Novelistas. Henry James: La crítica como arte

crítica henry jamesUna faceta poco conocida de Henry James fue su incesante labor como crítico literario desde el comienzo de su carrera. En este sentido fue una especie de visionario que se esforzó por elevar la novela a categoría de arte en tiempos en los que la poesía ostentaba el único puesto de honor reconocido dentro del Olimpo de las letras. Escribió cientos de artículos en publicaciones periódicas que alternaba con su propia producción narrativa y que de alguna forma la explican y justifican. En 1914 recogió en un libro algunos ensayos escritos en su periodo final como escritor bajo el título de Novelistas (Notes on Novelist).

Al lector actual, acostumbrado a reseñas cortas que sugieren más que razonan, puede sorprender el esfuerzo expositivo de James, la profundidad con la que sondea hasta los motivos últimos de los autores en busca del palpitante corazón que da vida a sus obras. No son meras opiniones más o menos basadas en sus propios gustos sino convincentes reflexiones sobre el arte de narrar, aunque algunas de sus filias puedan sorprendernos en la actualidad.

Tal es el caso de George Sand, a la que dedica nada menos que tres ensayos. La escritora francesa obtuvo un gran éxito en su tiempo aunque después de su muerte fue –con razón- pronto olvidada, o más bien deberíamos decir que fue inmediatamente recordada por su turbulenta vida, expuesta a través de una abundante correspondencia. La escalonada salida a la luz de su vida privada es la que motiva estos tres artículos.

Como bien reconoce James, George Sand es de esas autoras que están más en nuestros anaqueles que en nuestras manos (¿quién no posee en su biblioteca escritores que tuvieron toda nuestra admiración en su momento y ahora nos preguntamos qué veríamos en ellos?). Para James, Mme. Sand es uno de los mejores ejemplos de vinculación entre la experiencia y el arte en general. Las cartas que iban desvelando su trayectoria vital ponían al descubierto los mecanismos de esa vinculación, y ante esto cabe preguntarse: ¿el artista debe exponer la vida tal como la está experimentando o debe transformar ese material para extraer una verdad que esté por encima de sus particulares vivencias?

Pensemos que estos artículos fueron escritos en pleno auge de la novela naturalista, a la que James admiraba sobre todo a través de la figura de Zola, pero también siente un cierto rechazo por lo que de crudeza tiene en el tratamiento de los temas. George Sand es de esas escritoras cuya vida es mucho más interesante que su obra, y que de haber vivido en el siglo XX podría haber hecho una exhibición pública –queremos decir, mediante la narrativa- de sus aspectos más íntimos. James valora que la autora eligiera otra forma de expresar sus inquietudes literarias.

Si se lee bien, Henry James está preparando el terreno para obras como En busca del tiempo perdido, donde la realidad y la ficción se entremezclan de tal forma que solo gracias a concienzudos biógrafos somos capaces de distinguir sus lectores futuros. Digamos que él reflexiona sobre la extraña confusión entre “verdad” e información, y la manera con que los grandes autores están capacitados para convertirla en arte.

El caso más paradigmático, para James, es el de Balzac. Su vida no es menos turbulenta que la de George Sand, pero a diferencia de ésta, consigue crear un mundo cerrado y total, fácilmente reconocible y, sin embargo, único y propio: lo que diferencia a un gran escritor de un autor mediocre es “la capacidad para hacer resaltar lo más importante”. Un genio es el que convierte su realidad, que vaga en el vacío y en lo abstracto, en algo digno de ser representado con pinceladas vibrantes y cargadas de vida.

A estas alturas de la historia, una afirmación así nos puede parecer superada pero es que James, que vivió en el siglo de la novela, tenía ejemplos inmediatos de libros acartonados por el infame tratamiento de la historia. De aquel siglo brillante para la narrativa extrae los pocos ejemplos que merecen la pena de entre los cientos de autores que por entonces tenían éxito: Flaubert, Zola, Balzac, Dickens, George Elliot, Stevenson. Ahora nos puede parecer evidente esta selección, pero a James le faltaba perspectiva para la perspicacia que demostró: todos ellos fueron contemporáneos suyos, algunos los conoció en persona, con otros trabó amistad.

Lo que trata James es de trazar un recorrido artístico que nos lleve de uno a otro, se detiene en sus aspectos fundamentales y nos invita a comprobar que la permeabilidad en el arte no es una cuestión de copia sino de actitud. De hecho, él nunca habla de influencia sino del misterio de la creación: desvelarla es, precisamente, el oficio del crítico literario:

Lo mejor que podemos decir de los novelistas es que en un momento dado nos ofrecen un mundo distinto, una conciencia distinta, una experiencia que, con el mismo efecto que tiene sobre nosotros el éter del dentista, camufla el dolor de lo real y nos envuelve, nos concede un lapso de tiempo que nos permite enfrentarnos, en el regreso a lo inevitable, con una combinación que podría haberse modificado. Lo que obtenemos, no hay duda, en proporción a lo retratado, no es más que otra forma de lo real: lo real de otra gente.

Pero al contrario de lo que pueda parecer, la novela no es para él un vehículo de entretenimiento, no depende de la cantidad de fábula que tenga una historia: el misterio de la buena narrativa es que nos envíe de vuelta a la extraña constitución del hombre:

Depende, según yo veo, de la cantidad de arte, y nada más: del arte en el que los materiales, la fábula o los hechos, o lo que quiera que sea, entran en solución: se reducen y transmutan, de tal manera que yo me quedo sin receta alguna para poder establecer su cantidad y proporciones.

Esa imposibilidad de saber qué cantidad de arte hay en una novela como Madame Bovary es lo que deja perplejo a James: cómo una historia tan provinciana, pobre, opaca e incluso ridícula puede llegar a estremecernos, a resultarnos imposible de olvidar. Autores como Vargas Llosa han tratado de encontrar la piedra filosofal que escondía Flaubert para convertir tan pobres materiales en una obra de arte: creo que después de intentarlo se queda con más interrogantes que cuando empezó a preguntárselo, como le ocurrió a Henry James. Pero su inteligente acercamiento a esta obra nos ayuda a comprender la maestría de sus páginas.

Igual le ocurre con autores estrictamente coetáneos a él, como Joseph Conrad. En 1914 escribe un largo artículo sobre los que considera los mejores escritores del momento: H. G. Wells, Arnold Bennett, D. H. Lawrence, el propio Conrad. Con éste se encuentra perplejo: a propósito de la publicación de Azar, James no consigue explicarse cómo funciona la sutil estructura por la que un personaje interpuesto, Marlow –también protagonista de El corazón de las tinieblas-, es capaz de darnos toda la información necesaria –una visión total de la historia- siendo testigo solo de una parte de los hechos. Resulta enternecedor ver una admiración tal por una forma de estructura narrativa, el punto de vista, que el propio James llevó hasta la perfección.

Con más de 70 años y toda una carrera narrativa a sus espaldas, Henry James sigue siendo el crítico modesto que olvida a propósito sus propias virtudes para ponerse el mono de trabajo y estudiar las obras con la discreción de un lector apasionado que conoce los mecanismos de su oficio pero solo los exhibe para explicarlos a los demás en la medida que puede.

Dicen que detrás de un gran escritor siempre hay un gran lector. Si ese lector es además capaz de transmitir a los demás su sabiduría y su entusiasmo, se convierte en una fuente de conocimiento para los que tienen la suerte de disfrutarlo. Leer las críticas del lector Henry James es una forma feliz de penetrar en los misterios de la literatura.

Novelistas. Henry James. Páginas de espuma.      

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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