Madre! de Darren Aronofsky

Madre! de Darren AronofskySuena Until the end of the world una versión de la canción de U2 en la voz de Patti Smith. Acaba de terminar la proyección de Madre!. Mis acompañantes están clavados en la butaca. Cada uno a un lado manifiesta su incomodidad. El nudo en la garganta. La gente alrededor se va levantando, suenan comentarios de desconcierto, algunas personas han abandonado la sala antes del fin de la proyección –hacía mucho que no asistía a tal acontecimiento, desde el abandono masivo de Inland Empire de David Lynch y el mucho más escandaloso, ya que la gente no se limitaba a salir, sino que mostraba su disconformidad insultando a la pantalla, de Holy motors de Leos Carax-.

Madre! de Darren Aronofsky

Hablar de este filme es meterse en terreno farragoso irremediablemente, no hay posibilidad de mantener un discurso cabal y moderado sobre ella porque ella misma es desquiciada y de eso hace gala. Madre! no es una película que uno pueda digerir fácilmente. Hasta el título apela al sobresalto, muy pocas películas se atreven a poner su título entre exclamaciones (aunque no sé muy bien por qué en castellano no se han dispuesto los dos signos correctos, dejando solo el del final).  No se puede simplificar y catalogar en un género que nos ayude a analizar sus claves de estilo. Juega en la liga de esas películas que son experiencias en sí mismas; el gran problema de esta película es que no se trata de una experiencia que guste vivir. No por su extremada violencia, no por lo angustioso de su desarrollo. Fundamentalmente porque en ella reside un ataque frontal hacia todo aquello que catalogamos como bueno en términos absolutos y filosóficamente hablando.

Vamos por partes. Madre! arranca con un prólogo en el que el fuego lo consume todo y de las cenizas se regenera una preciosa casa; surge Madre (Jennifer Lawrence) entre las sábanas de la cama, despierta y busca a Él, así con mayúsculas (Javier Bardem), su marido. Asistimos  a la historia de este matrimonio que ha decidido retirarse a vivir al medio de la naturaleza. Madre se pasa el día arreglando la casa mientras que Él intenta escribir, tras el éxito de su obra anterior. No tarda en llegar el primer elemento desestabilizador. Hombre (Ed Harris) aparece y recibe la hospitalidad de Él y la desconfianza de Madre. Poco después llega Mujer (Michelle Pfeiffer) para desestructurar aún más la idílica vida de este matrimonio. Primer conato de violencia en la casa. Solucionado el embrollo, el matrimonio queda en paz.

Madre queda embarazada. Él consigue volver a escribir. El caos se desata poco después y progresivamente la casa se convertirá en un pandemonio de violencia en una escalada hacia la depravación y la abyección suprema.

Está claro que Darren Aronofsky disfruta haciendo películas que ponen mal cuerpo. Su primer largo, Pi, la locura de un matemático obsesionado que acababa metiéndose un taladro en el cerebro fue el pistoletazo de salida de una carrera en la que se pueden enumerar una buena colección de salvajadas. De las perrerías que sufrían los drogatas de Requiem por un sueño hasta la desesperación y la locura que sufría la desquiciada Nina Sayers de su Cisne Negro. El director se encuentra cómodo en ese tipo de filmes lisérgicos en los que no tenemos claro qué es la realidad y lo onírico, pero a través de los cuales somos testigos de la ruina de la vida; la cual lenta e inexorablemente, va siendo devastada ya sea por el consumo de las drogas o por la neurosis subyacente a ser una gran bailarina. Incluso en su película menos acertada, Noé, apostaba por la degradación del personaje y la angustia que le crea la disparatada idea de meterse en el Arca con el consiguiente conflicto de vivir encerrado durante el Diluvio con una panda de desquiciados.

Pero nada que ver con la escalada de tortura a la que somete a esta Madre. El periplo de acoso y derribo al que asistimos en el filme no está pensado para un público sensible -o quizá juega la carta de su extremada violencia para despertar sensibilidades- y bebe de su propias claves de estilo a la hora de no dejar nada claro y abrir al espectador un millón de plausibles interpretaciones que hacen las delicias de aquellos que disfrutan de los productos abstractos, de las narraciones incoherentes e inconexas y de las apuestas de dudosa estética en pro de un ataque visceral a todos los sentidos del receptor. Vamos, lo que hace David Lynch. Por el contrario, a toda la gente que espera una explicación corriente, entendible, que no pueden ni piensan entrar en el juego de estar delante de una pesadilla inenarrable, les parecerá, hablando en plata: una mierda (que además será probablemente el argumento más utilizado al respecto, puesto que no hay otro argumento más allá al que referirse si te niegas en rotundo a entrar en el juego)

Evidentemente, yo soy de los primeros. Y aprovecharé la coyuntura para lanzar una perorata a favor de este tipo de filmes. Al igual que en los museos no todo el arte es figurativo, -¿qué digo?, en la vida misma nos encontramos con multitud de aberraciones de la cordura que no son fáciles de explicar o entendibles- resulta fascinante cuando en el mundo del cine encuentras productos así. Argumentos que parecen sacados de  la mente de un loco o que destartalan toda lógica consciente. Que bucean por el mundo de los sueños –pesadillas en este caso- y que plantean una experiencia estética que tiene tanto valor como el más alambicado de los argumentos al uso. Son filmes que nos llevan a un disfrute de los sentidos, que nos sumergen en una coreografía de recursos y que elevan al espectador al maravilloso campo de la subjetividad, las imágenes están inconclusas sin un discurso completamente pergeñado depositando en el que las recibe la capacidad de darles la forma que él quiera y abriendo a su imaginación la multitud de posibles explicaciones que se puedan plantear. Por eso mismo, rehúso el ponerme a analizar si Él es Dios y ella la Tierra; si todo el argumento es la Biblia y el fregadero arrancado es el diluvio universal –no cabe duda de que el señor Aronofsky está un pelín obsesionado con las historias de las Sagradas Escrituras-; si todo el filme es una metáfora sobre el inapelable fin al que los humanos conducimos a la Naturaleza; si Él es el creador y ella la musa llevada hasta el hastío conducida por el genio devastador de su director; si madre es simplemente una embarazada que no soporta no ser el centro de atención y reclama hasta la locura que su marido esté con ella; etcétera, porque creo que precisamente lo excepcional de este filme es su multiplicidad de argumentos y resulta absurdo quitarle capas cuando lo más enriquecedor es disfrutar de todas ellas. Sufrirlas, sí, pero para después poder disfrutar de la catarsis de haberlas vivido.

Pero ante todo y sobre todo, es un film terriblemente complicado de realizar ya que se cimienta exclusivamente en la visión de un director que tiene que montar con su imaginación una megalómana Torre de Babel (por seguir con las referencias bíblicas) y abogar por plasmar unas imágenes que no son fáciles de conseguir, contra todo pronóstico, precisamente por lo en apariencia aleatorio de su correlación. Por no hablar del titánico trabajo que supone para unos actores que, en este caso que nos ocupa, sobresalen y ofrecen unos trabajos, colosales no solo por su contundencia sino por su arrojo y entrega, basándome además en que componer caracteres creíbles en tal vorágine de secuencias resulta arduo y tendente a lo plano –sólo hay que observar cómo Jennifer Lawrence va cargando su interpretación progresivamente evitando la histeria que tan fácilmente podría haber convertido su Madre en un personaje insoportable puesto que, además, el director tiene la osadía de ponernos la cámara casi constantemente desde su hombro, para que no perdamos detalle de su angustia, como haría Polanski- . Pero de entre todos los componentes del reparto, reverencio particularmente la fabulosa –por desgracia, corta- intervención de Michelle Pfeiffer, capaz de sacar de sus casillas al más pintado y capaz de colocarla en cabeza entre las malvadas más ambiguas de la historia del cine.

Madre! también es una de esas películas que juegan la carta de la polémica, que argumentan en su lista de pros el haber sido abucheada en el Festival de Venecia y que probablemente, pasado el escándalo y la confrontación de odiadores vs. adoradores, pasará a la memoria de los que la aman y se afianzará con fuerza como película de culto. La colocaremos a la altura de (si se me permite la osadía) clásicos modernos tan perturbadores y desasosegantes como La semilla del diablo o Repulsión de Polanski, eXistenZ o Crash de Cronenberg,  Irreversible de Gaspar Noé, Mulholland Drive o Cabeza borradora de Lynch, Memento de  Nolan cuando no le preocupaban más los efectos especiales que sus películas, o incluso, -y esto es un órdago- 2001, una odisea en el espacio de Kubrick.

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