El luminoso regalo. Manuel Vilas: El erotismo como transgresión

El luminoso regalo, de Manuel Vilas. Reseña de Cicutadry

Manuel Vilas, el autor de El luminoso regalo, ha calificado su obra como “una novela de porno duro para hombres”. El escritor aragonés fue durante muchos años un afamado poeta que, como tantos otros, se pasó a la narrativa con un estilo desenfadado, cáustico, de un humor transgresor que de puro negro desencadenaba la risa en cualquier lector inteligente.

Sin embargo, en su cuarta novela decidió dar un giro a su estilo y en 2013 publicó un texto sorprendente, digamos que único en su concepción narrativa (si consideramos esta obra como una novela erótica) y se atrevió a enviarla a su editorial de siempre, Alfaguara, un sello de amplio seguimiento público, que inopinadamente se la editó sin cambiar una sola coma. Le doy importancia a este hecho porque El luminoso regalo es mucho más que una novela porno, como dice su autor.

Una novela políticamente incorrecta

Vamos a desvelar un poco el argumento para ver el verdadero alcance de esta obra. El protagonista es un escritor de éxito, Víctor Dilan, un pseudónimo que apenas oculta la pasión del autor por el cantante Bob Dylan. Víctor tiene una impresionante facilidad para acostarse con cuantas mujeres se atraviesan por su vida. De hecho, todas las mujeres que conoce a lo largo del libro (y son muchas) pasan por su cama.

Por otro lado, la antagonista es Ester, una joven del tipo femme fatale, ninfómana, para quien el sexo es tan necesario como respirar, con la desventaja para sus amantes de dejarlos sin respiro y después abandonarlos simplemente por el hecho de causarles malestar, por tal de hacerlos sentir rechazados, sin conmiseración ni explicación alguna.

Hay un tercer protagonista implícito (aunque decenas de veces citado) que es Jesucristo, o como lo llama Víctor Dilan, El Gran Jesucristo, que comparte devoción para el escritor con El Gran Casanova, en un tándem que a primera vista parece contrapuesto pero que conforme avanza la novela terminan siendo inseparables para comprender el mensaje de ésta. De hecho, El luminoso regalo está dedicada “Para Jesucristo y para Giacomo Casanova”.

En medio de los dos protagonistas, sus respectivos psicoanalistas, el de Ester un negro americano que lo único que hace es incitarla a follar más y a ser posible con él, y la de Víctor Dilan, que se acuesta con él en las primeras sesiones y mantienen un largo idilio erótico. Como se ve, el código deontológico de los dos profesionales es nulo.

Y como referente de fondo, continuas alusiones a Cumbres borrascosas de Emily Brontë, donde sus protagonistas son realmente despreciables. ¿Por qué?

 El erotismo y el mal

La visión que Manuel Vilas presenta en El luminoso regalo está en el polo opuesto a cómo se ha presentado el sexo hasta ahora en la literatura, salvo algunos ejemplos a los que más tarde nos referiremos.

El propio Manuel Vilas lo ha dicho en una entrevista:

El sexo y el dinero mueven el mundo. Antes hubiese dicho que el sexo y la política mueven el mundo, pero ahora la política está en vías de extinción.

Es poderoso quien tiene dinero, eso lo sabemos todos, pero también se siente poderoso quien tiene mucho sexo, o quien es capaz de seducir de tal forma que nunca le falta el sexo. Entonces el sexo se convierte en una obsesión, en una desmesura, o si se quiere, en una forma de vivir. Pero como el dinero, el sexo corrompe, porque nunca se hace lo suficiente, porque siempre hay más mujeres y hombres en el mundo que no te has follado que los que te has follado. Así de sencillo.

Para Víctor Dilan, la sola existencia de todas las mujeres del mundo, con sus diferencias, lo aprisiona en un torbellino de deseo que no puede reprimir. Así lo cuenta en un pasaje de la obra:

El orgasmo es hijo del morbo, de la depravación inocente, de la perversión ingenua. El orgasmo necesita un labio con una mueca de placer dentro, una mirada corrompida, una voz transformada en vulgaridad y sordidez. El orgasmo necesita la sordidez, de allí viene. Todos los seres humanos somos hijos de ese momento. (…) Siempre has comparado a las mujeres. En las diferencias entre ellas reside la plenitud. Cómo hablan. Cómo besan. Cómo se ríen. Cuánto miden. Cómo tienen el pelo. Cómo escriben, la calidad de sus letras. Cómo respiran. Cómo se duchan. Cómo se lavan el culo en la ducha. Cómo se ponen el sujetador. Cómo duermen. Cómo leen. Cómo se corren. Cómo se pintan. Cómo se cepillan los dientes. Cómo se ponen las bragas. Millones de diferencias. Todas son distintas. Saber ese millón de diferencias es el conocimiento, el verdadero conocimiento, el único que otorga la felicidad, la alegría, la fuerza y la plenitud.

Por otro lado, Ester es la reencarnación del mal hecha hembra; como le dice su amante Víctor “una guarra hijodeputa”, definición que ella acepta sin paliativos:

—Soy una guarra, sí. Me encanta ser una guarra. Pero no lo voy a ser contigo. No quiero. No me da la gana. Estás casado —contestó Ester con un tono sádico que la excitó muchísimo, quería humillarlo, quería que sufriera.

Como la mantis religiosa, ella necesita de los hombres para sentirse poderosa, o simplemente para causarles el mal por puro placer, por puro egocentrismo, por humillarlos hasta extremos insoportables.

El sexo como desmesura

La historia de la buena literatura erótica -recalco lo de buena– está plagada de ejemplos en los que el sexo no es como se concibe normalmente, sino que tiene un punto de desmesura, de salvaje. En esta misma página hemos comentado novelas como Historia del ojo de Georges Bataille , Las once mil vergas de Apollinaire , o La filosofía en el tocador de Sade.

Manuel Vilas toma esa tradición de la buena literatura erótica y la convierte en una novela desmesurada, en la que el único objetivo de los dos protagonistas es tener sexo, sin medir las consecuencias para los demás, ni siquiera para sí mismos, porque en toda desmesura hay corrupción y decadencia.

No vamos a desvelar, naturalmente, el resultado del encuentro entre Ester y Víctor Dilan, los dos grandes depredadores del sexo frente a frente. Sí diremos que en sus otras aventuras sexuales, ocurridas en el pasado, o en el propio presente, despedazan a sus víctimas, e incluso Ester cuenta a los hombres con los que se ha acostado: exactamente 399, un número agónico según su amante Víctor Dilan, puesto que el poeta Jaime Gil de Biedma, en un poema inolvidable, escribió:

Para saber de amor, para aprenderle,

       haber estado solo es necesario.

            Y es necesario en cuatrocientas noches

            —con cuatrocientos cuerpos diferentes—

            haber hecho el amor. Que sus misterios,

            como dijo el poeta, son del alma,

            pero un cuerpo es el libro en que se leen.

A lo que añade Víctor Dilan en la novela:

Allí, en ese poema, se habla del «dulce amor», pero es una mentira piadosa. Los cuatrocientos cuerpos sí son ciertos, es la medida precisa. No sabíamos la cantidad, hasta que se publicó este poema. Podíamos pensar que veinticinco eran suficientes. O tal vez tres. O tal vez uno. O tal vez cinco mil. O tres mil doscientos veinticinco.

Nadie sabía la cantidad, era un misterio de la especie, hasta que llegó este poema y reveló la cantidad: eran cuatrocientos. No es una cantidad simbólica. No es una cantidad cabalística. No es una cantidad literaria. Es matemática. Es precisión. Es iluminación. Es ciencia. Gil de Biedma escribió un poema científico porque él no era un poeta sino un hombre de ciencia y halló el número perfecto: cuatrocientos.

Naturalmente, Víctor Dilan será el amante número 400 de Ester. La lista de Ester comenzó solo hace 5 años.

El sexo como espiritualidad

«Jesucristo es el gran seductor del mundo; él quería el amor de toda la especie humana. No se conformaba con dos o tres mujeres. Quería que lo amasen todos los hombres y todas las mujeres. Exige y pide amor. Nos han vendido sólo una parte del mensaje de Cristo, porque el amor incluye el sexo«. Esto lo declara Manuel Vilas, no su personaje Víctor Dilan.

Manuel Vilas tenía que pensar así para escribir una obra tan incalificable como ésta, en la que lo mismo equipara a Jesucristo con Casanova como los dos grandes seductores de la historia, que echa la culpa al capitalismo (y su consecuencia, el matrimonio) de mostrar una visión sórdida y carente de imaginación del sexo.

El escritor aragonés ha calificado, como hemos dicho, su obra de novela porno, pero precisamente es todo lo contrario. La pornografía, otro fruto del capitalismo, de los países avanzados, es sexo sin alma, sexo patético, copular por el hecho de copular, una y otra vez hasta el infinito siempre de la misma manera.

Ante eso, Manuel Vilas propone otra forma de entender el sexo, mucho más espiritual. La respuesta -aunque pueda parecer mentira a los lectores de esta reseña- es la novela El luminoso regalo, un lujo literario que no es fácil de entender si se tiene estrechura de miras. Recordemos: el capitalismo, Jesucristo, la pornografía, la corrupción, el poder, el mal, el amor, la seducción, el engaño, el sexo en estado puro. De todo eso trata esta novela que no calificaría de erótica sino de existencial.

El luminoso regalo. Manuel Vilas. Alfaguara

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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