Trópico de Cáncer, de Henry Miller: París después de Miller

Qué complicado, escribir sobre París después de Henry Miller y de Trópico de Cáncer. Qué difícil volver a ese ático con vistas a un mundo sucio y desgarrado, desde donde el escritor se lamenta, enloquece, se abre en canal y arroja sobre la cuartilla el pus que le supura el corazón. Qué arriesgado volver a ser escritor, y loco y enfermo y pobre en París. Julio Cortázar lo consiguió con Horacio Oliveira, y aun así es imposible no ver algo del París mugriento, surrealista y metafísico de Rayuela en Trópico de Cáncer. Por suerte para todos – si ni siquiera Cortázar se hubiera zafado de esa sombra, no habría ya esperanza – Rayuela es mucho más que la confrontación de un individuo con una ciudad (quizás una civilización entera) caduca y moribunda. Pero eso es otra historia, la historia de una búsqueda. La de Trópico de Cáncer es, en cambio, la historia de la divina mediocridad de un genio atrapado en sí mismo.

No tiene demasiado sentido hablar del argumento de Trópico de Cáncer. No importa que exista o que no, porque Miller es de esos escritores cuya pluma más brilla cuanto más se acerca a aquello que los sentidos no perciben. En él, la definición de arte alcanza su máximo esplendor: Miller es “el hombre agregado a la naturaleza” de Van Gogh. Sus ojos son los de alguien que se ha dado la vuelta a sí mismo, que se ha mirado al espejo y que en su interior ha encontrado un pedazo de firmamento conceptualmente hermoso, pero sensorialmente repugnante:

“Los seres humanos constituyen una fauna y una flora extrañas. De lejos parecen insignificantes; de cerca parecen feos y maliciosos. Más que nada necesitan estar rodeados de suficiente espacio: de espacio más que de tiempo”.

Por eso Miller patea a Goethe una y mil veces en Trópico de Cáncer: le culpa por hacer del ideal literatura,y porque sabe que ese camino (el de la mayoría del arte, hasta el siglo XX) conduce al firmamento y no a la tierra. Sabe Henry Miller que en el cielo ya no hay nada. Nada queda en lo santo, en el terreno de las ideas. Lo han saqueado decenas de siglos de literatura, decenas de hombres hambrientos de esperanza. Ahora solamente queda lo que dejó el esperpento: “La tragedia de nuestro siglo es no tener tragedia”, que decía Valle Inclán. La tragedia es altitud de miras, es amor y es venganza; no es sexo – o si lo es, es pasional y no por desasosiego -, no es hastío, ni miseria real. No es París; en París el cielo es también tierra.

París se convierte, pues, en la Meca de todo lo deleznable que hay en el hombre, y que aun así le pertenece. Nueva York, a ojos de Miller, carece de esa consciencia de raza. En sus cimientos no hay más que cálculos realizados con suficiente precisión como para inspirar seguridad en quienes pasearán día y noche bajo la sombra de los rascacielos. En los ángulos rectos no hay espacio para la voluptuosidad:

“Cuando pienso en Nueva York, tengo una sensación muy diferente. (…) Nueva York es frío, reluciente, maligno. Los edificios dominan. (…). Un tremendo impulso reactivo, pero completamente falto de coordinación”.

Tampoco es Trópico de Cáncer una novela a la que acudir en busca de algo. La prosa de Miller es una afiladísima navaja de cinismo. Es casi imposible no sentir la virtud y los valores en carne viva al final de cada capítulo. Otras veces, todo lo que queda es el cadáver de una idea, o de algo que deja de ser bello al trascender lo que era en un plano estético. Ahora, ese algo es solamente la unión entre un instante y una sensación encima de una mesa de disección. A un lado, con un bisturí en la mano, está el Miller loco. En el otro, con la aguja enhebrada, está el Miller doctor:

“… me detengo un momento para recobrarme de la conmoción que experimenta uno cuando el gris habitual del mundo se desgarra y el color de la vida salta y salpica en canciones y poemas. (…) Parado en el umbral de este mundo que Matisse ha creado, vuelvo a experimentar el poder de esa revolución que permitió a Proust deformar la imagen de la vida de tal modo que quienes, como él, son sensibles a la alquimia del sonido y de los sentidos, son capaces de transformar la realidad negativa de la vida en las formas sustanciales y significativas del arte. Solo quienes pueden admitir la luz en sus entrañas pueden expresar lo que hay en el corazón”.

E inmediatamente después:

“Ahora recuerdo claramente que el fulgor y el centelleo de la luz que reflejan las imponentes arañas se desintegran en gotas de sangre, veteando las puntas de las olas que azotan momentáneamente el oro empañado del exterior”.

El Miller funambulista juega mientras el Miller loco y el Miller doctor escriben (cortan y cosen). Juega a encontrar ese equilibrio que está entre la cordura – lo universalmente comprensible, lo racional – y el desenfreno del ego. En otros autores, ese ego descarrila y entonces sucede un fenómeno extrañísimo: como si la palabra fuera una cañería rota y el significado fuera el agua, el texto se vacía de sentido. El lector descubre que no hay aguja dentro de la paja. O que, si la hay, el escritor se ha olvidado de colocarla en el pajar donde se la ha mandado buscar. Entonces el lector se siente engañado. Siente que lee la masturbación de un escritor. O, peor, llega a sentir que ni siquiera es digno de ella.

Trópico de Cáncer abre un camino entre el ego y universalidad que no es fácil de seguir, pero por el que es posible y grato avanzar. Eso es, seguramente, lo que la convierte en una de las mejores obras de la literatura contemporánea. Excesos, perversión, morbosidad. Prostitución, gonorrea, sífilis. Sangre, fetos, excrementos. Todo ello es Trópico de Cáncer. ¿Amor? Sí, pero más bien poco:

“Cuando comprendo que [Mona] se ha ido, que quizás se haya ido para siempre, un gran vacío se abre y siento que voy cayendo, cayendo, cayendo en un espacio profundo y negro”.

El amor, como la amistad, tiene más que ver con la soledad que la condición humana:

“Se puede vivir sin amigos, de igual modo que se puede vivir sin amor, o incluso sin dinero, ese supuesto sine qua non. Se puede vivir en París – ¡eso lo descubrí!- simplemente de pena y angustia”.

¿Qué es, pues, lo esencial? Lo único que sobrevive en Trópico de Cáncer son los ojos del artista. A través de ellos lo feo se convierte en arte, el hedor de la podredumbre en el aroma de la rosa de papel más marchita y más perfecta. Entonces, uno descubre que da igual si Miller habla o no habla de la realidad, de París o de Nueva York (como al espectador no le incomoda que Matisse atravesara con una raya verde el rostro de una mujer). Miller escribe palabras que son arte en sí mismas. Uno debe leerlas, pero también escucharlas y, sobre todo, sentirlas desde la innata capacidad del ser humano para comprender lo que está más allá. Acercarse a ellas con la curiosidad de un niño pequeño a punto de descubrir un significado oculto en un juego de palabras. Y luego, cuando el juego ha desvelado la tragedia de lo mundano, de los hombres que no están hechos de barro divino sino de deshechos sacados de la morgue y del basurero, solamente queda regresar al sueño de que otra sociedad (otro hombre u otra mujer, más bien) es posible.

Después de Trópico de Cáncer, resucitar a Dios – al ideal, siquiera – es complicado. Todo lo que uno puede hacer es rescatar Demian de la estantería, y confiar en la envidiable capacidad de Hesse para hacernos recobrar la fe en la humanidad. Quizás de este modo descubramos que también París tiene cielo, si es que alguna vez vuelve a haber hombres y mujeres dispuestos a alzar la vista para contemplarlo.

Trópico de Cáncer. Henry Miller.

Reseña de Martina Alcobendas, Barcelona, España

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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