El hombre del traje gris. Sloam Wilson: La píldora del conformismo

portada libro El hombre del traje gris El escritor estadounidense Sloan Wilson (1920-2003) imaginó que una familia es como una casa: al principio, reluciente, nueva, todo son cuidados y mimos, alegría e ilusión, pero conforme pasan los años, el tiempo empieza a hacer mella: en la sala de los Rath, el matrimonio protagonista de El hombre del traje gris (The Man in the Gray Flannel Suit, 1955), el yeso de una pared de la sala presenta una enorme desconchadura en forma de interrogación que sólo por la negligencia de ambos aún permanece desde que Tom Rath tirara sobre ella un jarrón carísimo en una de las pocas peleas que ha tenido la pareja. Y lo mismo ocurre con el grifo que gotea y con la tapicería cada vez más sucia o los muebles que necesitan una buena limpieza. A Tom le resulta irónico que la casa conserve esa clase de recuerdos mientras que la pareja deja que las tardes de cariño y de placer resbalen por su superficie sin dejar rastro alguno.

Aunque si alguien les pregunta, ellos contestan sin dudar: “Estamos muy bien. No tenemos problemas”. Y parece cierto: Tom Rath es un hombre apuesto casado con Betsy, una mujer guapa y de fuerte personalidad, tienen tres niños adorables, una casa de varias plantas, un trabajo agradable que les reporta un buen sueldo; ellos se quieren, y cada vez que Tom regresa del trabajo ella le espera con una copa de martini en la mano y un beso en los labios. Pero también es cierto que no pasan mucho tiempo juntos. Tom, todas las mañanas, se pone su traje de franela gris, coge su maletín, toma el tren que lo deja en el centro de Nueva York y realiza su trabajo hasta muy tarde, como miles de estadounidenses, que llegan agotados a sus casas donde permanecen junto a sus familias muy poco tiempo antes de acostarse temprano.

Con los años, Tom y Betsy han aprendido mucho: han aprendido a arrastrarse de un día al siguiente sin experimentar más emoción verdadera que la angustia. Han aprendido a hacer el amor sin pasión. Han aprendido a no pelearse, porque no hay nada que les interese lo suficiente para meterse en peleas. Incluso Betsy lleva muchos meses sin llorar, porque se le ha olvidado cómo se llora. Ahora sólo saben ser sensatos y responsables, mostrarse alegres por el bien de los niños. Y mientras tanto, Tom no sabe hacer otra cosa que trabajar día y noche y preocuparse tan sólo por el trabajo. Una vida maravillosa, ¿no es cierto? Lo único que han olvidado es hablar de amor.

Pero claro, hay otras preocupaciones más perentorias: tener una casa más grande, un coche nuevo, viajes a Florida en invierno y un buen seguro de vida. Desde luego, un hombre con tres hijos no tiene derecho a decir que el dinero no le importa, y por eso Tom deja su cómodo puesto en una asociación benéfica para emprender un trabajo mucho más complicado y estresante: ser asistente personal de un famoso multimillonario, empeñado en crear una fundación para las enfermedades de salud mental.

El hombre del traje gris es una gran novela sobre lo cotidiano. Lo cotidiano en 1953, que es igual que lo cotidiano en 2014. Lo que ocurre es que Tom viene de la guerra, vivió el conflicto mundial como paracaidista en Europa, ha visto de cerca la muerte y su visión de la vida ha cambiado. En el campo de batalla, cada vez que se tiraba del avión, se decía a sí mismo: “En realidad no importa. No pierdo nada. Será interesante ver lo que sucede”, como si fuera una frase mágica que pudiera acabar con todos sus miedos. Así ha vivido desde entonces, igual que lo hizo en Italia, cuando, ya casado con Betsy, se enamoró de una chica, María, con la que vivió un romance enternecedor durante un mes, encerrados en un cuarto en Roma. Si lo piensa bien, Tom sabe que fue el momento más maravilloso que ha vivido, cuando sintió que el escaso tiempo del que disponía le apremiaba a beber a grandes sorbos cada minuto como si fuera el último de su vida.

¿Pero qué ocurrió cuando volvió a Estados Unidos? Pues que se convirtió en un hombre gris, un hombre que todos los días vestía un traje de franela gris, como tantos hombres más, como tantos padres de familia que se conformaban con abandonar sus sueños por tal de mantener una vida dentro de la más estricta normalidad. Y él, cada vez que se enfrenta a una situación novedosa, vuelve a decirse: “En realidad no importa. No pierdo nada. Será interesante ver lo que sucede”, convencido de que, si no sucede nada, tampoco eso cambiara su vida.

Como señala Jonathan Franzen en el excelente prólogo de la novela, “el conformismo es una medicina con la que Tom confía automedicarse para cuidar de su propia salud mental”. Y aunque es sincero, se esfuerza en mostrarse cínico, sin conseguirlo. Lo único que es capaz de mostrar a los demás es su sinceridad, incluso en los peores momentos frente a su jefe o a su mujer. De alguna manera, Tom, y las personas que en los años cincuenta eran como Tom, prepararon el terreno del inconformismo que caracterizó a los años sesenta. En todo caso, cuando hay que rebelarse ante algo, ante una injusticia o ante una situación incómoda, pasa del cansancio a la rabia, y de ahí a la valentonada, que no es sino la forma de encubrir la timidez y la falta de perspectivas con las que afronta la vida. Lo importante es mantener lo que se tiene, no perderlo; vivir sin ambiciones, aunque también sin necesidades; en definitiva, la vida mostrada como un hermoso lago en el que no se levanta ni una pequeña ola.

La novela, que se encuentra sin duda entre las mejores de su época, tuvo una fuerte repercusión en Estados Unidos cuando fue publicada: no me extraña, porque fue capaz de retratar, con una perspicacia llena de matices inteligentes y encantadores, a una sociedad entera, igual que sigue siendo la sociedad actual. Quien lea esta novela ahora podrá reconocerse fácilmente dentro de ese hombre del traje gris que se empeña en ser mejor, aunque no sepa en qué consiste esa mejoría, fuera de la adquisición de nuevos objetos o la espera del descanso del fin de semana. Como diría Tom Rath, no pasa nada por no leer esta novela, pero sería interesante saber cómo reacciona uno ante su lectura. Desde luego, es difícil que pueda dejar indiferente a nadie. Muchos nos acordaremos de ella antes de ponernos todas las mañanas ese metafórico traje gris que nos espera en el armario.

El hombre del traje gris. Sloan Wilson. Libros del Asteroide.

Sobre esta novela se realizó una película del mismo nombre dirigida por el norteamericano Nunnally Johnson y protagonizada por un espléndido Gregory Peck y una inusualmente comedida Jennifer Jones. Les dejamos la presentación de la película (en inglés), hecha por el propio Gregory Peck, en la que se hace una evidente alusión al libro, best-seller en su momento.

Igualmente, quisiéramos compartir la banda sonora de la película, de Bernard Herrmann, curiosa por cuanto en sus primeros compases (en concreto, en los títulos de crédito) parece adaptarse al conformismo que denuncia la novela, con un sonido bastante convencional para lo que el compositor solía escribir, pero que conforme avanza el film y con ello la complejidad de la trama, va tomando esos tintes siniestros a los que nos tenía acostumbrados el músico norteamericano, que contrastan con un final de un lirismo casi arrebatador.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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