Rey y Patria. Joseph Losey. 1964.

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Parece inevitable que cuando se habla de una película tan desconocida para el público mayoritario como Rey y Patria (King and Country, 1964) se haga referencia a otra más conocida y elogiada, Senderos de gloria, al menos por cuanto las dos películas abordan el mismo tema en un contexto idéntico, aunque a mi entender paren ahí las semejanzas, puesto que la concepción expositiva y la propia historia diría que son radicalmente opuestas.

Rey y Patria trata el caso de un soldado inglés que lucha en la Primera Guerra Mundial y que es acusado de desertor, por lo que se forma un consejo de guerra para juzgarle por traición. El soldado Hamp, después de tres años de servicio en un ejército al que se apuntó voluntario, y en medio de una de las más crudas batallas de la guerra, Passchendaele, decide irse caminado del lugar donde se encuentra su batallón, en dirección a Calais. Es decir, desde el principio sabemos que Hamp desertó efectivamente y que su juicio es por tanto procedente.

Lo que plantea Losey es si ese juicio es justo, si la ley no debe humanizarse en circunstancias tan radicales como son los terrores vividos en el frente de batalla. El capitán Hargreaves (un inconmensurable Dick Bogarde) se ocupará de la defensa del soldado, pero no como un acto de piedad o de convencimiento de la injusticia que se está produciendo, sino sólo como un deber, puesto que ha sido elegido para ello.

Por otra parte, con una serie de matices interpretativos muy convincentes, Tom Courtenay en el papel del desertor Hamp nos ofrece una imagen poco épica del soldado, no exactamente cobarde pero sí vulgar: Hamp es una persona normal y corriente, poco espabilado si se quiere, de cortas luces, el perfecto soldado que se alista en un ejército para participar en una guerra que ni le va ni le viene, bajo las presiones de su mujer y su suegra, y auspiciado por el triste hecho de que pensaba que en la guerra no le iba a ir peor que en su oficio de zapatero.

Para quien no sepa o no recuerde la película diremos que el tratamiento cinematográfico que utiliza Losey es el de un naturalismo avasallador. No hay una sola escena de guerra; no aparece el enemigo; no hay ninguna bala ni un cañonazo; apenas aparece la trinchera; no hay ni buenos ni malos. Lejos de la música de fanfarria o los estruendosos tambores, el sonido de una harmónica es la única banda sonora de la película (Secuencia: Títulos de crédito). La película transcurre casi en su totalidad en la celda del acusado y en la lúgubre estancia donde se desarrolla el consejo de guerra. No hay imágenes impactantes, no hay apenas movimientos de cámara, pero sí hay bellas composiciones en los encuadres en los que siempre hay un afán expresivo más allá de los diálogos.

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Lo que en el film de Kubrick hay de enfático e incluso de efectista, en el de Losey se traduce en contención y un consciente laconismo. No hay grandes discursos, ni siquiera dramatismo. Que se esté cometiendo una injusticia no es una cuestión planteada por los personajes sino una conclusión a la que puede llegar o no quien vea la película.

Joseph Losey apela a la inteligencia del espectador y no le ofrece nada en bandeja, no destaca ninguna escena. Eso sí, hay un esfuerzo didáctico bastante pronunciado que tal vez extrañe en algunos momentos por su ingenuo simbolismo pero que el realizador norteamericano quiso utilizar a modo de subrayado. Hay muy pocas secuencias fuera de lo que es el juicio sobre la deserción. Sin embargo, esas secuencias transcurren paralelas a la acción y le dan mayor realismo a lo que observa el espectador: mientras vemos el drama del soldado Hamp, el resto del batallón, aburrido y embrutecido, se dedica a matar ratas de la manera más brutal que pueda imaginarse, o cuando no están a la caza de ratas se encuentran quitando barro del pasillo de la trinchera, cocinando o limpiando letrinas. Cualquier cosa menos luchar como soldados.

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Ya digo que son muy pocas las secuencias que se salen de la historia principal pero que sirven como anticlímax de una situación pobre de solemnidad, porque aunque pueda parecer mentira a quien haya visto el film de Kubrick, los consejos de guerra se harían presumiblemente así, sobre el terreno, por los oficiales que estuvieran en ese momento al cargo del batallón y de una forma modesta y rápida, limitándose a aplicar la ley militar en el caso de que pensaran que se infringía la norma.

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Por eso, en esta película el acusador no tiene maldad alguna aunque piense que debe castigarse a quien trata de evitar la guerra por una causa -la enajenación mental o la neurosis de guerra- por la que el resto de los soldados podrían acogerse en masa y sin embargo no lo hacen. Por su parte, el defensor se aferra a esa posible neurosis de guerra por aferrarse a algo, porque en la simpleza del soldado y del propio acto de la deserción no hay argumentos en los que pueda ampararse ni, lo que es peor, pueda sostener firmemente que sean atenuantes del caso. El capitán Hargreaves defiende al acusado porque tiene que defenderlo, y de hecho en las primeras secuencias del film vemos su infructuoso interrogatorio al soldado Hamp, donde no hay nada donde agarrarse, ni posibles pruebas documentales o testificales, ni nada más que la palabra del soldado que, además, no colabora en absoluto puesto que ni siquiera él piensa que haya una neurosis detrás de sus actos. Simplemente, tuvo miedo y se fue (Secuencia: Interrogatorio).

Frente al impacto de las imágenes de Kubrick está la poesía de algunas escenas de Rey y Patria, siempre remarcadas por el claroscuro, presentadas al espectador con sobria profundidad (Secuencia: Comienzo). Entre ellas destaco los momentos anteriores al fusilamiento en la celda del acusado, donde es acompañado por el resto de sus camaradas que, caritativamente, le llevan el poco ron que queda para emborracharse entre todos, ya que ellos al amanecer del siguiente día irán al frente. Hay en particular una escena que me gusta mucho: un compañero coge al soldado Hamp en su regazo, ya medio inconsciente por la bebida, y le consuela con pobres palabras formando lo que en escultura se llama una Piedad.

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Sin embargo, muy poco después, juegan todos a la gallina ciega con ese compañero que será ejecutado en breve tiempo y al que tratan con una burda zafiedad de patio de correccional. La última escena de la película, entre Dick Bogarde y Tom Courtenay, de una belleza conmovedora, contiene y concentra toda la compasión que se encuentra reprimida a lo largo del metraje,

Aquella energía denunciadora del coronel Dax interpretado vigorosamente por Kirk Douglas se convierte en los gestos de Dick Bogarde en delicadeza y distancia a la vez.

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Todo el dramatismo de los soldados franceses que serán ajusticiados por puro azar en el film de Kubrick es simpleza y vacío en la cara de Tom Courtenay. Ni siquiera llora cuando le comunican el veredicto. En un picado revelador, se ve al soldado caer de rodillas en su celda, absolutamente solo, igual que lo están los oficiales y los soldados, porque eso es lo que hay por encima de todo en esta película de Losey: soledad y vacío, un vacío que deja sin palabras.

Tráiler de Rey y Patria.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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