere. Si bien al comienzo de su carrera sí escribió lo que su talento natural le exigía, después su matrimonio y más tarde la paternidad lo llevaron por la senda errónea a la falta de pureza en sus creaciones y sus intenciones, hasta el momento actual en el que ha terminado siendo un hombre descreído, impersonal, cruel consigo mismo, que ha hecho de su trabajo exclusivamente una fuente de riqueza para su familia:

Míreme bien, tómese a pecho mi lección…, porque es una lección. Que le reporte algo bueno, estremézcase al menos con la lamentable impresión que ha recibido, y que esto lo ayude a mantenerse derecho en el futuro. No se convierta en la vejez en lo que yo me he convertido en la mía, ¡la ilustración deplorable y deprimente de la adoración de dioses falsos! […] Los ídolos del mercado; el dinero y el lujo y “el mundo”; colocar a los hijos y vestir a la mujer. Todo lo que lo lleva a uno por el camino corto y fácil. ¡Las vilezas que le hacen cometer a uno!

Tras esta conmovedora lección, el renovado espíritu de Paul lo lleva a alejarse de Inglaterra para escribir su siguiente novela, apartado de cualquier cosa que pueda distraerlo. Cuando la termina, dos años después, vuelve a Londres puro e incontaminado para encontrarse que su Maestro ha cometido una jugarreta que lo muestra ante sus ojos, no como el hombre desengañado que le pareció, sino como un auténtico cínico cuyas lecciones valen tan poco como sus novelas.

La lección del maestro es una obra de arte portentosa en su desarrollo puesto que, nosotros los lectores, somos los primeros en apiadarnos del truncado talento del gran escritor, y junto al joven novelista, nos convencen sus palabras, por lo demás intemporales. Que esas palabras oculten segundas intenciones, que incluso una vez realizada la fechoría el Maestro continúe aplicando su cinismo como si nada, pone al lector en la tesitura de dilucidar si la teoría propuesta por St George es plausible, a pesar de su doblez, o si –simplemente- estamos ante un monstruo, aunque, ¿puede ser un hombre culto monstruoso?

El alumno (The Pupil, marzo-abril, 1891) ahonda aún más en la práctica del cinismo y en las distintas versiones de la realidad que podemos encontrarnos según el punto de vista que se adopte, porque desde el mismo momento en que el joven Pemberton acude a casa de los Morees para hacerse cargo del pequeño Morgan intuimos que hay un peligro en la aceptación de su trabajo como tutor.

Hay algo angustioso en los relatos de Henry James en los que aparecen niños. Por alguna razón, el escritor supo extraer como nadie de la supuesta inocencia infantil una fuente de perversión. Morgan Morees pertenece a esa estirpe de jovencitos brillantes y maliciosos cuyo más reconocible ejemplo se encuentra en Otra vuelta de tuerca. No es que sean malvados: es que son inquietantes. No sabemos qué van a hacer a continuación, en qué momento van a dar el golpe, qué ingeniosa excusa pondrán para justificar su malévola conducta.

Lo mejor de este relato es que nuestras más pesimistas previsiones respecto al pobre tutor se tornan aún peores cuando descubrimos que la familia de Morgan es la que esconde la verdadera semilla de maldad. El pequeño Morgan es cruel porque su familia lo ha hecho cruel: es demasiado avispado para que le pasen inadvertidas las rarezas de su padre y su hermano o la meticulosa apariencia tras la que se esconde su madre. Como en una especie de teatro, las diversas situaciones por las que pasa la familia y sus continuos cambios de domicilio son como una representación para Pemberton que le fuera traducida por su joven pupilo.

El tutor finalmente se hallará en un callejón sin salida, porque si quiere proteger a su discípulo tiene que aceptar las penosas condiciones que impone su familia, y si quiere hacer frente a esa madre ducha en la doblez y el cinismo, tiene que abandonar a Morgan para no hacerlo testigo de un ignominioso conflicto familiar.

Como en pocas ocasiones, James reunió en El alumno todas las vilezas a las que se puede enfrentar el ser humano por tal de mantener su integridad y su honradez, todo un ejemplo de lo que es el chantaje emocional, un tour de forcé en el que parece que la maldad nunca toca fondo.

Si en los dos relatos anteriores la tergiversación de los hechos produce inquietud en el lector, en Los matrimonios (The Marriages, agosto de 1891) James acude a su famosa ambigüedad para dejar noqueados a sus seguidores. No estamos ante un cuento renombrado de su autor y, sin embargo, contiene los elementos precisos que tan sabiamente utilizaba para ocultar una parte de la historia de manera que nos sea imposible saber qué ocurre en realidad.

En esta ocasión, el autor nos brinda una excelente muestra de ese recurso narrativo que él manejaba como nadie: el punto de vista, y para que sea más tortuoso aún, lo disimula tras una narración en tercera persona. En ella podemos seguir las sospechas de Adela Chart acerca de las secretas intenciones de su padre, un coronel viudo, que parece sentirse atraído por una mujer rica y superficial que en nada recuerda la sofisticada personalidad de su difunta esposa y madre de Adela.

Tal vez el lector moderno pueda entender este relato como un antecedente del llamado síndrome de Rebeca, aunque es muy superior en calidad a la narración de Daphne du Maurier, y más complejo, por cuanto la persona que se interpone entre el recuerdo de la antigua esposa y el advenimiento de la nueva es la hija respecto a su padre.

Con ese toque perverso, tan especial en James, comprendemos por los muchos diálogos del cuento que su enemiga, Mrs Churchley, no es tan abominable como cree Adela, y que incluso parece una mujer adorable que trata de ayudar a los miembros de la familia en la medida en que su influencia social se lo permite. Así lo considera Godfrey, hermano de Adela, que está preparando un examen de ingreso en la carrera diplomática y que, por alguna razón que al principio se nos escapa, se encuentra muy interesado en que su padre se case con Mrs Churchley.

Es más: el ascendiente de la encantadora mujer sobre el coronel Chart y su familia parece providencial. Solo Adela parece ver que su entrada en la casa familiar será perjudicial para todos. Una tarde se acerca a la mansión de Mrs Churchley para contarle algo acerca de su padre. No sabemos qué le dice pero sí sus efectos: la fecha de la boda es retrasada. La buena voluntad de Adela contrasta con los perjuicios que parece causar este retraso en su entorno. Ella continúa con su tono conciliador y el recuerdo permanente de su madre en medio de un oscuro escenario que más bien presentimos y cuya verdadera causa no conocerá Adela –ni el lector- hasta que la boda sea aplazada indefinidamente, con esa sensación de trágico destino inapelable que dejan los mejores relatos de James.

Esta fatalidad también está presente en un cuento, Brooksmith (mayo de 1891), cuya brevedad corre pareja a su sorprendente calidad. El apellido del título corresponde al criado de Mr. Offord, cuyo inolvidable recuerdo es evocado al principio del relato. El acierto de James es dar con el tono exacto de elegía que necesita el texto como presagio de lo que posteriormente acontecerá:

Ahora estamos desperdigados, los amigos del extinto señor Oliver Offord, pero cada vez que nos encontramos por azar pienso que tomamos conciencia de un cierto respeto esotérico entre nosotros. “Sí, usted también ha estado en Arcadia”, parecemos admitir sin quejarnos demasiado. Cuando paso ante la casa de Mansfield Street recuerdo que Arcadia estaba allí. No sé quién es ahora su propietario, ni me interesa saberlo; me basta tener la certeza de que si llamo a la puerta no tendré la suerte de que venga a abrirla Brooksmith. El señor Offord, el más agradable, el más encantador de los solteros, era un diplomático retirado que vivía de su pensión, además de algunas propiedades personales; en gran medida confinado a su hogar por sus achaques, le encantaba encontrarse allí en cualquier velada del año, desde las cinco de la tarde en adelante, con los visitantes a los que Brooksmith permitía entrar. Brooksmith era su mayordomo y su amigo más íntimo, con el cual todos estábamos en la misma relación que el súbdito del soberano mantiene con su primer ministro.

Lo que vendrá a continuación, expuesto de una forma soberbiamente contenida, es la conmovedora historia de Brooksmith una vez que deja de servir en casa de Mr. Offord. Esa extraña influencia que el mayordomo parece ejercer sobre los visitantes de la mansión, así como sobre su propio señor, no se explica hasta que no lo veamos en otros ambientes, sirviendo en otras casas.

Es la única narración de James que gira en torno a un sirviente, y como si la prudencia del servicio pudiera trasvasarse a la prosa, el cuento es tan rico en percepción como escaso en acontecimientos. El narrador sólo puede sugerir teorías, lanzar vagas opiniones acerca de la personalidad del mayordomo puesto que, después de buscarle una ocupación permanente con escaso éxito, se lo encuentra en alguna cena donde es invitado o en reuniones en las que aparece el criado sin dirigirle la palabra, como si no lo conociera de nada, actitud ésta que hay que atribuir más a su modesta posición que a un pertinaz olvido.

Así el implacable destino del antiguo mayordomo se va reconstruyendo con retales, con visiones fugaces, con suposiciones derivadas del lugar de Brooksmith dentro del servicio doméstico, un reto del que pocos escritores saldrían bien parados pero que para James fue un peldaño más en su búsqueda de lo que puede dar de sí el punto de vista en una narración.

Un tratamiento muy distinto de la realidad, pero no menos cruel, lo encontramos en The Solution (diciembre de 1889). Más cercano a relatos anteriores, la historia se basa en una anécdota que le fue contada a Henry James: un miembro de la legación norteamericana en Roma fue objeto de una terrible broma pesada por parte de dos compañeros. Wilmerding es un joven ingenuo y bienpensado que conoce a una viuda y sus tres hijas en un picnic. En un momento dado, el muchacho se aleja hablando con una de las hijas, Veronica, la única guapa de las tres. Aunque es cierto que tardan un poco en volver, el hecho no hubiera tenido más trascendencia si los dos compañeros de Wilmerding no hubieran acudido a él alarmados asegurándole que ha comprometido la reputación de la muchacha y que sólo puede restituirle el honor casándose con ella.

En este relato vuelve a entrar en juego el tema internacional, aunque esta vez lo sea como elemento que dinamita la realidad: al asombro de Wilmerding le responden sus compañeros explicándole que en Europa las costumbres son así, donde el código de honor es más estricto que en Estados Unidos. El joven, como digo, bienintencionado, acepta el matrimonio con tal de salvar la buena fama de Verónica –a la que en verdad apenas conoce- y esta decisión pone en un brete tanto a la desconcertada madre de la muchacha como a los compañeros, que, consternados por lo lejos que ha llegado la broma, tratarán de detenerlo. La solución a la que alude el título conllevará una sorpresa para todos.

Así contado, el relato puede parecer un poco trasnochado, pero James tiene la habilidad de escoger un tono entre sórdido, irónico y dramático que confiere verosimilitud a la historia. The Solution es un cuento que el escritor tuvo que hacer por encargo para una nueva revista siguiendo unas exigentes condiciones –tenía que publicarse en tres partes- con el que demuestra su solvencia como profesional de la literatura.

Mención aparte merece el último relato del libro. Sir Edmund Orme (noviembre de 1891) fue el primer cuento fantástico que Henry James publicó después de 15 años, tras la aparición de El alquiler del fantasma y podemos considerar que con él se inicia la fructífera relación que el escritor tuvo con el tema sobrenatural, para muchos, el género donde más destacó.

Sir Edmund Orme es ya una narración madura en la que James utiliza con maestría sus recursos narrativos. No es de extrañar que este tipo de relatos destaquen por su calidad ya que las características hacia las que derivó su prosa –la ambigüedad, el sobreentendido, el punto de vista- la adecuaban para desarrollar historias en las que es más importante lo que se sugiere que lo que se cuenta.

Para hacer el cuento más jamesiano, también aparece el tema de la maldición del matrimonio: el narrador se fija en una madre acompañada por su hija que acude a un servicio religioso. Por determinadas circunstancias, el hombre termina entablando relación con la madre, Mrs. Marden, una viuda de trato agradable pero un tanto misteriosa: lo mismo se queda embelesada mirando al vacío que derrama un taza de té sobre el pantalón del joven y, ante su hija Charlortte, atribuye la torpeza a su joven invitado.

Hay muchas cosas que no se explican de la conducta de Mrs. Marden, pero un día el narrador, hablando con Charlotte -de la que se está enamorando- descubre a una tercera persona junto a ellos. Es un joven pálido y vestido de negro, con aspecto de caballero, que se sienta en el mismo sofá en el que se halla la pareja sin que Charlotte repare en su presencia.

Como se puede comprender, estamos ante un fantasma en toda regla que, según la consternada Mrs. Marden, aparece exclusivamente cuando un hombre se enamora de verdad de su hija, se entiende que para ahuyentarlo. De esta forma, el amor –o el matrimonio- y lo sobrenatural se entremezclan en este relato en el que la pasión debe vencer al miedo.

Con este texto, Henry James volvía a su creencia de que “lo más horripilante” de una historia residía en la equilibrada combinación entre lo siniestro y la normalidad. Después de más de un siglo de cine y literatura esta idea puede parecernos evidente pero entonces no lo era: recuérdese que 6 años después de este cuento Bram Stroker publicaría Drácula, ejemplo indudable de narración gótica, completamente alejada de la realidad. La tesis sostenida por James abría un renovado camino al género fantástico, dejándonos, gracias a ello, algunos de los mejores relatos que se han escrito jamás.

La lección de maestro se incluye en la selección de cuentos de la Biblioteca Personal Borges. Hyspamérica Ediciones.

El Alumno forma parte del libro Relatos. Ediciones Cátedra.

Sir Edmund Orme pertenece a la selección Fantasmas. Penguin Clásicos.

Los matrimonios. Ediciones Traspiés.

Brooksmith y The Solution están contenidos en el volumen Complete Works of Henry James. Delphi Classic.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos.

Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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