En la jaula. Henry James: Lo que ella sabía

17.enlajaulaSon contados los escritores que hayan hecho tanto con tan poco. Henry James fue un maestro en aprovechar determinados recursos narrativos difíciles de manejar que, cuando otros autores se han atrevido a utilizar, los resultados no han sido siempre satisfactorios.

En las pocas novelas cortas que Henry James escribió a lo largo de su vida es donde mejor puede apreciarse esta maestría: me refiero, por un lado, al uso de la elipsis, del sobreentendido, de la sugerencia y del oscuro suspense mantenido sobre escasísimos elementos, y por otra parte, a la elección idónea del punto de vista para que esos recursos resulten eficaces y brillantes. Cuando escribió En la jaula (1898), el escritor ya había transitado con éxito por tan arriesgado camino, que con el tiempo se convertiría en su particularidad estilística más representativa.

La anécdota sobre la que reposa la historia no puede ser más trivial: una joven de extracción pobre trabaja en la oficina de correos del exclusivo barrio de Mayfair, encargada de tramitar los telegramas. Todos los días pasan por sus manos cientos de mensajes, miles de palabras que debe contar, cobrar y transmitir.

Los usuarios que suelen enviar los caros telegramas son personas pudientes, de cierta clase elevada y un amplio círculo social que utiliza este medio rápido para concertar citas, cerrar tratos o realizar cualquier tipo de encargo. Entre estas distinguidas personas, un apuesto caballero atrae la atención de la joven, el capitán Everard.

La anécdota podría quedar aquí y cualquier otro escritor desarrollaría un romance más o menos complejo entre la joven humilde y el rico militar basado en aquello de que el amor no tiene límites. Pero Henry James tenía su propio mundo, siniestro y confuso, donde los silencios son más importantes que las palabras y los actos más esquivos que explícitos.

Esta joven -cuyo nombre nunca conoceremos- tiene, a través de esa mirada aviesa de James, la llave de muchos secretos, de los movimientos y las intenciones de una serie de personas relacionadas entre sí en el exterior de una manera que no tiene por qué ajustarse a una verdad ya que, sin embargo, la joven lee cada día la realidad de dichas relaciones, uniendo y entrelazando la oculta intimidad que une o enfrenta destinatarios y remitentes, y su posible repercusión sobre terceras personas.

Hay una especie de malicia en la forma de pensar de la joven, pero esa malicia no tiene por qué ser negativa, sino que pasada por el tamiz de su personalidad humilde y comprensiva, alcanza ciertas dosis de inocencia. Ella sabe, sabe mucho, y podría usar ese conocimiento para fines indignos, o aunque sea, para servir de comidilla dentro de su mínimo círculo de amistades, entre las que sobresale su prometido, que trabaja junto a ella pero que desconoce las ensoñaciones de su novia.

Aunque narrada en tercera persona, el acertado punto de vista elegido por Henry James –la modesta oficinista- enriquece la trama de una forma insospechada. Es incisiva y sagaz como quizás no pueda serlo un hombre, y pronto descubre que una de las clientas que habitualmente pasa por su jaula a veces se llama Cissy, a veces Mary, y finalmente Lady Bradeen; que esta misteriosa dama tiene algún tipo de relación secreta con el capitán Everard, y que tiene motivos para pensar que serán descubiertos, gracias a los textos de otros telegramas que tramita.

Ella, para los demás, es un buzón, y el gran acierto de James es hacernos ver que ella puede desdoblarse, y si bien desde un ángulo, digamos obtuso, no representa más que unas manos que cuentan y cobran, desde otro ángulo más amable es una mujer con sentimientos que sabe permanecer en su lugar con la discreción propia de ese buzón que aparenta ella misma ser ante su clientela. La sorpresa le llegará de la mano del capitán Everard, porque observa que él se demora especialmente en la oficina, como buscando el momento en que ella queda libre para enviar su telegrama; es decir, que puede ser que para él tenga una identidad personal que le resulte atractiva. Eso le lleva a tener a veces la impresión de que él está de su parte, haciendo lo posible por ayudarla, por apoyarla, por salvarla.

Este hecho dispara su atención y le hace compartir una especie de experiencia secreta con el caballero cifrada nada menos que en la felicidad de ambos, pero no como una futura pareja –el amor entre ellos sería más bien un impedimento-, sino algo más íntimo que le lleva a vivir una doble vida dentro de la jaula, en la que conforme pasan las semanas habita más en el mundo de las conjeturas y las visiones fugaces, frente a un panorama prodigioso alimentado de hechos y de cifras.

¿Qué es lo que la joven sabía? Pues para el lector quedará en el mismo mundo de conjeturas que para el resto de los personajes porque Henry James, el maestro de lo implícito, no lo va a mostrar más allá de los actos de la joven, que un día la lleva a pasearse por delante de la casa donde vive el capitán y, aunque le pilla a trasmano, se convierte en parte del trayecto de vuelta a su hogar.

La escena clave, donde descansa todo el poder fascinante de esta novela, es el momento en que él la descubre por primera vez en la acera frente a su casa y se acerca a ella. Ese conocimiento, esa fugaz relación fuera de la jaula, que no pasará de un paseo hacia un parque para terminar sentándose en un banco, está descrita con delicadeza y una clara noción de la realidad de los jóvenes, puesto que parten desde la conciencia de que se encuentran, también en el exterior, en jaulas distintas, y si él ha redimido su aburrida vida con su atención particular allá donde ella no es nada, la joven estará dispuesta a ayudarlo en un peligro que sobreentienden los dos, pero no el lector, ajeno completamente a esa experiencia particular a la que sólo tienen acceso ellos.

La fama de escritor oscuro que tiene Henry James se cultivó con novelas como ésta; pero cuando se termina su lectura y se deduce lo que finalmente ha ocurrido, eso que los dos jóvenes tramaron en el banco de un parque con palabras indescifrables fuera de sus particulares experiencias, se comprende que el escritor norteamericano no escamoteaba información al lector por una especie de capricho o forma aviesa de dislocarlo, sino que el lector forma parte de la trama, es otro espectador como los ricos que pasan por la jaula para poner sus telegramas o los compañeros de trabajo que ven a la joven despachando desde su asiento, y como tal espectador puede sacar sus conclusiones con los pocos materiales que la realidad generalmente da para la comprensión de las cosas.

Nadie va a saber, al menos explícitamente, lo que la joven hará por el capitán, tal vez ni siquiera él, porque nosotros, los lectores, intuiremos en qué ha consistido ese acto de salvación a través de una pasajera conversación de la joven con otra mujer.

Henry James ha vuelto a hacerlo: como si su novela fuera uno de esos telegramas que diariamente se envían desde una oficina de correos, se ha limitado a escribir las palabras claves para que tenga sentido el mensaje y serán los demás, tanto personajes como el propio lector, los que deben llenar esos huecos para llegar a la total comprensión de las frases, de los hechos, de lo que la joven sabía.

En la jaula. Henry James. Alba Editorial

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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