Elogio de la madrastra. Mario Vargas Llosa: Inocencia y seducción

Elogio de la madrastra. Mario vargas Llosa. reseña de CicutadryEl erotismo forma parte fundamental de la obra de Mario Vargas Llosa y muchas son las novelas en las que, de una forma u otra, aparecen temas o escenas sexuales cuando no es la base principal de la trama. No obstante, fue en 1988 cuando decidió escribir una novela erótica en el más estricto sentido de la palabra, y no una novela erótica cualquiera, sino una obra transgresora, imaginativa y poco reverente a la que tituló Elogio de la madrastra.

En un principio la crítica fue condescendiente con el libro en el sentido de darle el beneplácito a lo que se consideró una obra menor dentro de su producción. Sin embargo, la novela ha ido creciendo en estimación con los años (cosa que suele ocurrir a las obras maestras) y a estas alturas podemos considerar Elogio de la madrastra como la mejor novela erótica escrita en castellano.

Y eso que el tema elegido por el autor peruano era cuando menos «escabroso»: la relación sexual entre una madrastra y su hijastro, un niño cuya edad no se indica en el texto, pero que intuimos que no llega siquiera a la adolescencia. Para ello, Vargas Llosa empleó lo que mejor sabe hacer como maestro de las letras: utilizó todos los recursos narrativos a su alcance para que, en la brevedad del texto, la incómoda relación sexual se «diluyera» entre otras historias de interés, de modo que sirvieran para crear el ambiente propicio que hiciera verosímil y admisible una relación erótica que, en principio, repugna al lector actual.

Como es habitual en él, dividió la trama en tres historias, siguiendo la técnica de «los vasos comunicantes», que él utiliza como nadie. En primer lugar se encuentra la relación entre don Rigoberto, viudo y padre del singular e inocente Fonchito, y Lucrecia, una mujer sensual con la que se casó no hace mucho tiempo.

Don Rigoberto es un personaje que le salió perfecto a Vargas Llosa. De hecho lo ha utilizado en dos novelas más. Este amable, educado y rijoso empleado de una compañía de seguros es ese tipo de hombre que todos quisiéramos ser o que muchas mujeres desearían como pareja: inteligente, culto, recto, limpio, ordenado, buen padre, buen trabajador y muy enamorado de su esposa. Mantiene una disciplina ejemplar en todo cuanto hace, incluida su actividad sexual, que bien lejos de caer en la monotonía conyugal, renueva cada día con una imaginación prodigiosa y un sentido de lo que realmente es el erotismo que para sí quisieran la mayoría de los humanos.

Esa imaginación se ve traducida en la segunda vertiente de la historia: sobre determinados cuadros que vienen ilustrados en la novela, monta unas escenas sensuales y ricas en detalles morbosos, que cuenta a su querida Lucrecia en la cama antes de hacer el amor con ella. Estos capítulos son sorprendentes, porque nadie podría pensar que de un cuadro de Jordaens o de un complejo óleo de Francis Bacon pueda extraerse erotismo alguno, cosa que don Rigoberto logra con especial esmero.

Dejamos para el final la tercera historia paralela, el punto fuerte de la novela: la relación entre Fonchito y su madrastra, y lo digo en este orden porque Vargas Llosa, muy astutamente, nos hace ver la relación desde el punto de vista de Lucrecia y con ello contribuye a la ambivalencia de los sentimientos, tanto de la mujer como los del niño.

Para darle mayor morbo, reviste a Fonchito de las cualidades de cualquiera de los angelitos que aparecen por doquier en los cuadros religiosos, esos amorcillos de cara inocente y mofletuda, esos pequeños cupidos que presencian el amor de los amantes embriagados o esos angelotes sin sexo de rizos dorados que acompañan a vírgenes y diosas.

Una de las mayores alegrías de Lucrecia es haber conseguido que su hijastro la quiera como una madre. No hay más que leer las cartas tiernas y amorosas que Fonchito le escribe, las espléndidas notas del colegio que a ella le dedica, los besos y abrazos con que se funde con ella a la menor ocasión. Es una delicia de niño, una criatura que cautiva por su inteligencia y su cariño.

Este cariño corre paralelo al fervor que siente don Rigoberto por Lucrecia. Ella desde luego no se puede quejar: ha entrado en una casa ajena, en una familia ya hecha, y la tratan como a una reina, como a una diosa. No puede sentirse más querida y más deseada. Elogio de la madrastra es un canto al amor y al erotismo, perfectamente integrado en una maraña de sentimientos, relaciones sociales y culturales, cotidianidad y deseos.

Vargas Llosa eligió la libertad creativa de un verdadero escritor para campar a sus anchas por un tema difícil de plasmar literariamente (las novelas eróticas suelen ser de muy baja calidad artística) y se lo puso más difícil todavía con ese pimpollo que no sabemos si es inocente o «juega» con las reacciones de los adultos ante ciertos hechos (el nacimiento del deseo sexual de un impúber) que son imposibles de prever y complicadas de manejar.

La cuestión es que el escritor peruano pone sobre la palestra la atracción (sexual o no) que un niño puede sentir por la mujer que más cerca tiene, en este caso, su madrastra. El erotismo es la forma con que se relacionan las personas como seres sexuados, y en la mayoría de las familias, ese erotismo que tarde o temprano aparece en niñas y niños pasa como de puntillas por la historia familiar, como un huésped indeseado al que preferimos no prestar atención.

Pues bien, Vargas Llosa nos pone la mirada de frente hacia este hecho «incómodo», pero como no podía ser de otra forma, lo hace de una manera ambigua, soterrada y a la vez bella y hermosa, que conecta de forma un tanto misteriosa (pero verosímil) con la sexualidad de los adultos, sobre todo cuando estos no viven entre prejuicios a este respecto y llevan una vida sexual plena y dichosa.

El autor peruano invita al lector a entrar en su «trampa» narrativa, identificando erotismo y felicidad. No es que en la realidad no sea así, sino que Vargas Llosa utiliza evidentemente su artillería pesada para envolver al lector en un ambiente placentero, feliz, grato a la espera de que éste se convenza de que así es la vida. De ahí dos extraños capítulos que interrumpen de alguna manera la trama y que describen con minuciosidad casi repelente las costumbres y el tiempo que don Rigoberto invierte en su maniática higiene personal diaria. La limpieza de sus orejas, el aseo de los agujeros de su nariz o el escrupuloso vaciado de sus intestinos, indicando hasta el número de deyecciones que habitualmente salen de su ano, son el contrapeso argumental un tanto sucio (aunque paradójicamente se trate de higiene) a la blanca, inmaculada felicidad que se vive en el seno familiar.

Naturalmente, estos episodios no están ahí por casualidad, como no es casualidad que los lienzos que va describiendo don Rigoberto sean cada vez más abstractos, hasta llegar a una composición de manchas y colores del pintor Fernando de Szyszlo. Todo está medido al milímetro, cada capítulo, cada párrafo va encaminado hacia un final sorprendente sin que por ello la historia se aparte de su objetivo principal, ya que la novela rezuma erotismo en cada página aunque no haya ni una sola escena sexual explícita, porque como muy bien sabe Mario Vargas Llosa, la sensualidad es mucho más poderosa cuando solo se insinúa que cuando se muestra abiertamente.

Elogio de la madrastra. Mario Vargas Llosa. Tusquets.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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