La Musa Trágica. Henry James: La vida del artista

La relación entre la vida y el arte fue una de las obsesiones que siempre acompañó a Henry James. Algunos de sus mejores cuentos tratan la vida del artista y las difíciles condiciones en que, hasta en el mejor de los casos, ésta se desenvuelve. Para James, el arte era una fuente de conflictos para quienes lo abrazaban como un medio de subsistencia y un impedimento para la relación de los artistas con la sociedad. De hecho, él mismo padeció estas complicaciones en su propia existencia. Por eso, no es de extrañar que acudiera a un tema tan íntimamente imbricado con su experiencia cuando su carrera literaria comenzó a declinar.

Sus anteriores novelas, Las bostonianas y La princesa Cassamasima, no habían obtenido apenas éxito. El hecho de que fueran puras obras de ficción llevó a James a concluir que su siguiente novela debía contener una mayor dosis de convicciones personales, de experiencia acumulada. La Musa Trágica (The Tragic Muse, 1889), concebida como un análisis de la oposición entre el arte y “el mundo”, parecía ofrecer infinidad de situaciones argumentales, que además conocía –o creía conocer- bien.

Me apresuro a decir que la idea era brillante y que se trata de una gran novela, pero desgraciadamente James no supo extraer todas sus posibilidades por un error en su estructura narrativa: dado que el argumento se desarrolla en el mundo del teatro quiso tratarlo siguiendo las leyes dramatúrgicas, que se mueven bajo un principio de alternancia. Lo que ocurre es que la coherencia teatral no coincide con la narrativa, y lo que sobre las tablas imprime consistencia –los diálogos y las escenas son la obra-, en una novela solo suponen una parte de su desarrollo, que sin un núcleo argumental, lleva al desleimiento de la trama.

James creó para esta novela tres relatos complementarios que se entrelazan continuamente y que para el escritor americano representaban tres formas de entender el arte como vivencia: en primer lugar, seguimos la trayectoria personal de Nick Dormer, un joven brillante que desea ser pintor pero las tradiciones familiares lo empujan hacia una carrera política. Su padre tuvo un tipo de amistades que lo pueden ayudar, y si bien murió sin alcanzar el puesto que deseaba, dejó el terreno abonado para que Nick sea miembro del Parlamento. Su modesta familia así lo espera –sería además su solución económica- al igual que su prometida, Julia Dallow, una prima viuda y rica implicada al máximo en una campaña electoral que ella misma ha montado para vencer sin dudas, y un viejo amigo de su padre, un rico anciano que piensa dejarle su fortuna si se casa con su diligente novia.

Por otra parte se nos presenta el relato de Peter Sherringham, primo de Nick y hermano de Julia. Peter es funcionario de la embajada británica en París. Gran aficionado al teatro, considera el arte como la más grande expresión humana aunque su falta de talento lo obliga a ser un mero espectador, eso sí, altamente cualificado. Será en París donde descubra al tercer personaje de la obra, Miriam Rooth, una hermosa joven que aspira a ser actriz, cuyos modales toscos no son impedimento para deslumbrar al muy refinado Peter, puesto que ve en ella una ambición y unas aptitudes innatas para las tablas que lo cautivan. Miriam quiere vivir de su arte; la interpretación es su vida, y está dispuesta a hacer cualquier cosa para lograr el éxito.

Henry James nos presenta así tres personajes que, curiosamente, no forman el típico triángulo amoroso –aunque hay momentos en los que se deja seducir por él- sino tres formas diferentes de concebir una aproximación a la vida artística: quien debe renunciar a una cómoda existencia por vivirla; quien la ve desde fuera tratando de implicarse en ella y quien la vive desde dentro y encuentra en su camino los naturales problemas para desarrollarla.

Trabajar con tres protagonistas cuyas trayectorias se cruzan no es fácil para un novelista; como decía antes, requiere un sólido equilibrio narrativo. Lo que en el teatro se solventa con una cuidada entrada y salida de los personajes en escena, en una novela supone mantener un punto equidistante entre ellos de manera que cada una de las historias sea interesante de por sí y se cargue de dramatismo cuando se entrecrucen.

Texto autógrafo de Henry James en la página principal de la primera edición inglesa de La Musa Trágica

Uno de los problemas con los que se encontró James fue que volcó todas sus simpatías sobre el personaje del futuro pintor Nick Dormer. Realmente es una creación admirable, mantiene un tono sostenido a lo largo de la novela y se agradece cuando hace su aparición en la trama. James le infunde una habilidad especial para las apariencias a la vez que lo muestra honrado. Su flexibilidad para adaptarse a las circunstancias que marcan su vida lo dota de una gran calidad humana, sin duda cercana a la experiencia de los lectores, puesto que continuamente debe navegar entre dos aguas como suele ocurrir en la vida misma. Digamos que, dentro de sus discretas posibilidades, es un modesto héroe que lucha por encontrar su sitio en el mundo frente a las expectativas que los demás se han creado sobre él.

Es un personaje poderoso, muy bien concebido, pero que vence el triángulo argumental hacia un lado. Como más tarde confesaría, James fue consciente de que, mientras escribía la novela el peso de la historia se estaba escorando hacia Nick y con él el núcleo narrativo, que se le fue de las manos en cuanto quiso darles importancia a los otros dos personajes. Desafortunadamente, el interés del personaje de Peter Sherringham como espectador de la vida artística va de más a menos. Al principio tiene consistencia, es el introductor de Miriam en la novela, sus opiniones son sugestivas y su presencia encantadora. Pero desde el momento en que se convierte en un simple enamorado de la actriz, su fuerza decae y termina siendo un personaje francamente desagradable.

Por otro lado, James no termina de hacer seductora la presencia de Miriam, quizá también por un error de concepción: Miriam sólo aparece en la novela cuando está presente cualquiera de los otros dos protagonistas masculinos, es decir, vemos a Miriam como la ven sus dos acompañantes. Ella posiblemente debería haber sido la protagonista absoluta de la novela, porque la trama sigue fielmente su carrera teatral, y su carácter personal es fascinante por cuanto va cambiando respecto a las circunstancias que va viviendo. Si al comienzo de la novela es una chica llana, ruda, insolente, acostumbrada a los sinsabores de la vida, que pelea con uñas y dientes cada palmo de terreno que va conquistando con su arte, después se irá convirtiendo en una mujer orgullosa, pagada de sí misma, con una fuerte ambición lógica en el ambiente en que se mueve, donde el éxito es tan caro.

Siendo Miriam el personaje que sacrifica toda su vida a su arte, poseía todos los ingredientes para atraer la atención del lector, pero no es así. Eso no significa que no sea interesante (quizá el problema justamente esté en que es muy interesante), sino que Henry James no le prestó la importancia que tenía dado el argumento que planteó en la obra.

La Musa Trágica es una novela llena de acontecimientos, no paran de ocurrir cosas. Lo que pasa es que a Miriam le ocurren las cosas, y eso termina notándose. En el prólogo que escribió para la obra, muchos años después, en 1907, James se preguntaba por las oscuras razones que explicaran el malhadado resultado comercial del libro, y aunque apunta algunas, creo que nunca fue consciente de que la trama se le iba disolviendo conforme trataba de reforzarla por el poco afortunado método de ir tapando huecos (recuérdese, a este respecto, que la novela fue publicada por entregas, de modo que el escritor no podía corregir los capítulos una vez que salían a la luz).

El gran valor de la novela reside precisamente en la ambición de sus planteamientos. La acción es constante; los personajes son atractivos; las escenas tienen la densidad que se espera de su talento. Los diálogos son vibrantes, muy propios de su autor, pero lo son hasta tal punto que terminan siendo artificiales; son tan redondos, tan cuidados, que acaban siendo la manifestación de las ideas de James vistas desde varios puntos de vista, y lo que probablemente son acertadas opiniones en un artículo o un ensayo, resultan a veces pedantes puestas en boca de personajes que no cesan de moverse. El análisis de las situaciones alcanza altos niveles de intensidad, pero que sean intensas no significa que sean necesariamente interesantes: un respiro de vez en cuando se hubiera agradecido.

En este sentido viene a colación hablar de un cuarto personaje que aparece y desaparece a discreción, llamado Gabriel Nash, cuya existencia consiste en ver los toros desde la barrera, es decir, hablar del arte sin implicarse lo más mínimo en él, y que es una especie de Oscar Wilde sin talento artístico, una máquina de pronunciar frases ingeniosas. Gabriel Nash es la medida exacta de lo que la novela termina convirtiéndose: en un vehículo para que James dé rienda suelta a sus opiniones sobre el arte y el teatro en particular. Lo curioso es que el teatro no sale bien parado; ni los personajes con sus actos, ni Henry James a través de los diálogos, lo defienden seriamente, y esta es una cuestión que también se nota: la escasa simpatía que el autor muestra por lo que representa el nudo de su obra.

Como trato de explicar, la novela, aun siendo espléndida, desprende ciertas malas sensaciones para el lector, como si la bien concebida historia fuera creciendo por acumulación de situaciones y no por un progreso lógico y natural. En el citado prólogo de 1907, James mantiene una defensa de la novela apoyada en lo que él pretendió llevar a cabo:

Nick Dormer no es “lo mejor del libro”, como juzgo que imaginé que sería, y en el libro nada hay mejor, discierno, que aquella conservada y conseguida cohesión y calidad de tono, un valor muy positivo en sí mismo. Lo que quiero decir con esto es que el interés creado, y la expresión de ese interés, son elementos mantenidos, por lo tocante a su naturaleza, genuinos y fieles a sí mismos. El hechizo –la fidelidad al motivo primordial- está, con no poca habilidad, claramente trabajado (incluso llegando al extremo de la plata bruñida) hasta un grado que le confiere, al menos teóricamente, esplendor de belleza. Es un poco embarazoso tener tan tardíamente que llamar de nuevo la atención sobre tales rasgos distintivos; mas a causa de ese elaborado aspecto de animación y armonía, esa sensación de movimiento espontáneo y aun así de trabazón rítmica y rigurosa, La Musa Trágica me ha vuelto a parecer poseedora de un brillante mérito.

Para su sorpresa y desconsuelo, la novela no tuvo ningún reconocimiento público e incluso sus editores sólo le ofrecieron la cuarta parte de sus honorarios cuando fueron a publicarla pocos meses después en forma de libro. Para él la literatura era su único medio de subsistencia, de modo que su reacción fue inmediata: como le escribió a su hermano William, había decidido que La Musa Trágica fuera su última novela. Ante sus ojos el teatro reportaría mayores beneficios económicos: sin imaginarlo, Henry James se adentraba en los peores años de la carrera literaria.

La Musa Trágica. Henry James. Seix Barral.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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