Biografía insólita de Jorge Luis Borges. Capítulo 2: Las sombras del hacedor

Jorge Luis Borges. Libros y vida. Las sombras del hacedor. Cicutadry

Jorge Luis Borges junto a Juan Rulfo. Encuentro en México, 1973

A pesar de su infatigable timidez, no rehuía a cuantas reuniones u homenajes lo invitaban, fuera en encuentros literarios o en círculos familiares. Siempre vestido pulcramente, con cierto aire pasajero, parecía más buscar los huecos vacíos de las estancias que el calor humano: era su forma un tanto menesterosa de atraer la atención sobre alguien en particular, generalmente una o dos personas, no más, porque sentía un pudor intransigente a ser centro de cualquier conversación. En cuanto notaba que era objeto de algún sutil interrogatorio sobre su vida o su obra, cortaba de forma radical, incluso con descortesía, cualquier interés que pudiera tener su interlocutor mediante alguna broma referida a su propia ineptitud o una cita real o apócrifa atribuida a tal o cual escritor que parecía dar por zanjado que él no tenía la suficiente autoridad para tratar un tema tan poco interesante como su propia labor literaria. Con los años, la ceguera le serviría de parapeto frente a la admiración que se le tributaba aplicando invariablemente a los halagos una afable sonrisa, un modesto silencio y una fingida desmemoria de sus propios textos, que cuando se los recordaban, celebraba con cierta indulgencia como si hubiera cometido el inconcebible pecado de ser el hacedor de algo que fuera memorable.

No obstante, ejercía con convicción esa virtud tan argentina de la amistad que tantas veces le jugó malas pasadas. Parecía el amigo de todo el mundo porque era fácilmente accesible, pero su peculiar forma de ver la vida como una prolongación de esa biblioteca de la que parece que nunca salió, sirvió de implacable tamiz para cuantas personas se acercaron a él buscando un interés personal, salvo si era una mujer, en cuyo caso desplegaba tal alarde de halagos casi adolescentes que las más propensas a tener una actitud maternal, lo adoptaban por su particular dulzura y ese aire desvalido del hombre que aún no ha conocido lo suficientemente bien la vida.

Sin embargo, con los hombres mantenía un rigor no exento de ironía. Algunos verdaderos amigos han contado ese juego intelectual que mantenía con sus interlocutores cuando querían ponerse a la altura de su erudición (y no había otra forma de acercarse a él si no era a través de la literatura): tras las consabidas palabras de admiración que él apenas dejaba terminar de pronunciar, formulaba unas cuantas preguntas como promovidas por las propias palabras admirativas que ni siquiera había escuchado o una pequeña tesis que parecía venida al caso minada de citas erróneas o atribuciones a escritores inexistentes o tan poco conocidos que era muy improbable que el interlocutor supiera de su existencia. Entonces comenzaba una especie de debate que llevaba a su propio terreno, elevando el nivel de la conversación y con ello el orgullo o la vanidad de quien lo escuchaba.

Para sus amigos no pasaba inadvertida la ironía de sus gestos: el tono dubitativo, algunos silencios que invitaban al otro a seguir la conversación por los laberínticos derroteros que él había creado y para los cuales pedía, como un favor, una aclaración o alguna certeza, el asombro que transmitía su rostro cuando el otro mantenía y hacía crecer la falacia con el mayor de los descaros mostrando impúdicamente su ignorancia, la gratitud por la inesperada información recibida y esa mano derecha blanduzca con que estrechaba la mucho más firme de su interlocutor, seguro de haber estado a la altura de un intelectual como aquél que hacía un rato decía admirar.

Jorge Luis Borges. Libros Biografia. La sombra del hacedor

Grupo fundador de la Revista Sur, en 1931.
Jorge Luis Borges aparece junto a Enrique Bullrich, Oliverio Girondo y Ramón Gómez de la Serna. Más arriba, a la derecha, Norah Borges y Victoria Ocampo

No eran ejercicios despiadados del hombre que cree saberlo todo y pone en ridículo a los demás, porque el otro siempre salía reforzado del encuentro, ni tampoco la puesta en escena de una vanidad que en él jamás existió, sino simples juegos que se permitía para conocer la realidad, siempre desde su libresca perspectiva de la vida, ingenuas maneras de distinguir el grano de la paja o tal vez el único método que tenía para descubrir amigos que de verdad le aportaran algo que para él era básico para su manera de ver el mundo: el asombro, la imaginación, el misterio o el humor.

Era con esos amigos con los que disfrutaba de veras casi como un niño, porque la admiración era su verdadera forma de amistad, de tener su especial relación con el mundo desde, quizás, un peldaño algo por debajo de los demás, como cuando leía a Stevenson o a Chesterton, sabiéndose incapaz de emular tanto esas fábulas como de inventar una realidad tan maravillosa que sólo unos pocos le podían ofrecer. Su universo mundano se componía de seres angelicales, excéntricos o extravagantes, a los que asimilaba con tanta ansiedad que después necesitaba largas caminatas por sus añorados barrios de Buenos Aires para resumir en unos pocos pensamientos lo torrencialmente aprendido en pocas horas.

Por eso, junto a sus obsesiones personales o sus preocupaciones metafísicas, hay que situar al mismo nivel la amistad de oscuros nombres que forman tanta parte de su universo como los laberintos o los espejos: Macedonio Fernández, Xul Solar, su hermana Norah, Cansinos Assens, a los que hay que sumar otros nombres más conocidos, como Adolfo Bioy Casares o su mujer Silvina Ocampo, a los que unía, aparte de parecidas inquietudes literarias, lo que él entendía como el sentimiento lúdico de la vida, un humor intelectual, irónico, a veces sarcástico y paródico, pero nunca una intimidad, una confesión o un regazo donde aliviar desdichas o sinsabores.

Jorge Luis Borges con Jorge Bergoglio, futuro Papa Francisco. Fotografía tomada en agosto de 1965 en el Colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe. Bergoglio, profesor de literatura, invitó a Borges a dar una conferencia en el colegio.

No se puede diferenciar a ese hombre que solo en un escenario conferencia ante cientos de estudiantes sobre Dante o Milton, del hombre que va a comer casi todos los días a casa de sus amigos Silvina y Adolfo, o del que da interminables paseos junto a una mujer de la que está enamorado y de la cual recibe admiración y ternura pero nunca amor.

En todos ellos encontramos al hombre tímido cuya personalidad se ha alimentado exclusivamente de letra impresa, al hombre que busca durante toda su vida un ideal que está en los libros pero que no existe en la realidad, al hombre cuya memoria son repetidas y brillantes  citas literarias, poemas, aventuras de papel, mundos irreales, un caos de palabras que él ordena en su portentosa mente pero que no tiene correlación con la vida vulgar, sin misterio, plana y superficial que habita irremisiblemente en todo ser humano.

Ese hombre, que no sabe qué hacer con la realidad, juega con ella, la transforma en maravillosa a través de su propia imaginación y sus delicadas palabras, ironiza con los problemas fundamentales del pensamiento humano, se recrea en el tramposo pasado, evita los pormenores sentimentales, pero siempre está inventando un mundo ilusorio y paralelo tanto en la vida como en la literatura, que en verdad es su vida, su única vida.

Como una ironía más de su destino, o tal vez como otro juego, un juego en serio, ese hombre tímido que se escondió de las pocas personas que transitaron por su vida, cimentó su fama mundial muchas veces confesando por escrito aquello que en privado jamás se atrevía a decir; en el epílogo de El hacedor confesó: “Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído”. Acaso, nunca logró salir de aquella ilimitada biblioteca de libros ingleses en la que pasó los días de su niñez en su casa de la calle Serrano, bajo la benigna mirada de su padre.

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Biografía insólita de Jorge Luis Borges

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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