El evangelio según Van Hutten. Abelardo Castillo

Llama la atención la desproporción que existe entre la literatura cristiana, la de los Padres, San Agustín o Santo Tomás, con la falta de noticias históricas, fehacientes, sobre la persona humana de Jesús. Los únicos testimonios que existen, los evangelios, apenas dan cuenta de dos o tres años de su vida. Se ha hallado la tumba de San Pedro. Se ha hallado una pared con el nombre de Poncio Pilato. Pero no hay un solo testimonio, fuera de los cuatro evangelios, que hable del paso de Jesús por la tierra. Abelardo Castillo (Buenos Aires, 1935), buen conocedor de la historia sagrada, especialista en arameo, quiso llenar parte de ese vacío con una extraordinaria novela, El evangelio según Van Hutten (1999), donde la realidad y la ficción se entremezclan hasta resultar imposibles de distinguir.

La novela trata dar respuesta a una pregunta fundamental: ¿cuánto hay de verdad en una verdad oficial? Estanislao Van Hutten, doctor en filología clásica, teólogo seglar, parece haber hallado la respuesta tras el hallazgo de los llamados Rollos del Mar Muerto, de entre los cuales él tiene en su poder el manuscrito que viene a explicar la verdad sobre Jesús. El comienzo puede situarse en la primavera de 1947, junto a los acantilados occidentales del Mar Muerto, en la meseta de Qumram, la mañana en que un muchacho beduino dejó caer una piedra en una cueva y, oyó allí abajo, el ruido de una tinaja rota. A partir del contenido de esa tinaja, Van Hutten empezará a encontrar verdadero sentido a los textos sagrados, como si de un detective se tratara: el cristianismo sería una secta disidente, socialmente radicalizada, de los esenios, un cisma de un cisma dentro del judaísmo. Apoyado en citas de Flavio Josefo, de Filón de Alejandría, de los propios libros evangélicos, Van Hutten afirma que Juan el Bautista era un esenio revolucionario que profetizaba en el desierto de Qumram la llegada del último Maestro de Justicia: Jesús de Galilea. Van Hutten no niega la divinidad de Jesús, pero, por esa misma razón, comete una herejía mayor: hace un esenio del hijo de Dios, lo que de hecho equivale a hacer un esenio del propio Dios.

Puede leerse como una novela, pero Abelardo Castillo, a través de la voz que le otorga su personaje Van Hutten, irá proponiendo a lo largo de las páginas una teoría formidable: que los evangelios tienen antecedentes muy anteriores a los habitualmente reconocidos y que fueron corregidos, achicados y agrandados, desvirtuados, confundidos, traicionados y malversados.

Lo que hace inquietante a esta novela es la utilización de los mismos evangelios canónicos para demostrar que Jesús y sus apóstoles tuvieron un origen esenio, es decir, sectario, y que muchos de los actos de Jesús eran propios y característicos de los esenios: el bautismo, la cena sagrada de pan y vino, el rechazo a toda riqueza material, la humildad y la pobreza de espíritu, la venida del Hijo del Hombre, que expiaría por los pecados de los demás… De esta manera, Van Hutten se acercará a uno de los temas más apasionantes de la novela: la supuesta y falsa traición de Judas, y lo hará, paradójicamente, desde los propios evangelios que conocemos.

Judas, uno de los doce, será traidor, repetido machaconamente por los cuatro evangelistas. ¿Traidor? Traidor para conseguir qué. ¿Cuánto valía un burro, según la legislación de Moisés, cuánto valía un esclavo muerto? Treinta monedas. Judas es el tesorero de los doce, él dispone del dinero de la Iglesia primitiva y puede tomar de allí lo que quiera… pero vende a Jesús por el precio de un burro. Judas llevaba esa bolsa en su cintura porque era uno de los discípulos preferidos de Jesús, quizás el más confiable, quizá el único confiable. Para adivinar esto no hace falta poseer una clarividencia demoníaca, sólo hay que leer los evangelios: Pedro, Juan, Santiago y Judas son los cuatro discípulos que están siempre alrededor de Jesús. Casi los únicos a quienes se nombra.

En la Última Cena, celebrada según el calendario y el rito de los esenios, los lugares de la mesa suponen un orden jerárquico, un orden de preferencias. En la mesa Juan está junto a Jesús, reclinado contra su pecho. Pedro también está muy cerca, ya que es él quien pide a Juan, en voz baja, que pregunte cuál de ellos será el traidor, y Judas, ¿dónde? No más lejos que el largo de un brazo, pues “el que moje el pan en mi plato, ése me traicionará”. Y Judas, que por lo visto era imbécil, o sordo, va y estira su brazo y moja el pan. Todos oyen que Jesús le ordena: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto”. Pero como la imbecilidad o la borrachera ya habían cundido también en aquella mesa, Judas sale y nadie se da cuenta. Siguen comiendo y teologizando, y, por si fuera poco, cuando llegan al huerto se acuestan a dormir. ¿Cómo se compagina semejante disparate? De ningún modo, porque no hay nada que compaginar. Todo es una estupidez, una impostura: según Van Hutten existió un pacto entre Judas y Jesús para que lo prendieran durante la Pascua: “lo que tienes que hacer, hazlo pronto”. Era necesario que fuera llevado, en Pascua, al Sanedrín y ante Pilato, porque en la Pascua miles de judíos se reunían en Jerusalén, y ese era el momento exacto, y la muchedumbre adecuada, para que el hijo de Dios hiciera algo que por alguna razón no hizo.

En cuanto al largo día inexplicable de los libros canónicos, esa casi infinita noche pascual de la Última Cena en que Jesús fue prendido y compareció ante Anás y compareció ante Caifás y compareció ante Pilato y compareció ante Herodes, y volvió a comparecer ante Pilato, noche físicamente imposible cuando nos atenemos a la tradición, sólo puede entenderse, según Van Hutten, por el hecho de que Jesús no celebraba la Pascua judía sino la de los esenios, lo que supondría que la Última Cena se celebrase un miércoles, es decir, la noche anterior a la Pascua oficial, y que el juicio a Jesús duró dos días completos. La inquietante escena del último diálogo entre Jesús y Pilato, permanece intacta, en toda su belleza, misterio y ambigüedad. “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad”, ha dicho Jesús. “¿Qué es la Verdad?”, le pregunta el romano, dándole la espalda.

Ni siquiera la Verdad la saben los otros discípulos, ajenos al pacto entre Jesús y Judas: en el huerto de los olivos hay una escena que parece pasar desapercibida. Judas llega con una turba y en el momento de la prisión, Pedro desenvaina una espada y corta la oreja derecha de un siervo llamado Malco. Pedro no ha comprendido la misión de su Maestro, pero en la escena hay algo más incomprensible: ¿qué hacía Simón Pedro con una espada? ¿Es qué acaso los apóstoles iban armados como los esenios?

Al final, la tesis de la novela es que la verdad es un esfuerzo infructuoso y que la última palabra sobre ella nunca es la última. En todo caso Abelardo Castillo saca provecho de la analogía entre la vida y la arqueología para convertirla en la ley de lo novelesco: sólo se encuentra lo que se busca. Para él, en cierto modo, los evangelios son una novela policial escrita por el Espíritu Santo.

El evangelio según Van Hutten. Abelardo Castillo. Seix Barral, 1999

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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