Erica y sus hermanos. La Garibaldina. Elio Vittorini

Los mejores cuentos de terror son los cuentos infantiles. A los niños les excita el miedo, la crueldad: un lobo se come a una pobre vieja inválida y más tarde a su nieta; una madrastra le pide a un cazador que le arranque el corazón a una niña; unos padres abandonan a todos sus hijos en un bosque perdido, de noche, para que se los coman las alimañas. En “Erica y sus hermanos” (1936) unos padres también dejan solos a sus hijos en un pequeño pueblo de Sicilia. En él no hay animales salvajes, sólo vecinos murmuradores, que juzgan y condenan.

No tuvo que imaginar mucho Elio Vittorini (1908-1966) para situar la acción de esta novela corta en un ambiente de penuria económica. Estamos en Sicilia, en el período entreguerras. El hambre asola a la población, que malvive con muy pocos recursos, con unas cuantas liras al mes. Las noticias sobre despidos acallan cualquier conversación familiar; es mejor no hablar del asunto, cualquier día tú puedes ser el siguiente. El padre de Erica, una niña de 14 años, lo sabe; finalmente lo confirma. Tendrá que buscarse la vida en otros lugares, lejos, como los cíngaros, viviendo como un nómada, echando una mano donde lo acepten sólo para sobrevivir.

Mientras, la madre maldice su mala suerte: no la mala suerte de su marido, sino la de haberse quedado preñada de tres hijos, porque ella quiera vivir sola con su esposo, allá donde vaya, correr su misma ventura, sentir su cuerpo todas las noches en la cama. En secreto se escribe con él, aunque algo de ello sabe Erica, que ve a su madre entristecerse, desesperarse, decidirse finalmente a acudir en busca de su hombre, sin ellos, los hijos. Pero ella no es una mala madre: le deja a Erica todo lo necesario para salir adelante durante unas semanas: carbón, petróleo, harina para hacer polenta, aceite, algunas liras.

Sólo se le olvida contestar a las cartas de Erica, que va contándole cómo se le van acabando las provisiones, cómo llega el invierno y apenas tiene carbón para calentarse, petróleo para iluminar la única habitación de la casa, cómo dejan de venderle fiado en las tiendas porque ya no le queda una sola lira para comprar. “Querida mamá” le escribe en unas cartas inocentes, igual que habla al oído una enferma, con una leve esperanza de que todo se arregle cuando ella vuelva. Pero a la madre también se le olvida regresar.

Un clima de miseria moral comienza a envolver la historia. Un día desaparece la poca harina que le quedaba; las vecinas también pasan hambre, pero son compasivas y alguna le lleva polenta para un par de días, tal vez la más sospechosa de todas, que le ofrece un trabajo de sirvienta en su casa. ¿Con qué dinero le va a pagar? Tiene dos hermanos que atender, ni un mendrugo de pan con que alimentarlos. Erica se muestra orgullosa, devuelve la polenta rodeada de miradas y voces, de voces que miran, de miradas que hablan, atentas, sombrías, calculadoras, pendientes del fatal desenlace de Erica y sus hermanos, sin sospechar su triunfo por encima de la caridad miserable, su inopinada aparición como una Santa María Egipcíaca que entrega su juventud sin conciencia de pecado.
Me ha gustado mucho “Erica y sus hermanos”, novela neorrealista que se anticipa al neorrealismo, inconclusa por culpa de la Guerra Civil española, muy distinta de “La Garibaldina” (1950), otra novela corta de Vittorini, ahora sí, escrita según los axiomas del realismo de posguerra: las emociones y los pensamientos de los personajes sólo se muestran a través de sus manifestaciones externas. Pero no nos encontramos ante un realismo chato, cerril: la Garibaldina es un personaje inolvidable, propio de los mejores cuentos de hadas, y casi como tal aparece ante un soldado que viaja junto a la anciana señora en el mismo tren, en un compartimiento forrado con terciopelos rojos y grandes cortinas pesadas, acompañada por un gran perro al que llama don Carlos. Es imprevisible, soberbia, contradictoria, majestuosa. De ella estuvo enamorado Garibaldi cuando tenía 15 años, o al menos eso es lo que cuenta, pero no importa si es mentira. Todos los que la rodean se dirigen a ella como si fuera verdad, luego es posible que sea verdad. Una mujer de su rango necesita un asistente, y el pobre soldado, al que ella bautiza con el preciso nombre de Innocenzo, le servirá para bajar las cuatro maletas con las que viaja, para que pueda ver con sus propios ojos el gran coche que le espera en la estación, con un cochero de librea en su pescante, como sacado también de ese cuento de hadas que ella va construyendo conforme habla con el soldado durante el interminable viaje en tren.

Aunque también es posible que nadie la espere en la estación, que nadie la ayude a llevar las maletas hasta su palacio, a no ser que el muchacho se preste a hacerlo en la noche cerrada, sin apenas luces, por un camino en el que las sombras espesan a las sombras. En ese momento, el relato se vuelve memorable, fantasmagórico: la anciana desaparece en una plaza, deja al soldado solo con los cuatro bultos y comienza una especie de suspiro colectivo, murmullos que proceden de los balcones oscuros, voces desconocidas que hablan y hablan al soldado de la vieja señora, de la soledad y el desamparo, de la vieja Sicilia. Un mundo onírico que no desaparece ni siquiera cuando empieza a amanecer y un grupo de jornaleros se burla de él sin razón aparente, lo humilla, lo maltrata. Para finalizar este excelente cuento de hadas que Vittorini imaginó después de la guerra, la Garibaldina aparece a caballo, “con un negro cansancio alrededor de los ojos, descuidada aunque fuera cubierta de collares, pero maravillosa precisamente porque aceptaba ser, y no buscaba de ninguna manera no ser, vieja”. Pocas veces podemos encontrar un personaje tan matizado en su exuberante vitalidad, tan luminoso, tan mediterráneo.

Erica y sus hermanos. La Garibaldina. Elio Vittorini. Seix Barral, 1983

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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