Los embajadores. Henry James: La negación de lo evidente

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Decía Javier Marías que Henry James (1843-1916) fue “un espectador de la vida, que apenas participaba en ella, o al menos no de sus aspectos más llamativos o emocionantes”, lo que hizo de él un hombre desdichado y feliz por el mismo motivo.

No soy defensor de la parte de la crítica que entiende que en los personajes de sus creaciones se puede reflejar la biografía del escritor, pero en el caso de Los embajadores (1903) cuesta no pensar que el personaje principal, Lambert Strether, no sea, en cierta forma, un trasunto de la personalidad de su autor, que como persona no era precisamente un ejemplo de claridad y sencillez. De hecho, quizás ésta sea la novela de más difícil lectura de cuantas escribió Henry James, no por la complejidad de la trama -que apenas existe-, sino por las continuas digresiones, los evitables equívocos y la extrema y prolija exactitud a la hora de narrar cualquier detalle en el comportamiento de los personajes, por nimio que sea. No debe entender el lector que esto resta interés a la novela, sino más bien al contrario: es una delicia para los sentidos adentrarse en ese poblado y encantador bosque que presenta Henry James, lleno de árboles que, en la mayoría de las ocasiones, nos impiden ver más allá de nuestras narices. En cualquier caso, es necesario advertir que no es una obra para lectores impacientes.

Como en tantas novelas de James, en Los embajadores se presenta el encuentro (o el encontronazo) entre la cultura europea y la americana. En este caso, la excusa es el viaje que emprende Strether a Francia para convencer a un joven amigo americano para que vuelva a su país. Por supuesto, esta embajada tiene un trasfondo: Strether está enamorado de la madre del joven, la señora Newsome, y la encomienda se torna en imprescindible para obtener el favor de la mujer, que además podría añadir mucho dinero a la futura relación.

Con esa intención desembarca Strether en Europa, pero el choque cultural no tarda en producirse. Una vez en París, y auxiliado por dos amigos que finalmente resultarán fundamentales para el resultado del viaje, entabla relación con el joven buscado, Chad, en el cual, a simple vista, se ha producido un cambio notable, en cuanto a refinamiento y relajación de costumbres.

No hace falta decir que la cultura americana representada por Strether es mucho más pacata, rígida y conservadora que la que se encuentra en su estancia en París, donde los usos resultan claramente de moral mucho más ligera. No es que Strether se asombre de este hallazgo, pero podemos asegurar que tampoco se mueve en este ambiente como pez en el agua. Además, su poco espíritu, su necesidad de querer quedar bien y no meter nunca la pata, le lleva a escuchar a cualquier amigo que se acerque a él, y a tomar por verdaderas ciertas afirmaciones respecto de la vida de Chad que apenas contrasta con el joven. Esto irá provocando continuos equívocos y malentendidos, pues lo cierto es que Strether hace poco por evitarlos.

El encuentro, ya muy avanzada la novela, con madame de Vionnet, una distinguida y seductora señora casada, complicará aún más las cosas. Intuimos que Strether se siente poco a poco atraído por la personalidad de la dama, pero la relación de ésta con el joven Chad, que se vislumbra bastante nebulosa, le obliga a transitar de nuevo por los caminos de la duda. Si a eso añadimos que madame de Vionnet tiene una hija casadera, atractiva y elegante, y que el propio Chad no parece poner impedimentos para contraer matrimonio con ella -pero tampoco lo afirma-, hace que la relación triangular entre la dama, el embajador y el hijo disoluto se torne resbaladiza.

Conforme vamos conociendo la azorada personalidad de Strether, siempre nadando entre dos aguas, siempre inmerso en conversaciones plagadas de sobreentendidos y sin una realidad cierta a la que agarrarse, advertimos que se encamina directamente hacia un naufragio inevitable. Evidentemente, Strether se siente atraído por madame de Vionnet, ésta no hace nada por impedirlo, y el joven Chad parece que mantiene una relación platónica con la señora (por cierto, mayor que él) que no termina de abocarse hacia algo más sentimental.

Por si fuera poco, dado que pasa el tiempo sin que el embajador Strether logre su propósito, parte de la familia americana del joven irrumpe en París para comprobar de primera mano la actitud del joven díscolo. Además traen una mala noticia para Strether: la señora Newsome, que tanto esperaba de él, se halla muy disgustada por el pésimo resultado obtenido, a lo que se suma que un amigo de Strether parece haberle desvelado el sentimental motivo por el que el hombre permanece en París.

Aunque el narrador siempre siga al personaje principal en sus peripecias, va desfilando ante nuestros ojos toda suerte de incertidumbres y de suposiciones que Strether extrae de lo que es incapaz de ver con sus propios ojos. Solo una escena -una escena muy sencilla, pero crucial-, le descubrirá todo el pastel que tenía delante de sus ojos y que se negaba a ver.

El hallazgo de Henry James en esta novela es situarnos en el punto de vista de este hombre bastante cauteloso e insufrible, que va sacando conclusiones, a cual más peregrina, a lo largo de la novela. Si no hubiera sido así, posiblemente la trama de esta novela no daría para más que para un cuento largo, pero no crea el lector que el escritor alarga la historia innecesaria o caprichosamente, sino que precisamente en ese discurrir vacilante del protagonista por las calles de París se halla el irresistible encanto de esta novela. No hay duda de que Henry James fue un maestro en la elección del punto de vista, y con esta novela vino a demostrar que una historia aparentemente sencilla puede complicarse hasta el extremo si el personaje protagonista tiene unas determinadas cualidades (o una falta de ellas) que lo hacen, diríamos, poco fiable a los ojos del lector, aunque éste se dará cuenta de este hecho muy desarrollada ya la novela.

El final de la historia es el resultado lógico de tanta divagación, y puede resultar conmovedor para quien ha sufrido, con este protagonista un tanto ridículo, esa falta de espíritu de la que antes hablamos. Posiblemente sea uno de los finales más redondos de la narrativa de James y lo cierto es que se agradece por el esfuerzo que ha debido hacerse para llegar hasta la última página del libro: es un final digno de la gran maestría que se muestra en esta difícil novela.

Los embajadores. Henry James. Debolsillo

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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