Poetas de Costa Rica: Eunice Odio

Eunice Odio (1919-1974). Costa Rica

De una mujer que nació fuera de su tiempo solo podemos esperar soledad y desarraigo. Su padre, Aniceto Odio Escalante, era corredor jurado en San José de Costa Rica, descendiente de una rica familia que había escapado de Cuba años antes perseguida por el gobierno colonial debido a sus actividades revolucionarias. Eunice Odio nace en 1919 fruto de la furtiva relación entre Aniceto y una mujer de gran belleza física y orígenes humildes, Graciela Infante. Hasta 1934 Eunice Odio no sería reconocida como hija legítima, una vez muerta ya su madre.

Su infancia parece sacada de una novela de Dickens: huérfana de madre a los 15 años, no pasó a vivir con su padre –que permanecería soltero toda su vida- sino que es acogida por su tío Rogelio Odio en una casa que comparte junto a su prima Clementina, 20 años mayor que ella, otra hija fruto de una relación extramatrimonial. Tres años más tarde, y por desavenencias familiares, va a parar al hogar de su tío Eladio Odio, donde tampoco encontrará una favorable acogida debido a la especial sensibilidad de la joven Eunice.

Es una mujer emocionalmente intensa, acuciada por un fuerte sentimiento de pérdida que sublimará a través de una precoz inclinación por la poesía. Contrariamente a lo que su historia podría hacer suponer, la relación con su padre es espléndida. Aniceto promueve su interés por la literatura y con el tiempo Eunice idealizará al padre hasta el extremo de identificarlo con su referente masculino. Juntos descubrirán las nuevas vanguardias que se desarrollan en San José alrededor de Max Jiménez, José Martín Cañas o Francisco Amighetti.

Sin embargo, el cerrado mundo cultural josefino la lleva a interesarse por otros horizontes. Desde 1937 trabaja en la oficina de Correos y dos años después se casa con un hombre que le dobla la edad y del que se divorcia 4 años después. En un mundo de hombres Eunice trata de introducirse con sus primeros poemas, que aparecieron en Repertorio Americano.

En 1946 se le concede el Premio Centroamericano 15 de septiembre por su libro Los elementos terrestres. Eunice viaja a Guatemala para recoger el premio y comienza así un largo periplo por diversos países –Nicaragua, Estados Unidos, El Salvador, Honduras, la propia Guatemala- hasta que recala definitivamente en México.

La búsqueda de una raíz, de un lugar donde permanecer, será una de las constantes de su vida. Elige como compañera de aventuras a su amiga, la admirable Yolanda Oreamuno. Su poesía se vuelve más intimista. Caso raro en su época, sus versos tienen un marcado carácter sexual, muchas veces explícito. No es un sexo carnal sino trascendental, unido con el deseo de vivir pero también con la imposibilidad de disfrutar.

Un ejemplo lo encontramos en este Poema tercero de Los elementos terrestres, una especie de renovador Cantar de los Cantares. El fragmento, titulado Consumación, se refiere al primer encuentro de los amantes en el lecho:

 

Tus brazos

como blancos animales nocturnos

afluyen donde mi alma suavemente golpea.

A mi lado,

como un piano de plata profunda

parpadea tu voz,

sencilla como el mar cuando está solo

y organiza naufragios de peces y de vino

para la próxima estación del agua.

Luego,

mi amor bajo tu voz resbala,

Mi sexo como el mundo

diluvia y tiene pájaros,

Y me estallan al pecho palomas y desnudos.

Y ya dentro de ti

yo no puedo encontrarme,

cayendo en el camino de mi cuerpo,

Con sumergida y tierna

vocación de espesura,

Con derrumbado aliento

y forma última.

Tú me conduces a mi cuerpo,

y llego,

extiendo el vientre

y su humedad vastísima,

donde crecen benignos pesebres y azucenas

y un animal pequeño,

doliente y transitivo.

II

Ah,

si yo siquiera te encontrara un día

plácidamente al borde de mi muerte,

soliviantando con tu amor mi oído

y no retoñe…

Si yo siquiera te encontrara un día

al borde de esta falda

tan cerca de morir, y tan celeste

que me queda de pronto con la tarde.

Ah,

Camarada,

Cómo te amo a veces

por tu nombre de hombre

Y por mi cuello en que reposa tu alma.

La poesía erótica de Eunice Odio es una de las mejores escritas en castellano en el siglo XX. Como decimos, no es una poesía festiva pero está bien alejada de cualquier tentación sentimentalista. En sus versos, de marcado carácter estético, se establece de forma magistral un diálogo entre el lector y la mujer poeta –su mundo sensual, su peculiar punto de vista femenino, su imaginación lúbrica no exenta de profundos descubrimientos psicológicos.

En 1954 publica su obra cumbre, El tránsito de fuego, libro que había comenzado en 1948. A principios de 1953 llega a la isla de Cuba, donde conoce al poeta chileno Alberto Baeza, que le ayudaría a publicar Zona en territorio del alba (Poesía 1946-1948), poemario que se adentra en la evocación de su infancia y juventud.

De casa en casa en su niñez, de país en país en medio de su madurez creativa, Eunice Odio siempre se supo sola en el mundo físico, como muestra en su conmovedor poema Declinaciones del monólogo:

 

Estoy sola,

muy sola,

entre mi cintura y mi vestido,

sola entre mi voz entera,

con una carga de ángeles menudos

como esas caricias

que se desploman solas en los dedos.

Entre mi pelo, a la deriva,

un remero azul,

confundido,

busca un niño de arena.

Sosteniendo sus tribus de olores

con un hilo pálido,

contra un perfil de rosa,

en el rincón más quieto de mis párpados

trece peregrinos se agolpan.

II

Arqueándome ligeramente

sobre mi corazón de piedra en flor

para verlo,

para calzarme sus arterias y mi voz

en un momento dado

en que alguien venga,

y me llame…

pero ahora que no me llame nadie,

que no quepo en la voz de nadie,

que no me llamen,

porque estoy bajando al fondo de mi pequeñez,

a la raíz complacida de mi sombra,

porque ahora estoy bajando al agónico

tacto de un minero, con su media flor al hombro,

y una gran letra de te quiero al cinto.

Y bajo más,

a las inmediaciones del aire

que aligerado espera las letras de su nombre

para nacer perfecto y habitable.

Bajo,

desciendo mucho más,

¿quién me encontrará?

Me calzo mis arterias

(qué gran prisa tengo),

me calzo mis arterias y mi voz,

me pongo mi corazón de piedra en flor,

para que en un momento dado

alguien venga,

y me llame,

y no esté yo

ligeramente arqueada sobre mi corazón, para verlo.

y no tenga yo que irme y dejar mi gran voz,

y mi alto corazón

de piedra en flor.

Después de 1954, y tras un paréntesis entre 1959 a 1963 que viviría en Nueva York, Eunice Odio se exilia a México, donde permanecerá hasta su muerte. Tras dos profundos desengaños amorosos, comenzó a atacar en la prensa a los escritores mexicanos simpatizantes de la revolución cubana.

Mujer y disidente, apátrida, su aislamiento literario fue creciendo hasta cubrirla por entero. Al principio, sus artículos anti-castristas publicados en la revista Respuesta obtuvieron algún eco, rápidamente refutados y repudiados por los escritores marxistas. Más tarde, apenas sobreviviría escribiendo artículos firmados con seudónimo. Lo que empezó siendo una infancia propia de Dickens se termina convirtiendo en una pesadilla kafkiana.

De aquella poeta valiente y desenfadada que recorriera los países de América Central buscando y entregando una voz propia absolutamente novedosa pasó a ser una desconocida superviviente enterrada en la populosa Ciudad de México.

Tanta fuga, tanto dolor, los concentró, durante los últimos años de su vida, en la búsqueda del hombre protector y poderoso, que encontró en la figura del Arcángel Miguel, al que dedicó un extenso poema. Comenzó a estudiar esoterismo cada vez más marginada del oficio de escribir. Murió en 1974, padeciendo hambre y pobreza, olvidada por todos, alcohólica y sola.

Su portentosa obra poética está empezando a ser conocida fuera de las fronteras de su país, Costa Rica. Debemos a Peggy von Mayer la edición de sus Obras Completas en 3 tomos. Tal vez su condición libre y femenina, constreñida en un mundo de hombres, debería recibir un justo reconocimiento, aun pendiente.

Reseñas sobre literatura hispanoamericana en Cicutadry:

 

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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