Rosalie Blum, de Julian Rappeneau. El espía de lo cotidiano.

Siempre he considerado la cinematografía del país vecino como el paraíso del voyeur. Intrigado hasta lo redundante por meterse por las ventanas y puertas de los habitantes de las ciudades y pueblos, el cine francés aboga casi en su totalidad por la investigación de  personajes pretendidamente vacuos, por su afán cotilla de desvelar lo extraordinario dentro de las vidas banales ajenas.

En Rosalie Blum, Julian Rappeneau, su director, lleva esta máxima hasta su paroxismo.

Un guion basado en los célebres tebeos de Camille Jourdy es el punto de partida de esta pequeña maravilla que toma el mismo esquema formal de la novela gráfica: tres volúmenes dedicados a tres personajes y cada uno de ellos contando la misma secuencia de acontecimientos.

Rosalie, Aude y Vincent son los personajes que orquestan esta delicada historia de existencias grises en un pueblo de cuyo nombre nunca seremos conscientes (fantástica treta de la autora, respetada por el guionista, ya que de este modo, quitándoles un origen reconocible, aboga por una universalidad en la que todos podemos sentirnos identificados).

 Vincent es un peluquero taciturno de unos treinta años que vive agobiado por su madre, una excéntrica anciana obsesionada por los muñecos y los peluches. Precisamente, presionado por ella, Vincent va a dar con Rosalie, que trabaja en un pequeño establecimiento de alimentación. Por  alguna razón que también queda oscurecida al espectador, Vincent desarrolla en el momento en que ve a la mujer una desesperada obsesión que le lleva a seguirla por la localidad. Aude, sobrina de Rosalie, es una joven descolocada que no tiene ni idea de qué hacer con su vida. Rechaza a su familia y se deja arrastrar por el tedio y la monotonía de la falta de responsabilidad y la carencia de intereses. Aude será el personaje encargado de seguir al seguidor de su tía, completando esta historia triangular de investigación cotidiana.

Julian Rappeneu debuta en la dirección con esta historia detectivesca en la que juega con los mismos acontecimientos tomados desde tres puntos de vista diferentes, peligrosa apuesta por dos razones fundamentales: primera, que siendo un recurso muy efectista y resultón, al mismo tiempo, está muy visto; y dos, y más importante, que tiende a resultar muy aburrido y redundante –como es natural-. Sin embargo, dota a esta propuesta de un ritmo constante y preciso que hace que no se acucie la reiteración, abogando más por rellenar los huecos de misterio que quedan en la dramaturgia y contando siempre con la curiosidad de un espectador al que se le hace gustoso el seguir la encantadora trama perpetrada.

Y es que Rosalie Blum es un collage de personajes, una mezcolanza compleja de secundarios pintorescos e interesantes, con una composición de pinceladas escuetas pero certeras, como si se tratara de un film impresionista en el que, con pocas frases y acciones de cada intérprete, se dispone un cuadro perfectamente orquestado que defiende y perpetra un ambiente cálido dentro de lo descolorido de la vida. Un retrato de la existencia que nos hace sonreír y sentir la gratificante experiencia de indagar en lo oculto del vecino, darle profundidad y sentido a esa cara ajena y a priori vacua pero que, como todos y cada uno de nosotros, tiene una historia que contar.

El film, como decía arriba, bebe de esas fuentes tan galas que tienden al cotilleo, a meterse por las bravas en  las vidas ajenas. Puede recordarnos en esencia a la mítica “Amelie”, sin lo kitsch y lo histérico de su argumento psicótico; pero reside en ella un espíritu mucho más cercano a las propuestas de tantos directores franceses de finales del siglo XX y principios del que nos ocupa, obsesionados por lo ordinario: desde las delicadas y profundas reflexiones de Claude Sautet de quien resulta indispensable mencionar Un corazón en invierno y Nelly y el Sr. Arnaud como sus mayores exponentes; hasta las mucho más alocadas y divertidas propuestas de Agnès Jaoui, excelente directora y escritora de quien siempre admiraré sus maravillosas Para todos los gustos y Como una imagen. Por supuesto, esto es una apreciación extremadamente simplificada, pues el cine francés ha sido un adalid de la indiscreción desde las míticas películas de la novelle vague, y se podría hacer una lista interminable que comprendiera a directores como Patrice Leconte, Olivier Assayas, Danielle Thompson, Julie Delphy o tantos otros.

Rosalie Blum no hace en ningún momento alardes de estilo ni busca la estridencia en las interpretaciones de unos actores tan correctos y naturales que bien podría tomarse por un documental y elude con maestría lo histriónico o lo emocionalmente devastador –que lo hay, todo sea dicho- para realizar esta pequeña obra maestra en la que todo parece sencillo y casi improvisado pero que esconde en su fondo una finísima orfebrería que se destila en cada plano y que liga majestuosamente con lo atonal de su preciosa fotografía y lo romántico de su banda sonora (deliciosa partitura la que ha compuesto Martin Rappeneau, hermano del director, todo queda en la familia). Cada detalle importa y el director lo sabe bien, hace gala de ello y escoge con mimo hasta las canciones que suenan en el filme, no en balde escoge las bellas melodías cotidianas de Belle & Sebastian o Lilly Wood and the Prick.

En definitiva, un filme excelente.

Tráiler de la película en V.O.S.:

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