Un chiquillo y otros. Henry James: Memorias del hermano de mi hermano

17.un chiquilloLa muerte de su hermano William, un viernes de agosto de 1910, sumió a Henry James en una profunda tristeza: “Me ha herido, profundamente, como una mutilación absoluta”, escribió a su amiga Edith Wharton. La veneración que sentía por William procedía de la creencia de la superioridad de su hermano frente a él desde que eran niños. Ese sentido de orfandad no lo abandonó durante su estancia en los Estados Unidos hasta que, un año después, volvió a Inglaterra donde se propuso rememorar su figura a partir de las cartas que conservaba de él. Así nació la idea de Un chiquillo y otros (A Small Boy and Others, 1913), una de las más singulares autobiografías que se han escrito.

Y digo autobiografía, porque Henry James no dejaba de ser Henry James ni siquiera para rememorar a su propio hermano. Como si de una novela se tratara (porque Un chiquillo y otros es una sucesión de posibles novelas cortas, con el encanto por la búsqueda del tiempo perdido), James se encontró con la feliz circunstancia de que lo que le había ocurrido en su infancia a su hermano William también le había ocurrido a él, ya que se llevaban 16 meses, por lo que podría utilizar su recurso narrativo favorito: el punto de vista.

En unas primeras páginas, bellísimas y conmovedoras, advertimos la misma intención –y nos atreveríamos a decir que el mismo tono- que utilizó Proust poco después para el comienza de su gran obra, y si bien no utiliza un muy literario recurso como el de la magdalena, reclama para sí la atención porque él estaba allí, siempre estaba allí donde se hallara su hermano, de manera que, sutil y algo tramposamente, bajo el pretexto de ser ese ojo que todo lo ve respecto a William, convierte al propio ojo en protagonista de estas páginas.

No obstante, lejos de una aviesa intencionalidad, vemos a Henry James rendirle el mejor homenaje posible a su hermano desde una perspectiva que a éste no le hubiera disgustado: recordemos que William James fue uno de los fundadores de la psicología moderna (el padre de Borges impartía clases de esta materia basándose exclusivamente en un manual sobre su obra) y en este libro, aparte de memoria y autobiografía, hay una gran dosis de otredad, un juego psicológico que el escritor utiliza para verse a sí mismo a través del otro, de su hermano, explicando su propia personalidad desde la admiración que siempre sintió por la personalidad de William:

Una de [mis impresiones], y probablemente la más inmediata en manifestarse, fue la de mi hermano ocupando un lugar en el mundo al que yo no podía aspirar en absoluto, y con respecto al cual me parece haber sido siempre consciente de haber renunciado a toda pretensión. La pálida luz del recuerdo me devuelve la noción resignada y decidida de que lo veía ya por delante de mí del modo más ejemplarizante […] como si en los dieciséis meses en los que su experiencia del mundo precedía a la mía me hubiese tomado tal ventaja que yo jamás, en lo que duró nuestra infancia y juventud, logré ponerme a su altura o adelantarlo. Siempre estaba a la vuelta de la esquina, fuera de mi vista, volviendo a hacer acto de presencia solamente en sus horas de esparcimiento. Nunca estuvimos en la misma aula, en el mismo juego, ni siquiera llevando el mismo paso o en la misma fase a la vez; quiero decir que cuando nuestras fases venían a coincidir, aquello duraba apenas un instante: él ya había salido apenas yo había acabado de entrar.

Era lo normal y establecido: William siempre le sacaba ventaja, fue un niño -y después un joven- despierto, sano, atrevido, bromista, mientras que Harry le andaba a la zaga y se quedaba parado como un pasmarote, observando, ejerciendo de niño bueno y nada problemático, pasivo y tímido, un “ángel” como lo calificó su propio hermano y como lo llamaban en su casa.

Henry y William James

Henry y William James

Precisamente esa ventaja, ese estar con él pero sin él, lo aprovecha Henry en este volumen para ir distanciándose de su propósito inicial y dejar en un segundo plano a William, hasta el punto de casi desaparecer. Cuando llevamos leídas unas cuantas páginas de la obra nos damos cuenta que Henry comienza a rememorar aquel Nueva York pueblerino, donde el campo y las granjas se mezclaban con la ciudad en el mismo Broadway, viviendo un poco a salto de mata gracias a un padre ocioso e hiperactivo que lo mismo embarcaba a la familia rumbo a Europa que los iba hospedando de hotel en hotel o de casa en casa, dejando a su paso un rosario de institutrices e instructoras para sus hijos que duraban muy poco con ellos, sin que Henry sea capaz de poner en pie esa mutabilidad en la que vivió sumido durante prácticamente toda su infancia.

En ese Henry James memorístico encontramos al escritor que trata de dar todas las pistas posibles a sus futuros biógrafos para encontrar los motivos básicos de sus obras y de su forma de escribir. No sabemos qué partes oculta pero si podemos ya saber las pistas falsas que fue dejando en estas páginas para provecho propio: la supuesta porción de sangre inglesa en sus venas, cuando ninguno de sus antepasados conoció Inglaterra (la mayoría eran irlandeses) o el sospechoso primer recuerdo de su vida, la Plaza Vendôme de París y su espléndida columna central, aun siendo un niño de 2 años en mantillas.

Henry James junto a su padre, con 11 años. Daguerrotipo de 1853

Henry James junto a su padre, con 11 años. Daguerrotipo de 1853

Anécdotas aparte, lo que consigue transmitir Henry James en esta obra es el encanto de un mundo ya desaparecido pero que permanece en el presente, entre otras cosas, gracias a su obra. Así, esa percepción del alma femenina tan característica de su narrativa la descubre en su prima Catherine James, muchacha a la moda, libre y feliz, atractiva y llena de vida, una mujer que le descubre el hecho maravilloso de que las damas viven para el placer, siempre para el placer, nada más que para el placer. O el deslumbramiento ante una familia, los De Coppet, que gozaban del privilegio de ser europeos, una palabra que al pequeño Harry se le quedó clavada como una astilla en la mente y que el primogénito de dicha familia, Louis, ayudó a remachar con sus especiales maneras de ver y sentir las cosas, la belleza, lo que él llama “el sentido de Europa”, e incluso de abrir las perspectivas desde bien joven, pues de alguna manera inopinada, le propuso escribir una novela durante un verano que pasaron juntos:

Considero que mi participación en este vano sueño fue la primerísima prenda ofrecida por la aprobación ajena al ejercicio de un don; aunque soy completamente incapaz de imaginar las razones de mi compañero para sospechar un don del cual, por aquella época, yo no había exhibido ni el más mínimo síntoma. Sin embargo, sus iniciativas lo daban generosamente por supuesto; lo que era, en cierto modo, un comienzo: un pequeño punto de partida.

No he nombrado antes a Borges caprichosamente, porque este libro nos propone un juego muy borgiano, de forma que si leemos esta obra bajo esa sugestiva propuesta se amplían las posibilidades mágicas que encierran sus páginas. Henry James observa minuciosamente al pequeño Harry que a su vez se va convirtiendo en un observador nato, primero a través de las andanzas de su hermano, y más tarde por obra y gracia de su padre, que lo inicia en una interminable ronda de visitas a lo más granado de la sociedad americana, desde famosos literatos a millonarios inquietos que van formando en esa pequeña mente una amalgama de buenas maneras, sobreentendidos, conversaciones superficiales, ideas interesantes, lujo y gusto por la belleza, sin poder participar en nada de ello dada su corta edad, en lo que más tarde comprenderá que se llama vida social, y cuyos inicios, a su vez, nosotros –o los que hemos leído a James- observamos con una curiosidad de entomólogo, porque apenas hay una escena que no pueda ser evocada posteriormente en la obra del escritor de una u otra forma:

¿Y cuándo no he sucumbido yo a los encantos del mundo contemplado a mis anchas? Ahí sí que había, en comparación, ocasiones de divagar y quedarse embobado; ahí sí que había una variedad infinita de apariencias humanas, que tenían como escenario una galería que mi asombro casi podía medir por millas. Era como si hubiese cobrado ya plena conciencia de que la escena social y sus habitantes me dirían siempre bastante más que otras realidades. Lo que me decían, por supuesto, no podía aún entenderlo. Pero, en cualquier caso, sabía que hablaban, y escuchaba sus voces.

Todo parece el reflejo de todo: las visitas continuas a una librería junto a su padre, abrumadora e irresistiblemente inglesa y la práctica infantil (tan conocida por algunos de nosotros) de hundir la nariz en el libro entreabierto para percibir el olor y la tinta, que él llamaría “el olor inglés”; la visita del gran Thackeray a América para dar unas conferencias, y en concreto su imponente presencia en la biblioteca de su padre, donde el escritor advirtió el paso de Harry por el corredor y lo llamó para admirar su chaqueta; la devoción de sus padres por el teatro y su feliz opinión que permitía que tal adicción fuera compartida con él; los paseos junto a sus primos por el Palacio de Cristal de Nueva York, copia del original de Londres, y el descubrimiento de unas formas de belleza jamás vistas antes, el enorme Cristo de Thorwaldsen o la formidable amazona montada de August Kiss, atacada por un leopardo, obras juzgadas entonces sublimes y gloria del lugar, esculturas venidas del otro lado del Océano que le hizo sentir que aquello era Europa, como una especie de dulzor o embriaguez que contrastaba con su imagen de su país, que según sus propias palabras dividía en tres clases: “Los ocupados, los borrachos y Daniel Webster”.

El gran mérito de Henry James en esta obra no es contarnos, aunque sea con gran atractivo, su niñez, sino que incide constantemente en algo que, en otras autobiografías, se da por sabido: que un niño no puede hacer apenas nada, que las cosas le ocurren, que un niño no es más que un observador de la realidad que lo circunda y de la cual aprende. La diferencia entre Henry James y los demás niños, insiste el escritor, fue que él era consciente de que observaba y que esa capacidad de observación, que al principio de la vida es inevitable, la fue transformando en escenas, le sirvió para separar unos momentos de otros, unas determinadas conductas de las demás, el atractivo de ciertos lugares respecto a la inanidad que lo rodeaba.

Si él tenía que hacer algo, lo hacía por inercia y siempre llevándose la peor parte, como cuando, movidos por su pasión por el arte, los hermanos James tomaron clases de dibujo, y si bien William dibujaba porque le gustaba y se le daba bien, Henry dibujaba porque dibujaba su hermano. Pero poco después, cuando por fin pudieron corretear por las galerías del Louvre, era él el que se paraba ante los cuadros y esculturas, el que se quedaba embobado ante el descubrimiento de que los detalles eran tan importantes o más que el motivo principal, y mientras William parece salirse de escena en estos momentos, siempre en otra sala o en otro corredor, él se queda mirando, observando más allá de las imágenes toda esa cultura que ha hecho posible lugares tan hermosos como el Louvre o las ruinas de un castillo, París o Londres, donde empieza a encontrar respuesta a todas esas preguntas que habían surgido en su niñez de chiquillo en continua espera de algo, no sé sabe de qué, pero que no encontraba en la cultura que lo había visto nacer.

Y así continúa su autobiografía hasta un momento muy determinado: William pasa por Europa como un turista apresurado al que su hermano pierde pronto de vista mientras que él, Harry, se impregna de todo lo que su formidable capacidad de observación le permite absorber. Hasta tal punto absorbe todo lo que lo circunda que, como una especie de capricho del destino, contrae el tifus un verano de 1857, en Boulogne-sur-Mer, enfermedad que lo tendrá postrado varios meses en Francia.

Esta experiencia iba a convertírseme, una vez superada, en el gran recuerdo o circunstancia de la vieja Boulogne, y llegué a considerarla, hubiera jurado que con gran perspicacia, el límite exacto de mi infancia. Asumí, tras mi completa recuperación —y más aún, por haberse demorado ésta tanto— la conciencia de ser un chico de dimensiones completamente distintas, e incluso con una nueva dimensión recién adquirida: dimensión que, con el tiempo, llegué a considerar como un estirón hacia un cambio esencial, hacia vivir directamente en una parte de mí que no había visitado antes y que ahora se me hacía accesible como si se hubiese forzado bruscamente una puerta cerrada.

Y ahí se queda el ya joven Harry, con 14 años, en una habitación francesa, en ese punto de inflexión en el que sus recuerdos se convierten en experiencia y florece otro yo que no tendrá que ser gregario de su hermano William, del que al final poco o nada sabemos salvo que fue el espejo donde se observó a sí mismo el futuro escritor Henry James.

Un chiquillo y otros. Henry James. Pre-Textos.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

Deja un Comentario

Uso de cookies

Este sitio utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies