Santuario. William Faulkner: La insoportable atracción por el mal

088.SantuarioHay algo de misterioso en la atracción que algunos sentimos por determinados escritores que ponen al descubierto el mal del mundo. Quizá no haya otro escritor más admirado y a la vez más empecinado en descubrir y describir la maldad que William Faulkner (1897-1962). Ignoro si alguna vez estuvo realmente de moda, si sus contemporáneos devoraban sus libros cuando se editaban. Si sé que nos sigue subyugando con un extraño poder a pesar de la podredumbre de muchas de sus tramas. Los lectores actuales, en general, desdeñan las historias tristes o viciadas, aquellas que no le divierten directamente, aquellas que le sumen en la preocupación existencial por lo terrible. Y sin embargo, William Faulkner sigue ahí, tan vivo como cuando sus pasos aún persistían sobre la tierra, como si hubiera dejado unas huellas donde muchos estamos dispuestos a pisar con gusto, aunque sean unas huellas turbias y embarradas.

Santuario (1931) es una novela muy aconsejable por muchos motivos; sobre todo porque es una obra maestra indudable, pero nunca se la aconsejaría a un lector actual, ni siquiera a un lector de su tiempo. Faulkner la escribió precisamente para obtener un éxito comercial que hasta entonces se le había negado, pero sin duda no es una novela para lograr una buena cifra de ventas. Es más; posiblemente sea la novela menos comercial que escribió porque está tan llena de brutalidades y situaciones espantosas que disuadiría a cualquier lector medio nada más comenzar su lectura.

Si alguna vez en España, a comienzos de los años cuarenta, existió tímidamente un género de novela llamada tremendismo, sin duda tiene su origen en esta novela tremenda por muchos motivos: no hay un solo momento de descanso para el lector, envuelto en una trama en la que el alcohol, el sexo y el asesinato son puros y habituales elementos que conforman la trama con su truculencia inaudita. El gran mérito de Faulkner es que no los utilizó como una acumulación de situaciones ignominiosas, sino que los integró de tal forma en la historia que ésta no tendría sentido si no comprendemos desde el principio que la parte más salvaje de la condición humana es un hecho más que, por paradójico que parezca, sirve de vehículo de diversión para quien se adentra en la lectura de una novela.

¿Nos divertimos leyendo a Faulkner? ¿Es posible que disfrutemos de una obra en las que el sexo se vive de la forma más escabrosa que es posible, donde el alcohol embrutece a los hombres hasta el punto de convertirlos en animales en celo, en la que la injusticia es tan flagrante que asquea con su sola presencia, donde la muerte tiene tan poca significancia como la vida de unas personas que son meros títeres de sus bajas pasiones? La respuesta es que sí disfrutamos de una novela así, por la única razón de que Faulkner es un mago de la escritura, capaz de hacer pasar de matute una historia horrible como un episodio más de la vida que merece ser leído.

Esta horripilante trama, en manos de otro escritor menos genial, se hubiera convertido en algo insoportable, estomagante. Pero es la forma de contar la historia, con el hábil manejo de la técnica, llena de elipsis, de episodios interrumpidos bruscamente, con el tratamiento del tempo de la novela, de sus continuas idas y venidas, lo que hace de Santuario una obra maestra. Es algo que no se puede contar, que no se puede resumir en pocas palabras, sino que hay que leerlo para poder comprenderlo hasta sus últimas consecuencias. Tratar de explicar la trama de la novela tiene el inconveniente de que apenas deja vislumbrar la fuerza poderosa, el nervio de su composición.

Podemos hablar de un abogado débil e ingenuo que trata de evitar la injusta muerte del presunto asesino de un pobre idiota con el que vivía; podemos advertir que la trama gira en torno de una adolescente que, junto a un hombre dominado por su afición a la bebida, recala en una casa donde se fabrica whisky en la época de la Ley Seca, donde viven cuatro hombre dominados tan sólo por el sexo salvaje y una pereza que sólo los concentra en los peores sentimientos que puede albergar el ser humano; o podemos contar que en la novela aparece uno de los personajes más siniestros de la literatura del siglo XX, Popeye, un hombre sin escrúpulos, impotente, asesino, que sólo se entiende con sus semejantes a través del lenguaje de la violencia y de cuyos pensamientos no sabremos absolutamente nada, porque Faulkner sólo quiere que veamos hasta qué punto es capaz, con los hechos, de marcar a fuego su propia historia.

En Santuario sólo aparecen seres degenerados, que viven y respiran como cualquiera de los mortales, pero que ocultan un corazón negro que los convierte en inválidos mentales. Lo que nos asombra a los que admiramos a Faulkner es que fuera capaz de imaginar personas así, ese ambiente degradado que lo embadurna todo como una simiente ponzoñosa, las casas, las calles, las ciudades, que no escapan a la mirada inmisericorde del gran escritor norteamericano.

Lo que en otro escritor sería una rémora insuperable, él lo convierte en una historia que se sigue con creciente interés, como si fuéramos morbosos lectores de periódicos de sucesos que sólo estamos esperando el nuevo episodio de sangre, la siguiente vuelta de tuerca a un mundo podrido e inimaginable para una persona normal. Es la victoria de la ficción sobre la realidad, el hecho de que un escritor pueda utilizar los materiales más inmundos que sin duda existen en la vida, para convertirlos en pura poesía, esa transformación alquímica que, sin duda, es lo que persiguió Faulkner durante toda su vida.

Santuario. William Faulkner. Alfaguara.

Otros libros de William Faulkner reseñados en Cicutadry:

La mansión. William Faulkner

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Desciende, Moisés. William Faulkner

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Banderas sobre el polvo. William Faulkner

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El ruido y la furia. William Faulkner

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Mientras agonizo. William Faulkner.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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