El año del diluvio, de Eduardo Mendoza: Amor por el folletín

Reseña de El año del diluvio, de Eduardo Mendoza, de Cicutadry

El año del diluvio fue la séptima novela publicada por Eduardo Mendoza, en 1992. Después de La isla inaudita, continúa una tercera vía en la producción literaria del escritor barcelonés: aquellas novelas que no son de humor ni tampoco tienen una trama más o menos detectivesca o gangsteril. A decir verdad, creo que El año del diluvio sorprendió a sus lectores por el argumento escogido por el autor.

Un extraño argumento

Para que nuestros lectores se sitúen adecuadamente ante esta novela, hay que indicar en primer lugar que se trata de un argumento absolutamente desfasado en la actualidad. Ello no quiere decir que no sea efectivo. Es más: la historia que narra esta novela está muy probada para llegar al lector de manera inmediata. Si decimos que los dos personajes principales son una monja y un señorito, y si añadimos que entre ambos se establece una relación sentimental, podría parecer que estamos ante una novela del siglo XIX o, peor aún, ante una novelita de quiosco de corte romántico.

No obstante, a los que estudiamos la novelística de Eduardo Mendoza no nos debe sorprender este giro repentino –y hasta la fecha, único- en tanto que sabemos la libertad con que es escritor catalán ha abordado siempre su carrera literaria. De hecho, en sus novelas anteriores había sobrevolado siempre el tema folletinesco, con momentos claramente melodramáticos.

En este sentido, El año del diluvio representa la inmersión plena de Eduardo Mendoza en el folletín. A pesar de la mala prensa que siempre ha tenido este género entre la crítica, el autor decide emplearlo en esta ocasión sin ambages, sin disimulo alguno. No hay que olvidar que a la mala prensa aludida, se ha unido tradicionalmente una gran acogida por parte del público a este tipo de novelas que –digámoslo así- llegan directas al corazón a través de las emociones que suscitan. Hay que reconocer que, con gran elegancia, Eduardo Mendoza consiguió este objetivo.

Elementos del folletín

Como decíamos, los dos personajes principales, una monja y un señorito, parecen sacados de una novela de Juan Valera o de Armando Palacio Valdés, escritores que doy por supuesto que nunca han leído nuestros lectores pero que fueron muy admirados en su época. Como no podía ser de otra manera, se ve desde el principio de la novela que el señorito es un hombre educado pero sin escrúpulos y que la joven monja –superiora de un convento de caridad para pobres ancianos- es una mujer tenaz y predispuesta a todo que, en un momento determinado de su vida, se encuentra frente a un hecho –la sexualidad- inesperado y repentino en su estrecho conocimiento del mundo.

Naturalmente, con estos pocos elementos Eduardo Mendoza no hubiera podido superar su pretensión de actualizar el folletín. Por ello, se vale de otros medios, que no dejan de ser incluso más rancios o anacrónicos, pero igualmente efectivos. Nos referimos a la inclusión en el relato de bandoleros, como quiere llamarlos Mendoza en la novela, aunque realmente son maquis perdidos en la sierra barcelonesa después de la Guerra Civil Española. Como es natural, y para hacerla más verosímil, Mendoza sitúa la historia en la posguerra española y en un ámbito rural.

Digamos que este recurso permite al autor campar a sus anchas por la historia y establecer con los lectores un pacto de verosimilitud, puesto que la sociedad española de ese momento permite –a ojos de los lectores actuales- un romance de estas características. Algunos elementos secundarios añadidos al mundo del terrateniente –la intrigante guardesa de la casa, el jardinero tonto de baba que parece ocultar una extraña realidad, el escurridizo abogado menos claro que sospechoso- dotan finalmente de un halo de misterio a la historia y redondean una novela que –repetimos- se mantiene los estrictos cánones del género folletinesco.

Fidelidad del estilo

Eduardo Mendoza, como es sabido, es un escritor especialmente dotado para la narración. Su facilidad para encadenar una escena tras otra le vino muy bien para abordar esta novela, en la que, de una manera especial, hay que embaucar al lector desde la primera línea. De forma convincente adaptó su reconocido estilo al folletín sin que en ningún momento pareciera empalagoso o ridículo, defecto que es gran enemigo de este género.

Prueba de ello puede reconocerlo el lector en el siguiente texto, escrito en el momento en el que la atribulada monja decide escribir una carta al hombre del que pretende alejarse, cuando la tentación amorosa empieza a atenazarla:

Muy señor mío, razones de salud me obligan a abandonar de inmediato el Hospital y trasladar mi residencia a otro lugar; no quisiera sin embargo marcharme sin despedirme de usted agradeciéndole sus muchas atenciones y rogándole disculpe las molestias que le haya podido causar. Ignoro si esta decisión, continuó escribiendo, te causará el mismo dolor que a mí me está causando, pero has de comprender, amor mío, que a veces es preciso abrir los ojos a la luz y cerrar el corazón al sentimiento; ¿sabrás comprenderlo y perdonarme? Hazlo, mi amor, mi bien, porque más me importa tu perdón que el de Dios mismo. Al llegar a este punto se dio cuenta de que empezaba a desvariar.

Como se puede observar, Mendoza utiliza sin pudor viejas fórmulas de la novela romántica y las mezcla con la más cruda realidad, en un giro irónico en la última frase muy propio del autor.

Lealtad a unos principios

Sin duda, los lectores habituales de Mendoza –así como la crítica- apreciaron poco El año del diluvio. Acostumbrados a tramas, bien humorísticas, bien policiacas, y aún bajo el recuerdo de La ciudad de los prodigios, parecía que Eduardo Mendoza había perdido el rumbo. Es cierto que sus lectores se vieron sorprendidos con una historia de poco calado, algo sorprendente en un escritor del que en ese momento se esperaba mucho.

Sin embargo, vista con perspectiva, El año del diluvio es una prolongación natural de esa libertad de la que tantos hemos hablado y que ha esgrimido el autor catalán desde el principio de su carrera. Indudablemente, Eduardo Mendoza se siente atraído por las tramas folletinescas. Con mayor o menor habilidad, sus  novelas están plagadas de ellas, la inverosimilitud es una constante en sus textos, y si bien el humor le sirve de coartada para endilgar al lector historias disparatadas, en esta ocasión se plantó con un argumento que, no por puro desgastado, se adaptaba a la perfección a esa tendencia suya.

Leída en esta clave,  El año del diluvio no es una novela fallida, como entendió la crítica en su momento, sino una especie de paréntesis insólito en la carrera de Eduardo Mendoza, una forma de entender la narrativa guiada por los propios gustos y no por los imperativos del mercado.

El año del diluvio. Eduardo Mendoza. Seix Barral

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Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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