Biografía insólita de Jorge Luis Borges. Capítulo 7: El mito personal

Deben de ser ya las nueve de la mañana porque Florence ha llamado con discreción a la puerta y lo ha saludado como cada día: “Bonjour, Monsieur Borges…”. Aún bajo las sábanas, el escritor le contesta y sonríe cuando piensa que seguramente morirá escuchando la lengua de Voltaire. Se incorpora con cierta torpeza disimulando el dolor que lo despertó al amanecer y se deja hacer por la diligente enfermera.

Cuando pocos minutos después se encuentra recostado en la bañera, agradeciendo la calidez del agua, escucha ruido en la habitación: “¡Jean Pierre, Jean Pierre!” exclama con voz casi susurrante aunque sabe que la oquedad de la estancia llegará hasta los oídos de su editor. Cuando éste asoma por la puerta, Borges le recita un verso de Quevedo: “La vida empieza en lágrimas y caca” a lo que Jean Pierre Bernés contesta: “Viejo encanece, arrúgase y se seca / llega la muerte, todo lo bazuca / y lo que deja pasa, y lo que peca”.

Es una broma de Borges que el francés mantiene con solemne sorna, agradecido por la familiaridad que le ha otorgado su viejo amigo desde que se reúne con él en este hotel de Ginebra.

Deja sobre la mesa la grabadora que lo acompaña los fines de semana, la libreta de notas y las hojas con los poemas que han decidido estudiar ese día. Algunos de ellos son los tankas que Borges compuso en 1972 y que forman parte de su libro El oro de los tigres. Bernés no duda que el escritor los escribió como un homenaje a María y a la milenaria cultura japonesa, aunque sea una forma poética un tanto extraña para un escritor en castellano. Cinco de ellos responden a los temas que Borges ha universalizado como propios: el tigre, la lluvia, la sombra, la espada; pero queda esa última composición que el autor dejó para hoy.

Ya vestido con su traje gris y una discreta corbata azul, después de haber desayunado frugalmente, Borges le pide a Bernés que le recite ese último tanka:

N’être pas tombé
Comme d’autres de ma race,
Au champ de bataille.
Être dans la vaine nuit
Seul à compter les syllabes.

Borges vuelve a sonreír para dar paso a otra de sus más queridas bromas: “Sin duda, la traducción mejora el original” y se queda callado unos instantes para proseguir con esa conversación evocatoria que parece no tener fin: “Mi abuela Fanny Haslam me leía El Quijote en inglés…”. El casete registra el tono monocorde, como de conferencia aprendida de memoria, que Borges adoptó hace un tiempo.

Se recuerda en las rodillas de su abuela paterna escuchando su severa voz de gran lectora. Con ella aprendió los primeros textos de autores clásicos: Stevenson, Kipling, Poe, los Hermanos Grimm, Dumas, Victor Hugo, y también versículos y capítulos enteros de la Biblia protestante, que ella sabía de memoria. De sus labios había conocido por primera vez las aventuras de ese caballero andante que se expresaba en inglés aunque viviera en un lugar remoto de España que no terminaba de localizar y eso le dio pie a mantener otra de sus bromas favoritas: había repetido hasta la saciedad en conversaciones que más tarde se publicarían en libro que él primero leyó El Quijote en una traducción inglesa, en unos volúmenes rojos con letras doradas de la edición de Garnier, y que cuando finalmente la leyó en castellano, la novela le pareció una mala traducción. Naturalmente, se estaba refiriendo a esa otra boutade de Lord Byron, que confesaba haber leído a Shakespeare en italiano, pero parece ser que nadie quiso cerciorarse de sus apócrifas afirmaciones.

Fanny Anne Haslam, con sus dos hijos: Francisco Eduardo Borges y Jorge Guillermo Borges -padre de Jorge Luis- sentado con un libro

Sin embargo, ahora con Bernés comprende que su humor y la repetición de algunos temas metafísicos lo han condenado a parecer un escritor frío, categórico, desarraigado. La gente piensa que solo ha escrito cuentos fantásticos pero se equivoca, porque su obra es autobiográfica: “Habrá que decirles muchas cosas para que comprendan y puedan leerme como yo lo escribí, solo así conocerán la realidad de mi obra. Yo no he escrito más que el último borrador, el lector escribirá la versión definitiva” le dice a su editor y le pide de nuevo que le recite el tanka, ahora en castellano:

No haber caído,
como otros de mi sangre,
en la batalla.
Ser en la vana noche
el que cuenta las sílabas.

No puede olvidar también aquellas mañanas junto a su madre, cuando ésta le transmitía las historias que ella misma había escuchado de su propia madre. Sus antepasados, casi sin excepción, habían escrito hermosas páginas de la Historia argentina, así, con mayúsculas, y él solo había añadido, después de tantos años, algunas notas a pie de página.

La gloria familiar se hallaba en aquella estancia de San Nicolás que los Acevedo habían tenido antes de que el tirano Rosas se la confiscara. Los esclavos negros llevaban el apellido de la familia; el coronel Suárez había encabezado la carga de caballería que venció en la batalla de Junín; el coronel Borges había muerto en la batalla de La Verde por lealtad al presidente Sarmiento pero también por apoyar el levantamiento de Mitre. Las espadas de los dos héroes se exhibían en el hogar de Palermo y sus dos retratos colgaban de las paredes de la casa. Y él, sin embargo, ¿qué había hecho por la patria, por el orgullo familiar?

Jean Pîerre Bernés, junto a Jorge Luis Borges y María Kodama. París, febrero de 1978

‘‘No sabemos nada de la intimidad de Dante, de Cervantes o de Shakespeare; yo quiero que se sepa, ¡habrá que contar!’’, le dice a Bernés mientras se arregla el nudo de la corbata. El francés le recuerda que han sido muchos los poemas que ha dedicado a sus ancestros militares, que la nostalgia de la espada la vertió en su admiración por el puñal de los guapos, por las letras de las milongas que se cantaban en los conventillos, por su defensa del viejo tango frente a las composiciones sensibleras de Gardel y Discépolo.

Pero sí, hay mucho más en sus laberintos, en sus infinitas bibliotecas, en sus juegos con el tiempo, en la vindicación de la memoria: hay una biografía escrita en caracteres casi invisibles, igual que la arena oculta las viejas inscripciones en la piedra.

Bernés mira esos ojos muertos, respeta los silencios de su amigo Borges, entiende que el anciano se está enfrentando con la muerte como hicieran sus antepasados, con la misma entereza y el mismo valor, y a la vez comprende que está ante un hombre que ha permanecido solo durante toda su vida, que ha volcado sus pequeñas derrotas biográficas en textos crípticos por los que será recordado, y aunque el propio Borges ha confesado tantas veces que quisiera caer en el olvido, no sabe a qué Borges se refiere, si al escritor o al hombre. Pulsa de nuevo la tecla de la grabadora y le hace una pregunta, no sabe si al amigo o al mito.

⇐ Capítulo 2: Una biblioteca de ilimitados libros ingleses

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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