Los políglotas. William Gerhardie

William Gerhardie es uno de esos escritores “secretos” que de vez en cuando nos depara la literatura y que aparecen y desaparecen de los estantes de las librerías –y por tanto, del interés de los lectores- de acuerdo a caprichosos criterios editoriales. A lo largo de su vida escribió cinco novelas, de las que Los políglotas (1925) es considerada una obra maestra.

Su carrera literaria fue extraña y azarosa: en 1922 publicó su primera novela, Futilidad, escrita mientras estudiaba en Oxford, con la que obtuvo cierta resonancia pública y el sincero elogio de Evelyn Waugh. Por su trama novedosa, anticipó el absurdo existencial que más tarde Samuel Beckett utilizaría en Esperando a Godot. Tres años después daría a la luz Los políglotas, muy influida por Chéjov, que obtuvo una mala recepción crítica.

Dos novelas más, Hecatombe y Resurrección, fueron publicadas en 1928 y 1934 respectivamente, y después William Gerhardie dejó de escribir hasta su muerte en 1977, o eso se pensaba, puesto que más tarde se descubrió entre sus papeles cinco libros sobre la historia de la guerra, que fueron publicados póstumamente.

La vida de William Gerhardie no fue menos azarosa que su carrera literaria: ruso de nacimiento –nació en San Petersburgo en 1895- aprendió la lengua inglesa ya de joven cuando se alistó en el regimiento de los Royal Scots Greys para participar en la Primera Guerra Mundial. Procedía de una familia de fabricantes y fue educado en cuatro idiomas, ruso, alemán, francés e inglés.

Fue testigo de la Revolución de Octubre, que vivió en la embajada británica en Petrogrado. El largo éxodo de su familia por la Rusia revolucionaria hasta encontrar cobijo en las Islas Británicas fue retratado en la novela que aquí nos ocupa, Los políglotas.

Como indicaba más arriba, Evelyn Waugh alabó el estilo de escritura de William Gerhardie, tal vez porque le recordaba al suyo propio, y es que esa es la primera impresión que recibimos cuando abrimnos las páginas de Los políglotas: estamos ante una novela de humor al estilo de Waugh, un humor irónico, corrosivo y surrealista, administrado a través de excéntricos personajes que se desenvuelven en medio de situaciones grotescas. Algunos episodios son francamente descacharrantes.

La diferencia entre un lector que aún no haya leído el libro y otro que ya lo ha terminado es que este último sabe que no toda la novela será así, y es importante advertirlo al que quiera descubrir los placeres que nos reserva esta obra. La crítica en su tiempo no supo ver que William Gerhardie no estaba haciendo una novela de humor, sino que la realidad que él vio y vivió fue así de absurda, y que a partir de un determinado momento, esa realidad pasó a ser triste y siniestra. De ahí la decepción que algunos lectores puedan tener conforme se adentran en la novela, puesto que las expectativas “humorísticas” del principio se van evaporando poco a poco.

William Gerhardie era un escritor realista a lo Chéjov y su estilo, lejos de parecerse al de Evelyn Waugh, está más cerca del naturalismo del escritor ruso. Eso nos lleva a una primera consideración: en Los políglotas, aparentemente, no pasa nada, o dicho de otra forma, no hay una trama con principio, nudo y desenlace. Sin embargo, como digo, esto es solo en apariencia porque Gerhardie, como Chéjov, utiliza la sutileza para marcar los tiempos y el interés de la historia.

El escritor ruso-británico William Gerhardie

En el caso de Los políglotas, la trama está sustentada por tres momentos: tres muertes que acaecen a lo largo de la novela, y además esas muertes están graduadas de menos a más según un rango de “importancia” que quien lea el libro comprenderá inmediatamente.

De igual forma que en la narrativa de Chéjov, no es tan interesante lo que ocurre como de qué manera ocurre, y los escritores que optan por este estilo saben de la importancia de los personajes para manetener el edificio narrativo.

Según confesó el propio William Gerhardie, los personajes de este libro corresponden, con matices, a su propia familia y adláteres que se les iban pegando conforme iban tomando la decisión de abandonar la Rusia bolchevique. En apariencia, estos personajes son excéntricos y obsesivos, pero una mirada experimentada descubre que no lo son tanto, y aquí es donde reside la maestría del escritor: haber afilado la pluma para describir a personas que todos nosotros podemos reconocer en nuestro entorno.

El caso más característico es la tía Teresa, protagonista de buena parte de la novela por su presencia arrolladora: es la típica persona que “siempre está mala” con una perfecta salud de hierro. ¿Quién no conoce a una persona así, que continuamante llama la atención sobre ella por mor de imaginarias enfermedades que recaban toda su dedicación y la de los pobres sufrientes que la rodean?

Naturalmente no puede ser descrita de otra manera que como una persona egoísta, eterna víctima de las circunstancias, caprichosa, déspota y profundamente vacía de cualquier pensamiento que no gire alrededor de sus enfermedades. Para que no le falte de nada, tiene a todo el mundo pendiente de ella y en particular a la sumisa víctima propiciatoria (en este caso, una sobrina) que por mucho que se esfuerce, siempre lo hace mal.

Este tipo de personas son en efecto risibles, como lo es ese otro tipo de hombre zángano, parásito, amable por definición y necesidad, que en la novela está encarnado por el marido de la tía Teresa, un supuesto príncipe belga en el exilio que no tiene dónde caerse muerto. Es esa clase de individuos del que uno se pregunta, ¿de qué vive? sin que le falte nunca un lujo o un capricho que no se pueden permitir los que sí trabajan o tienen algo que hacer en la vida.

La lista de personajes singulares –pero, como digo, reconocibles- es extensa e invito al lector a que la descubra por sí mismo leyendo la novela. No obstante, con tan atractivo equipaje William Gerhardie podría haber escrito una novela de mero entretenimiento si no hubiera descubierto que la vida puede ser más absurda que la literatura en determinadas circunstancias. Así lo explica el narrador de esta obra:

Éramos un grupo poco usual de personas atrapadas en un conjunto poco usual de circunstancias y condiciones. Quiero pensar que habíamos escapado, por obra de la casualidad, de muchas cosas de la vida que se habían vuelto trilladas y estereotipadas.

Anticipándose a aquella definición de Woody Allen según la cual la comedia es igual a tragedia más tiempo, William Gerhardie considera que la comedia es tragedia más circunstancias, y si las circunstancias son lo suficientemente propicias por su inverosimilitud (y la Revolución de Octubre fue inverosímil hasta el paroxismo) el resultado es una comedia, en momentos surrealista, y en otros, agridulce.

Mención aparte merece el protagonista-narrador de la novela, supuestamente el propio William Gerhardie: un personaje prepotente, narcisista, avaro y nada empático. Quede claro que sus peculiares características no inciden en el modo de contar la historia (bastante naturalista, por lo demás) pero ese retrato feroz de sí mismo sin el más mínimo de vergüenza ajena es de lo mejor de la obra.

Eso sí: volvemos a las circunstancias. ¿Quiénes se podían mover por la Rusia revolucionaria después de la Primera Guerra Mundial con un uniforme de oficial inglés? Solo aquellos que no eran conscientes de lo ridículo de la situación. Georges Hamlet Alexander Diabologh, que así se llama el estirado narrador, es ridículo, ciertamente, pero es que los acontecimientos que vivían entonces las grandes potencias después del armisticio también eran ridículos: departamentos de espionaje que espiaban a otros departamentos que a su vez espiaban a los anteriores , amigos y enemigos, neutrales y países que no tenían nada que ver con la guerra o el armisticio; oficiales que mandaban a otros oficiales tuvieran competencia o no para ello; informes que nunca llegaban a ningún sitio o que si llegaban no servían para nada.

Finalmente, tanto el protagonista como el mismo lector llegan a la conclusión de que el azar lo rige todo, desde el momento histórico en que uno desarrolla su vida hasta la gente que se cruza con uno, y que solo la muerte pone las cosas en su sitio. Por eso, conforme avanza la novela y va aconteciendo la muerte de determinados personajes, la historia se torna oscura. Esa gran familia de peculiares personajes que se embarcan en China con rumbo a un mejor futuro en Londres no son más que un puntito en el océano, el corazón de una nuez llevado y traído por los vientos y el azar, tan innecesarios dentro de su singularidad como cualquiera de nosotros.

Los políglotas. William Gerhardie. Impedimenta.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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