Los domingos de Jean Dézert. Jean de La Ville de Mirmont

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La rutina se convierte en gris monotonía cuando falta la imaginación. Jean de La Ville de Mirmont (1886-1914) fue un escritor en ciernes que apenas tuvo tiempo de disfrutar de la vida, cercenada tempranamente por la Gran Guerra. Leyendo su escasa biografía cuesta trabajo creer que su corta experiencia como funcionario en París diera de sí para una novela tan genial y dinámica como Los domingos de Jean Dézert (1914), una novela no sobre la rutina, sino sobre la monotonía.
 
Si se piensa despacio, escribir o leer una novela sobre la monotonía puede resultar de lo más aburrido, aunque sea por simpatía con la trama. Si además se da el caso de que es el escritor el que cuenta su propia experiencia, y que esa experiencia es una de las pocas que vivió, no parece que se faciliten las cosas. Sin embargo, el autor francés supo sacarle a su tediosa realidad una de sus aristas más agudas: la ironía.
 
Con la ironía no hace falta la imaginación, sino que es suficiente el distanciamiento, y ya sabemos que la tragedia más tiempo da como consecuencia la comedia. A eso se aplicó Jean de La Ville: a mirarse a vista de pájaro, con la suficiente desconsideración como para reírse de sí mismo y, por extensión, de todos los Jean Dézert que inundan el planeta. La primera frase del libro es ilustrativa de su intención: “Vamos a llamar a ese joven Jean Dézert”.
 
¿Y quién es Jean Dézert? Un hombre que no se distingue de cualquier otro en la multitud; si se quiere una buena persona, honrada, fiable, sana: apenas nadie. Y por encima de todo, un hombre sin imaginación. Cumplidor y honesto, trabaja como funcionario en un ministerio con el celo conveniente a su puesto. No sabemos muy bien lo que hace, pero sabemos que lo hace correctamente. Es tan recto en su trabajo que si se le ocurriera la idea de suicidarse (aunque hasta para esto hace falta imaginación) lo haría en un día festivo.
 
Jean Dézert no es ambicioso, no tiene envidia, es un ser resignado, un hombre que sabe esperar. Durante la semana, Jean Dézert espera el domingo; en su ministerio espera el ascenso mientras espera la jubilación; una vez jubilado, espera la muerte. Comprende que el brillo de una estrella se pierde entre las innumerables estrellas del firmamento. Piensa como Robinson Crusoe que en este mundo las cosas solo son buenas, en relación a nosotros, según el uso que hacemos de ellas.
 
Jean Dézert tiene un amigo, Léon, por el simple motivo de que cena todos los días laborables con él en la misma mantequería desde hace tres años. Sólo se les puede ver juntos en la mesa. Uno habla y otro escucha. No hace falta decir quién es cada uno de ellos.
 
Aunque pueda parecer extraño, la filosofía de Jean Dézert tiene un profundo arraigo en la realidad humana, pero no porque lo haya pensado él, sino porque un día compró un libro sobre Confucionismo y lee de vez en cuando sus máximas. Una de ellas: “Un magistrado debe honrar a su padre y a su madre”; otra: “Cuando no se puede aportar ningún remedio a un mal, es inútil buscarlo”. El libro reposa en su mesita de noche, entre la palmatoria y el frasco de agua de azahar.
 
No obstante, hay algo dentro de Jean Dézert que lo distingue de la mayoría: él sí sabe disfrutar los domingos. Lo cierto es que para eso tampoco hace falta imaginación: él es de esas personas que no rechaza jamás los prospectos que le ofrecen en las aceras ancianos mal vestidos. Comprende que para emplear la jornada del domingo de una forma a la vez ingeniosa e instructiva basta con seguir los consejos prodigados en algunas de aquellas hojas gratuitas.
 
Cómo no empezar el día de forma relajada en las Piscinas Oriente, baños para ambos sexos, confort moderno, masaje dado por ciegos. Una vez vestido y reconfortado, sería agradable dirigirse a la peluquería, corte 50 céntimos, barba 25 céntimos, cuidado antiséptico. Y aunque salga de allí con la impresión de que el corte de pelo al rape no es lo más conveniente para su alargada cara, nada le va a privar de un almuerzo en un restaurante vegetariano, antialcohólico, con especialidades higiénicas, platos cuyas calorías vienen reflejadas a la derecha de la carta. La tarde puede empezar en el consultorio de Madame Theresa de Haarlem, de donde saldrá con el aviso de que no debe enamorarse de una mujer de pelo negro, para dirigirse a un cine donde se quedará dormido, sea por el caluroso día, sea por la digestión. Para cerrar tan divertida jornada, nada más interesante que dirigirse a la Farmacia del Norte, donde recibirá una conferencia gratuita sobre higiene sexual, amenizada con audiciones musicales. Nadie puede decir que Jean Dézert no sabe aprovechar concienzudamente los domingos.
 
Así pasa la vida hasta que nuestro héroe conoce a Elvire Barrochet. Por fin comienza lo que el propio escritor anuncia en mayúsculas como “La aventura”. Elvire es una muchacha de apenas 18 años cuyo padre es funerario. Es cierto que éste hubiera querido casar a su hija con un marmolista, pero piensa que el joven Jean es un hombre correcto y agradable, digno yerno.
 
¿Cómo es Elvire? Pues una chica digna de enamorarse de Jean Dézert. ¿Soñadora, aventurera, pragmática, aburrida, fantasiosa? Qué más da. Es la chica con la que se encuentra Jean en el zoológico del Jardin des Plantes, junto al estanque de los otarios. Su idilio hasta la pedida de mano es una historia digna de las mejores páginas sobre relaciones sentimentales que recuerdo.
 
¿Qué queda, al final, de Jean Dézert? ¿Un hombre enamorado, aburrido, ilusionado, melancólico, cautivador, interesante, conformista…? Pues un poco de todo y un poco de nada, como cualquier hijo de vecino, porque esta deliciosa novela está hecha con la maestría de quien sabe poner por escrito parte del alma de cada cual, que no significa que nadie se identifique con el personaje, pero que por lo menos sí lo conoce de oídas. Al fin y al cabo, todos pasamos cada siete días por un domingo, que puede ser tan ameno y excitante como los domingos de Jean Dézert.
 
Los domingos de Jean Dézert. Jean de La Ville de Mirmont. Impedimenta.
 

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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