El carnicero. Alina Reyes: La novela morbosa de la transgresión

El carnicero. Alina Reyes. Reseña de Cicutadry

Hay en el erotismo un componente muy importe que ha sido poco frecuentado por la literatura de género: el morbo. Como sabemos, la palabra morbo significa etimológicamente enfermedad y, de acuerdo con el diccionario de la RAE, se define como el «interés malsano por personas o cosas» y como la «atracción hacia acontecimientos desagradables». Si bien estas definiciones me parecen a todas luces insuficientes para la complejidad con que actualmente se utiliza el término, cuando se trata de sexo la imprecisión es total. Acaso una novela morbosa como El carnicero, de la escritora francesa Alina Reyes, nos ayuden a entender hasta qué punto la atracción por lo diferente, por lo no convencional, introduce la transgresión en el erotismo y lo hace más excitante.

Esta brevísima novela, escrita en 1988, nos presenta una situación muy sencilla: una estudiante de Bellas Artes trabaja en verano de cajera en una carnicería. Allí, sin mucho que hacer, observa al carnicero hacer su trabajo. Debemos entender que en ese establecimiento la carne lo es todo, lo llena todo: el olor, el color, el frío de la cámara frigorífica, el metálico brillo de los cuchillos, el neutro alicatado de las paredes.

La carne cruda lleva inmediatamente a pensar en la carne cuando estaba viva, en su calor palpitante, en la sangre, en lo que supone de manifestación palpable y explícita de la vida. Nuestra protagonista, cuya sombría imaginación iremos conociendo a lo largo del relato, lo explica así:

El olor soso de la carne cruda se me subió a la cabeza. Vista de cerca, iluminada de lleno por el resplandor de la mañana de verano que penetraba por el largo escaparate, la carne era de un color vivísimo, repugnantemente hermosa. ¿Quién dijo que la carne es triste? La carne no es triste, es siniestra. Permanece a la izquierda de nuestra alma, nos asalta en las horas más perdidas, nos arrastra por anchos mares, nos hace naufragar y nos salva; la carne es nuestro guía, nuestra luz negra y densa, el pozo de atracción en el que nuestra vida se desliza en espiral, succionada hasta el vértigo.

Esa sensualidad que encuentra en la carne la traslada a quien la manipula, el carnicero, que cortándola en filetes la deja caer sobre la tabla de madera con un ruido sordo, como un beso, penetrando sin vacilaciones con su cuchillo en sus entrañas, con exactitud salvaje. El carnicero es el hombre que constantemente penetra, que hiende la carne, que la toma entre sus manos como se puede tomar el cuerpo de una mujer, entre el refinamiento y la brutalidad. Así lo ve la chica desde su caja registradora:

El carnicero era alto y gordo, y su piel muy blanca. Mientras hablaba sin parar jadeando ligeramente, su voz se velaba y se deshacía en susurros. Veía cómo su cara se cubría de placas rosadas, sus labios brillaban de humedad y el azul de sus ojos se aclaraba hasta formar una sola mancha pálida y luminosa.

Semiconsciente, me preguntaba si iba a gozar, a arrastrarme con él, si dejaríamos fluir nuestro placer con aquel raudal de palabras; y el mundo era blanco como su delantal, como el escaparate y como la leche de los hombres y de las vacas, como el barrigón del carnicero, bajo el cual se escondía aquello que le inducía a hablar, a hablar junto a mi cuello en cuanto estábamos solos, jóvenes y ardientes como una isla en medio de la carne fría.

La joven ha dejado hace poco la universidad; trata inútilmente en la soledad de su cuarto pintar un cuadro diminuto con flores; recuerda con una mezcla de ternura y desesperación a un chico, Daniel, amigo de su hermano, del que se ha enamorado en el ambiente juvenil y desenfadado de la gran ciudad.

En contraste, en esa tienda que imaginamos de barrio o de pueblo, la clientela es vulgar y el carnicero también lo es; más aún: es un machista zafio y grosero, lenguaraz y malhablado que atiende con mayor amabilidad a las mujeres de buen ver que a las ancianas, que flirtea descaradamente aprovechando los tiempos muertos que invierte en cortar y trinchar, y cuando no lo está haciendo, en los momentos en los que la tienda está desierta, se acerca a la joven cajera para seguir su burdo cortejo, suponemos que natural para él, y decirle aún con el sudor en la cara y las manos húmedas:

-Lo que más me gusta es comerles el conejito a las niñas como tú. ¿Me dejarás hacerlo? Dime, ¿dejarás que te devore? Separaré muy suavemente tus bonitos labios rosas, primero los grandes, luego los pequeños, meteré la punta de la lengua y luego la lengua entera, y te lameré desde el agujero hasta el botón, oh qué lindo botón, te chuparé cariño mío te mojarás, relucirás y no acabarás nunca de gozar en mi boca como lo estás deseando eh te comeré el culo también los pechos los brazos el ombligo y el hueco de la espalda los muslos las piernas las rodillas los dedos de los pies te sentaré encima de mi nariz me ahogaré en tu raja tu cabeza sobre mis cojones mi cola gorda en tu preciosa boca me vaciaré en tu garganta sobre tu vientre sobre tus ojos si lo prefieres las noches son muy largas te tomaré por delante y por detrás gatita mía y no acabaremos nunca nunca...

Sin embargo, para la joven, ese lenguaje tan descarnado como los cuerpos de los conejos que penden de un gancho, es la manifestación de una vitalidad pujante, de una sensualidad que le enciende fuego entre las piernas.

La escritora Alina Reyes (seudónimo de Aline Patricia Nardone) nació en 1956 cerca de Burdeos, esto es, en un país en el que los movimientos sociales a favor de las mujeres han sido una constante histórica. Por tanto nadie menos sospechosa que ella para que entendamos que su provocadora intención con esta novela fue transgredir los postulados del feminismo presentando junto a una estudiante de Bellas Artes el contraste con un hombre brutal con el que comparte el goce común de los sentidos.

 

El carnicero. Alina Reyes. Reseña de Cicutadry
La escritora francesa Alina Reyes, en 1988.

El sexo, para Alina Reyes, como para su joven protagonista, rompe los prejuicios de los, -aparentemente- mundos irreconciliables que nos han sido impuestos por la cultura, las convenciones estéticas y los valores morales. La sensualidad de la carne es identificada con la voracidad sexual, y para ello, la chica nos presenta su mirada horrorizada sobre la clientela de la tienda, la hipocresía, el decoro, las reglas del buen gusto que definen el orden burgués.

En ese micromundo que es la carnicería, las clientas (y los clientes) representan lo convencional, lo establecido, lo kitsch, mientras que el carnicero, con su lenguaje soez y rijoso, con su falta absoluta de romanticismo, supone la fascinación por lo explícito y lo directo, por ese imaginario erótico (no exclusivo del mundo masculino, y aquí está lo verdaderamente feminista del relato) que se excita con lo obsceno y lo subversivo.

Entendemos que la estudiante tiene ese punto soñador que tal vez no le hace ver la realidad tal como es, pero eso también forma parte del sexo. No obstante, este punto soñador no lo evidencia su ambigua relación con el carnicero, sino el recuerdo de la única vez que se acostó con Daniel, el amigo de su hermano, componente de un grupo de música, entendemos que burgués que vive sin remordimiento de los padres: una noche, harta de que el joven no le haga caso (más bien babea por otra amiga de grandes pechos bamboleantes bajo un fino jersey), se mete desnuda en la cama de Daniel y se deja hacer por él, que la desvirga sin una palabra, con dos coitos que parecen haber transcurrido sin pena ni gloria, justo el día antes de las vacaciones del chico, que desparece del piso del hermano sin ni siquiera despedirse de ella.

Este triste episodio, sin embargo, lo recuerda la chica con una gran emoción. Es entonces cuando comprendemos que es una soñadora, sí, pero también que es una mujer que desea establecer lo establecido, en este caso, meterse desnuda en la cama de alguien que no le hace el menor caso. Ella es la que rompe, la que manipula la realidad para gozar con sus sentidos, y precisamente será una fuerte escena –el momento en que el carnicero se corta en un dedo y comienza a manar un gran chorro de sangre- la que propicie su acercamiento sexual a ese hombre brutal, feo y barrigón.

De alguna forma, la protagonista llega a lo físico a través de lo espiritual: a pesar del aspecto repugnante del carnicero, de sus maneras soeces, desprende una ferocidad animal, una llamada a los instintos más primarios que se encuentran más allá de la razón, de la lógica si se quiere, pero es que la sexualidad, como defiende el filósofo José Antonio Marina, es de las cosas más sentimentales que existen.

El carnicero. Alina Reyes. Editorial Grijalbo.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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