Rebeca, la señora ausente

rebecca

Posiblemente una de las películas más turbadoras de la filmografía de Hitchcock sea Rebeca. Hay quien la define como una película de suspense; a mí me parece más acertado decir que se trata de una película de fantasmas. Su comienzo brumoso con la casa abandonada en la que se enciende una luz, nos da una clara pista. La voz melancólica y lejana de Joan Fontaine diciendo aquello de “Anoche soñé que volvía a Manderley”, también nos incita a sumergirnos en un mundo de misterio y evocación.

Y es que si hay un elemento que persiste a lo largo de toda la película es el de la imagen evocada de Rebeca de Winters. Como buen narrador, Hitchcock tuvo el acierto de no mostrar una sola imagen en flashback de Rebeca. Tan sólo el cuadro que preside la parte alta de las escaleras de Manderley nos proporciona una idea de su aspecto. El resto es una continua presencia ausente, si se me permite el uso de la antítesis. En toda la película, la imagen fantasmal de Rebeca lo domina todo, hasta tal punto que ni siquiera llegamos a conocer el nombre del personaje interpretado por Joan Fontaine, un detalle que, dicho sea de paso, es un mérito que debe ser atribuido a la escritora Daphne de Maurier, pues ese detalle ya lo plasmó así en su novela.

Las escenas en las que la señora Danvers le enseña a la nueva señora de la casa la habitación y las pertenencias de su antigua ama, en ocasiones vemos cómo desvía la mirada hacia ciertos ángulos, como si Rebeca verdaderamente siguiera allí, e incluso hay un momento en que el ama de llaves llega a mencionar que todavía es capaz de oír sus pasos. El papel de Judith Anderson como la señora Danvers es sin duda impresionante, al igual que el de Joan Fontaine y juntas protagonizan algunas de las escenas más memorables.

Pero de todas los momentos inquietantes de la película, hoy quiero recordar uno en donde el elemento fantasmal es especialmente perturbador. Se trata de la escena en la cabaña de la playa, cuando el señor de Winters, interpretado por Laurence Olivier, confiesa a su mujer lo que le pasó con Rebeca la noche que ésta murió. Mientras relata lo sucedido, de pie junto a la puerta de la cabaña, vemos cómo la cámara arranca desde un diván vacío, con un cenicero lleno de colillas, como si fuesen las que ella hubiese dejado allí; a continuación la cámara inicia un movimiento lento, como si alguien se hubiese levantado del asiento y caminase por la habitación hasta llegar a la misma puerta donde está Laurence Olivier. Toda la fuerza de esta escena intrigante reside en la cámara desplazándose como si estuviera enfocando a una persona verdadera, como si Rebeca estuviera allí, la materialización de un fantasma.

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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