Misteriosa Navidad

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Es extraña la Navidad. Y sorprendente, luminosa, contradictoria, renovada todos los años y vieja como el mundo. Si viviéramos en la Ciudad del Vaticano, supongo que sería siempre igual, porque sería idéntico cada año el motivo de nuestra alegría: la venida de Jesús a la tierra, la encarnación de Dios, la llegada de la Buena Nueva. Imagino que para quien vive la Navidad sólo de esta manera, los demás, los que hemos olvidado espontáneamente los motivos últimos (o primeros) de estas fiestas, les pareceremos como marcianos desorientados, invadiendo las calles y las tiendas en lugar de las iglesias, que sería el lugar lógico de encuentro y recogimiento. Ya digo, es extraña la Navidad.
 
Tan misteriosa que nace en el interior de la mayoría de la gente el niño que llevamos dentro y también el millonario que quisiéramos llevar, pero que sólo aparece, como por simpatía, ante las estanterías atiborradas de los negocios. Por lo pronto, el aire se llena del aroma dulce de las pastelerías, que es el olor de nuestra infancia, del humo nutricio de los puestos de castañas asadas, del sonido machacón y empalagoso de los villancicos, esas cancioncillas que nunca se pasan de moda pero que nadie escucha fuera de estas fechas, como los éxitos horteras del verano. Y utilizamos extraños instrumentos para acompañar nuestros desentonos, la zambomba, la pandereta, la botella de anís del Mono. Como una sinfónica de desquiciados, nos escupimos en las manos y frotamos el carrizo de arriba a abajo, tratando de armonizar el monótono zumbido con nuestra voz de falsete, quebrada por la almendra de los polvorones y el mazapán, del turrón que es capaz de rompernos los dientes, pero que a pesar de eso insistimos en que está bueno y se lo damos a probar a los abuelos con un cierto gesto de recochineo.
 
Es extraño: en esta época todos nos metemos a orfebres, o más bien a escaparatistas, y montamos el belén con sus figuras anacrónicas, con sus casas enanas y sus ríos de papel aluminio, y hasta nos parece que logramos una obra maestra porque por fin hemos hecho algo con nuestras manos ante un público entregado, y adornamos un arbolillo de Navidad con brillantes bolitas, con luces que parecen sacadas de un club de alterne y ese esponjoso espumillón que nos llena las manos y la cara con su picante alegría de confeti.
 
Y aunque el frío nos congele las narices, y nos apetezca quedarnos junto al brasero, salimos a la calle. Salimos mucho a la calle, y en una esquina nos encontramos un belén gigante, y en otra un Papá Noel, y en la de más allá un Rey Mago repartiendo caramelos o publicidad de móviles, en una confusión de tradiciones que nos recuerda a la remota Babel. Y cuando los niños se nos acercan como pequeños picaruelos pidiéndonos el aguinaldo o cuando nuestros propios hijos se nos paran delante del escaparate de una juguetería donde se quedan plantados como okupas, buscamos con la vista la figura de algún Herodes que nos resuelva por un momento nuestro tierno cansancio.
 
Pero ahí no acaban los misterios de la Navidad: en las jugueterías apenas hay niños, y en las tiendas de ropa, pensando en las noches especiales, las mujeres y los hombres buscan trajes que más bien parecen destinados para un Carnaval. Las calles se iluminan como nunca lo han estado el resto del año, quizás para que nos veamos los unos a los otros el entusiasmo reluciendo en nuestros rostros o quizás porque el comercio lo ha previsto así para convertir como por milagro cada diciembre en un agosto. Pero esa es otra historia…
 
Retornamos casi por ensalmo a una infancia de niño rico, y queremos esto y aquello, sobre todo lo prohibido, los perfumes más caros, los alimentos que pocas veces conocieron nuestros manteles, las flores, los libros que no nos atrevimos a comprar sólo hace unos días. Las dietas pasan al rincón mental de los objetos perdidos, y la lechuga, la alcachofa, la leche descremada, los edulcorantes, se pierden entre el festín de los pavos rellenos, el marisco y los pescados grasientos, prolongado poco después por el café, el licor y los mantecados, cuando no por el puro y los cigarrillos que fuman hasta los que no fuman, y sobre todo por el champán, esa bebida que a casi nadie le gusta, esa gaseosa con pretensiones.
 
Nos volvemos niños, sí, y también buenos, pero no como niños, sino como santos. Celebramos cualquier encuentro, con los amigos, con los conocidos y con los saludados, da un poco igual, la cuestión es felicitarse, no sé sabe por qué, quizás felicitarse por ser felices, porque por una vez somos felices sin ni siquiera merecérnoslo. Y en este misterio que envuelve a la Navidad, nos da también por regalar, que es una forma de decir que nos acordamos de los demás sin tener la necesidad de quererlos, como Reyes Magos de pacotilla que dejan sus regalos a los niños sin apenas darles un beso en la frente. La Navidad tiene muchas veces el brillo y la consistencia de un papel de regalo.
 
Sí, todo es un misterio, porque el resto de los días no somos así y nadie nos obligó a ser de otra manera. Incluso, a lo mejor, todo lo que se ha contado aquí no sea más que un tópico, el espejo deformado, privilegiado, donde se quieren mirar unos pocos. Acaso la Navidad sea otra cosa, se viva de una manera diferente para muchas otras personas, pero sobre eso el cronista se reserva su opinión. Después de todo, esta crónica no es más que literatura de costumbres. ¿Y la realidad? La realidad escríbanla cada uno de ustedes.
 

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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