Yo, Claudio. Serie de TV: La televisión inteligente

14.Yo_Claudio1Hablar de la novela Yo Claudio es también hablar de la inolvidable serie de la BBC que, para muchos, es uno de los mejores productos televisivos que se han hecho hasta ahora. Pienso que aquel éxito, que después de 40 años aún resuena, se debió a una serie de circunstancias que tal vez cambiaron la forma de narrar historias en un medio de comunicación de masas como es la televisión. Podemos hacer un ejercicio de memoria que nos ayude a buscar las claves de su bien ganada fama:

1) El enfoque de la novela.

Yo Claudio es una novela muy atractiva para ser contada mediante imágenes, puesto que el interés de la trama está asegurado por la sucesión de intrigas, muertes, conspiraciones e infidelidades que se relatan. Ni siquiera aquellas series norteamericanas de sagas familiares como Dallas o Falcon Crest fueron capaces de plasmar personajes tan crueles y manipuladores como se ocupó de crear la propia Historia y que Robert Graves recreó en su novela a la perfección. Livia, Calígula o Nerón son caracteres que ni el más delirante guionista es capaz de imaginar sin caer en lo grotesco o la caricatura.

Además, la novela de Graves tiene una segunda parte, a mi juicio menos magistral aunque raye la excelencia, titulada Claudio, el Dios, tan aprovechable argumentalmente como la primera, de la que es fiel continuación.

Lo que resultaba evidente es que, teniendo ese material ya escrito, no se podía hacer una película sobre él ya que la adaptación, necesariamente, requería un metraje que ni siquiera las grandes películas históricas de Hollywood se podían permitir (en 1937 Alexander Korda tuvo la oportunidad de dirigir un film sobre la novela, pero nunca se llevó a cabo). La única solución -la única gran solución- para extraer todas las riquezas que atesoraban las novelas era crear una serie que se acoplara al texto original respecto a lo que éste proporcionaba sobradamente: suspense a cada momento y un interés que no decayera para un metraje muy superior al acostumbrado incluso para las grandes producciones.

2) La adaptación del texto

En 1976, la BBC encargó a Jack Pulman la adaptación de las dos novelas de Graves. Pulman ya había logrado una excelente fama de adaptador televisivo de clásicos para miniseries: Jane Eyre, David Copperfield,  Guerra y Paz, La copa dorada, Los Buddenbrook y El retrato de una dama, además de que, en ese momento, acababa de firmar algunos capítulos de otra serie mítica como fue Poldark.

Es importante incidir en la importante trayectoria profesional de Pulman puesto que la televisión, como bien es sabido, es un medio muy distinto al cine. Quien ve una película en una sala de cine se encuentra mucho más atrapado por el entorno que el espectador televisivo, que en cualquier momento puede cambiar de canal, levantarse para hacer cualquier cosa, comer, leer el periódico, hablar con las personas que tiene alrededor, y un largo etcétera… y, lo que es peor, olvidar que la semana siguiente hay otro capítulo esperándole. Que todo esto se consiga con clásicos de la literatura, a los cuales el televidente tiene que adaptarse (no como otro tipo de series con guiones originales, que se adaptan a los espectadores), hacía más difícil el trabajo de Pulman.

Para mayor complicación,  la serie Yo Claudio contó con un presupuesto bajísimo incluso para la época, al contrario de lo que ocurre con las series actuales. Para que nos hagamos una idea, extrapolando el montante total de aquel momento (60.000 £) a la actualidad, toda la serie de Yo Claudio (13 capítulos) costó lo que cuestan 2 capítulos de Mad Men.

Además, debemos tener también en cuenta que el espectador medio estaba acostumbrado a las “películas de romanos” de Hollywood, rodadas con presupuestos gigantescos, o a los lamentables “peplum”, mucho más modestos, aunque con la ayuda del cartón piedra mal simulado y centenares de extras conseguían la ilusión de recrear el esplendor de aquella época para un espectador menos exigente, pero -como decía- un espectador cinematográfico al fin y al cabo, envuelto en esa atmósfera especial de las salas de cine, concentrado en la oscuridad, con unos potentes altavoces y una enorme pantalla capaz de atraer su atención con facilidad.

3) Cómo soslayar las dificultades del guion.

La primera consecuencia de tener un presupuesto tan bajo es que no podía rodarse en exteriores. Naturalmente, las novelas originales contienen suficientes escenas fuera de los palacios como para desanimar cualquier proyecto en este sentido. Pero es que además dichas novelas tienen una dificultad añadida para su adaptación: apenas hay diálogos. Recuérdese que Claudio escribe sus memorias al modo de los historiadores de la época y, por tanto, los diálogos serían un anacronismo en un texto del siglo I (detalle que por cierto se pasa por alto alegremente en las novelas históricas actuales contadas por los protagonistas).

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Pulman tuvo que inventar todos los diálogos de la serie, respetando a su vez la historia escrita por Robert Graves. No cabe duda que los hechos narrados eran interesantes, pero unos diálogos ramplones podían dar al traste con ese interés.

Sobre este fondo de dificultades se optó por una excelente solución: se rodaría con la misma técnica del teatro, pero sin que pareciera teatro rodado. Las estancias, deliberadamente, son oscuras, poco amuebladas, mero telón de fondo de lo realmente importante: la historia. No era tanto dar a conocer dónde se había desarrollado esa historia sino lo que había ocurrido. Los decorados no iban más allá de lo meramente ilustrativo.

En un entorno tan desnudo, tan poco proclive al interés del espectador medio, y dado que la técnica de rodaje se basaba en la importancia de los personajes, éstos debían ser igualmente atractivos; es decir, hacían falta buenos actores.

4) Los actores

En una serie en que primaban absolutamente los diálogos, parecía lógico escoger actores cuya presencia fuera tan seductora que hiciera olvidar algunas de las carencias señaladas. La principal dificultad en este aspecto era que Yo Claudio es una serie coral, donde muchos de los actores y las actrices que intervienen tienen un fuerte peso en la trama. El bajo presupuesto no impedía contratar a un actor de prestigio para el papel de Claudio, pero no daba para más. En cualquier caso, conviene recordar que Claudio no es el protagonista de la historia.

La opción tomada demostró ser la mejor: ya que la historia era lo importante, y esa historia era coral, un actor reconocido podía atraer la atención sobre su personaje más de la cuenta; por tanto, los actores serían desconocidos tanto del medio televisivo como del cinematográfico: nadie se interpondría entre el guion y el espectador, pero sí ayudaría a encandilarlo.

Buscar excelentes actores en Gran Bretaña no es difícil. Buscar excelentes actores desconocidos del gran público, tampoco. Los textos shakesperianos están lleno de matices y desde las tablas los textos son lo suficientemente difíciles de interpretar como para convencer a un espectador actual sentado a varios metros del escenario y que generalmente se sabe la obra de memoria. Los primeros planos de la televisión eran un reto que podía aceptar un intérprete de Shakespeare. Y en ese momento, no había mejor actor shakesperiano que el desconocido Derek Jacobi.

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En la novela, el punto de vista de Claudio es fundamental para entender los hechos. Ante los demás, Claudio pasa por ser un tonto, un idiota tartamudo, pero los lectores sabemos que es lo bastante listo para ser un hombre inteligente y razonable que se hace pasar voluntariamente por un tonto. Esa es la razón de que sobreviva a tanto horror y que pueda contarnos sus memorias desde la vejez.

Derek Jacobi tenía la complicada tarea de demostrar al espectador, de forma progresiva conforme avanzaba la historia, que no es tan tonto como parece, pero sobre todo que no es tan tonto como para pasar por listo. En este sentido, como en tantos otros, Derek Jacobi consigue posiblemente una de las mejores interpretaciones de su vida, repleta de ambigüedades, disimulos y, ante todo, humanidad. Él lo sabe todo porque está en los lugares precisos igual que estaría una mascota, sin que nadie le preste atención, pero aprendiendo cada día a sobrevivir para no morir como un animal.

La serie presenta 40 años de la vida de Claudio. Aparte del maquillaje, Derek Jacobi va graduando los efectos de la edad, pero también de las pasiones, las crueldades, las penas y las incomprensiones que va acumulando en su interior. El Claudio del primer capítulo de la serie no se parece en nada al que aparece 650 minutos después, en el último capítulo.

Ese difícil equilibrio se mantiene con el resto del reparto. Siân Phillips tampoco lo tenía fácil para el desagradable papel de Livia, que es la mala malísima de la serie. No es sólo que haga estragos con sus acciones: es que uno puede percibir físicamente la maldad y la ambición de esa mujer que cambió la historia de Roma. A su lado, Octavio Augusto, Tiberio o Calígula son meros títeres, niños que se dejan engañar fácilmente por la seducción del poder. El gran trabajo de Siân Phillips es mostrar que es una mala con sentimientos, que hace el mal por sentimientos honrosos, que la maldad la lleva en la sangre a la misma altura que lleva, a su manera, el amor.

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Ahí precisamente se encuentra otro de los grandes aciertos de la serie: eligiendo, como hemos dicho, actores shakesperianos, éstos son capaces de contar con su simple actitud o un gesto, y más allá de las palabras, su estado interior, sus debilidades y sus ambiciones, e incluso el momento plácido o crítico de su vida o la cercanía de su muerte.

John Hurt como Calígula, George Baker como Tiberio o Brian Blessed como Augusto tienen que encarnar papeles repletos de disimulos y engaños, cuyo rostro refleje todo lo contrario de lo que están diciendo, cuyo porvenir se adivine trágico en todo el esplendor de su mandato. Afortunadamente, la huella shakesperiana es indudable en esta versión televisiva.

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5) La época

Yo Claudio fue una serie de éxito por el momento en que se rodó. Es imposible concebir algo parecido en la actualidad, pero no por ello ha envejecido. Desgraciadamente se rodó en formato de vídeo (de los orígenes del vídeo), lo que da a las escenas algo de artificioso que sólo la fenomenal actuación y el guion nos hacen olvidar.

El telespectador de 1976 no es el de ahora, ni los medios técnicos que se utilizan actualmente se parecen en nada a los de entonces. Es más: ni siquiera entonces se empleaban esos medios, de ahí la rareza que causa en principio el formato con que está presentado.

Aquel fue un momento de oro para la televisión, un momento en el que el cine había decaído hasta niveles de calidad tan bajos como nunca más ha vuelto a vivir, y las series de televisión podían ofrecer al espectador, cómodamente sentado en su butaca, un espectáculo mejor y más cómodo que el ofrecido en las salas de cine. Aquel momento fue desaprovechado, y sólo desde hace algo más de una década, la televisión ha despertado de su largo letargo, aventajando en calidad a la propia industria cinematográfica. No es que las series de televisión estén de moda. Es que son mejores que las películas.

A mediados de los 70, el público había abandonado las salas de cine y la televisión debía esforzarse por ser su sustituto natural en lo que a contar historias se refiere. En Gran Bretaña se dieron cuenta de ello e invirtieron un gran esfuerzo por crear series de calidad desde presupuestos bajos. A Yo Claudio se puede añadir Retorno a Brideshead, Arriba y Abajo o La joya de la corona, por recordar series que tuvieron amplia difusión en el mundo hispano.

Era otra forma de entender la televisión como medio de calidad e incluso diría que educativo (¿quién no recuerda la sucesión de emperadores romanos de aquella época gracias a la serie?). Permítanme, además, darle un punto de nostalgia a aquel recuerdo: Yo Claudio era ese momento semanal en que toda la familia se colocaba en sus lugares favoritos del salón para compartir una historia que, de otra manera, jamás hubieran conocido juntos. Yo entonces era adolescente, y mis padres, como yo, no sabían nada de la historia de Roma. Sin embargo, después durante días comentaba con mis amigos aquella traición o aquella locura de éste o de aquél, y ahora noto que aquellas series me enriquecieron como después quizás no me haya vuelto a enriquecer la televisión.

Yo Claudio fue, ante todo, una serie de televisión inteligente que hacía más inteligentes a los espectadores que la veían. Con productos como éste no había posibilidad alguna de sacar la eterna discusión sobre la influencia nefasta de la televisión. Desde Robert Graves a Derek Jacobi hubo una conspiración de sabiduría que entraba en los hogares por vía visual cada vez que se escuchaba la intrigante música de Wilfred Josephs, y esta inolvidable serpiente reptando por encima de un mosaico romano, cuya sola presencia ya nos ponía los pelos de punta a los telespectadores:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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