Doce historias y un sueño. H. G. Wells

011.Doce historias

En sus comienzos como escritor, Herbert George Wells (1866-1946) se reveló como un prodigioso contador de historias imposibles, aunque verosímiles. Si bien suele encuadrarse sin más en el género de la ciencia-ficción, hay un poética y un romanticismo en sus historias que les otorga una delicadeza especial y un buen gusto envidiable.

Perteneciente a esa primera etapa de su obra -hay que pensar que H. G. Wells tuvo una dilatada carrera literaria- se encuentran los relatos unidos bajo el título Doce historias y un sueño (1903), en los que la fértil capacidad imaginativa del autor campa a sus anchas sin olvidar que la verosimilitud tiene unas reglas estrictas que el buen hombre de ficción debe respetar.

Todos los cuentos de este volumen tienen un denominador común: se trata de hombres que alcanzan un momento especial en sus vidas y que, bien por causa del destino, o bien por su propia torpeza, no consiguen mantenerse en el glorioso nivel alcanzado. Mirándolo bien, en estos cuentos H. G. Wells se muestra un tanto pesimista con la condición humana, como si quisiera decirnos que hay otros mundos posibles, pero que al final, inexorablemente, son inalcanzables para seres tan limitados como son los humanos.

El volumen comienza con un cuento genial, Filmer, que si se hubiera llevado a la pantalla formaría parte de ese sorprendente género que los americanos llaman Mockumentary. En efecto, en este relato se cuenta con todo detalle la historia del (supuesto) primer inventor del avión. Lo primero que puede sorprender al lector avezado es que el cuento fue escrito, necesariamente, antes de 1903, que es cuando se considera que los hermanos Wright dirigieron el primer vuelo propiamente dicho de la historia. H. G. Wells, que con seguridad estaba al tanto de los avances tecnológicos de su época, se adelanta a este primer avión de los Wright y describe con una exactitud escalofriante cómo debe ser el aparato que pueda surcar el aire sin caer.

Pero lo importante del relato no está en la descripción de la pionera máquina, sino en la propia historia en sí del pobre inventor que, por una fatídica circunstancia unida al deseo de contentar a una mujer, fracasa estrepitosamente a los ojos de los demás. Filmer es un genio de la técnica, pero un hombre con demasiadas limitaciones. Esa angustia entre las posibilidades y la realidad reviste a la historia de tintes dramáticos.

No menos dramático es otro inusitado descubrimiento que nos muestra Wells en El nuevo acelerador. En este caso, se trata de una sustancia que estimula de manera brutal el sistema nervioso, y que se expande al resto de los órganos hasta convertir al hombre que la toma en un ser superior a los demás. Un precioso frasquito puede contener el poder de pensar dos veces más rápido, de moverte con el doble de velocidad, de realizar el doble de trabajo en un tiempo determinado del que se realizaría de forma normal. Pero, ¿y si pudiéramos aumentar ese poder hasta multiplicarlo por cien o por mil? Se podría alcanzar fácilmente la idea del superhombre, pero habría que tener en cuenta un molesto inconveniente: los demás irían a un ritmo normal, de manera que el mundo se traduciría en un medio increíblemente lento.

En otras ocasiones, Wells repara en la posibilidad de otros mundos extraños que, por una mera cuestión de azar, se hacen visibles o alcanzables para un ser humano. Mr. Skelmersdale es un tipo palurdo que siempre está dispuesto a contar a los demás que él, una vez, estuvo en el País de las Hadas. Esta clase de narraciones suelen tener el inconveniente de remitir inevitablemente a historias del tipo de Peter Pan, pero Wells (anterior por cierto a este personaje) soslaya la facilidad prestándole a la historia un matiz poético y encantador. No es el País de las Hadas un lugar fantástico, sino que en él, las cosas que ocurren en nuestro mundo, se aprecian de una manera mucho más sensible. Por ejemplo, el beso apasionado de un Hada no tendrá comparación con los besos que se dan los mortales. Y en ese mundo maravilloso, el oro se encontrará a manos llenas, como una especie de tributo de las Hadas a quien ha descubierto sus encantos. Pero, como en el mundo que conocemos, también pueden darse los malentendidos. Saber desde el principio del cuento que Mr. Skelmersdale narra sus peripecias en un tranquilo establecimiento mientras fuma una pipa, nos mueve a indagar cuál fue la causa de su vuelta a la tierra.

La magia tampoco es ajena a estos relatos, aunque en este caso es la magia que puede enseñar el simple dueño de un establecimiento, eso sí, llamado La Tienda Mágica. Un niño, acompañado por su padre, será el espectador elegido para recibir el secreto de hechos prodigiosos. Este cuento tiene el encanto de una pieza de seda que ciñera la inocencia de la infancia.

No faltan los cuentos con fantasmas perdidos en la inmensidad de la nada, hombres que se convierten inopinadamente en dioses, cuerpos robados por culpa de la posibilidad de proyectar, a través del espacio, la aparición de uno mismo por la fuerza de la voluntad o personajes que bajo determinadas circunstancias tienen visiones que prefiguran El Aleph de Borges.

El volumen finaliza con otro cuento excepcional, El sueño de Armageddon, en el que un infeliz asegura a otro hombre, en el compartimiento de un tren, que él está muerto. De nuevo aparecen mundos paralelos, en este caso, la reiteración de un sueño que lleva al hombre al futuro, donde se enamora de una chica que nacerá dentro de doscientos años.

Me gustaría reiterar la delicadeza y la exquisitez con que están escritos estos cuentos. Encuadrarlos en un género, el fantástico, no debe ser óbice para destacar los temas por encima de la sabiduría expositiva del autor. Estas narraciones se encuentran, sin duda, entre las mejores que se han escrito en el siglo XX, y si bien su originalidad puede dotarlas de un valor añadido, la maestría de H. G. Wells es la que les otorga la consideración de obra maestra.

Doce historias y un sueño. H. G. Wells. Editorial Valdemar

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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