La tempestad de Shakespeare

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Resulta admirable que en pleno siglo XXI persista el interés por representar obras del teatro clásico. Digo esto no para denostar las obras clásicas, sino todo lo contrario; lo que sucede es que me parece casi increíble que en una época en la que el público parece rechazar invariablemente todo lo que huela a antiguo, haya grupos teatrales que se atrevan a montar estas obras. Aventurarse en una obra de teatro o cinematográfica ya es por sí mismo todo un acto de heroísmo. Por esa razón deseo destacar lo que sin duda alguna considero una apuesta valiente que hay que agradecer, porque nos estamos acostumbrando a vivir en un mundo en el que cada día que pasa supone la renovación sistemática de cualquier cosa, dejando desfasada la que el día anterior aún conservaba su vigencia. Desde esa perspectiva, una película rodada hace dos años pasa a ser considerada “antigua” y, a consecuencia de ello, falta de interés. Para poner fin a esta digresión, diré que recientemente he tenido la fortuna de poder asistir a una representación teatral de todo un clásico, nada menos que una obra de William Shakespeare, y nada menos que La tempestad, es decir, la última obra teatral que el genio inglés creó antes de retirarse del mundo de la farándula.

Quizá por aquel principio que dice que hay que «renovarse o morir», la compañía teatral «Barco Pirata«, encargada del montaje de esta obra bajo la magnífica dirección y adaptación de Sergio Peris-Mencheta, han logrado crear una versión de La tempestad muy original, en la que se combinan elementos muy actuales con ciertos detalles escenográficos que evocan lo que debía ser habitual en la coreografía de otros tiempos, cuando los recursos eran mucho más limitados. En la puesta en escena, por poner un ejemplo de esta contraposición, se utilizan pequeñas cámaras digitales que se proyectan en una gran pantalla al fondo del escenario al mismo tiempo que se utiliza una gran lona de plástico y un ventilador que la agita para sugerir el movimiento de las olas en el mar. Hay muchísimos elementos que hacen este montaje sumamente atractivo, y por comenzar con un par de ejemplos, mencionaré la intervención de tres músicos, que al mismo tiempo interpretan como una curiosa trinidad el papel de Ariel (el espíritu esclavo de Próspero que le ayuda a éste en su plan de venganza), o la simplificación del decorado en el que una simple escalera juega múltiples usos escenográficos.

La versión de La tempestad realizada por «Barco Pirata» comienza y se desarrolla como un juego milimétricamente planificado, sobre todo, para el más puro deleite y entretenimiento. Cuando el espectador entra al patio de butacas, el telón está abierto y los actores deambulan de un sitio para otro hablando entre ellos con naturalidad, interpretando sus propios papeles no ya como personajes, sino como actores que están ensayando y preparando su función. El juego, un tanto pirandelliano, que nos proponen es que estamos asistiendo a una especie de ensayo de representación de la obra del gran Shakespeare. Existe un giño al teatro de aquella época y es que todos los papeles, incluso el femenino (Miranda, hija de Próspero), son representados por intérpretes masculinos. De hecho, cada actor en esta obra representa a dos personajes de La tempestad (tres, si incluimos el rol de actor o director de escena). A medida que la obra iba avanzando, sentía verdadera curiosidad sobre cómo se iban a resolver ciertas escenas de La tempestad en las que coinciden personajes que en la función están representados por el mismo actor, y de nuevo me sorprendió gratamente la resolución.

A estas alturas, por si aún no se han percatado, casi sobra decir que la representación me pareció magnífica y me entusiasmó. Todos los actores, sin excepción, estuvieron soberbios, y la versión, con todo su atrevimiento, me pareció sencillamente genial. Cierto es que con un texto de Shakespeare como base, interpretado por actores con tan buen oficio, resulta complicado imaginar que el resultado pudiese haber sido una pifia, pero aun teniendo en cuenta que los actores eran estupendos y el texto sublime, el resultado fue inmejorable.

Para resumir un poco el argumento, La tempestad trata de cómo Próspero (Victor Duplá), el antiguo duque de Milán, planea vengarse de su hermano Antonio (Victor Duplá), que años atrás conspiró para expulsarlo del ducado y ocupar su lugar. Próspero y su hija Miranda (Quique Fernández) son abandonados en una barca y van a parar a una isla de la que se adueñan convirtiendo al deforme Calibán (Javier Tolosa) en su esclavo. En esa isla viven durante quince años, tiempo que Próspero aprovecha para, con sus conocimientos de magia y con la ayuda del espíritu Ariel (interpretado en terna por Antonio Galeano, Pepe Lorente y Eduardo Ruiz), urdir una trama de venganza que hará que la embarcación en la que viajan su hermano Antonio, el rey Alonso (Javier Tolosa), su hermano Sebastián (Agustín Sasián) y su hijo Ferdinand (Xavier Murúa), sea sorprendida por una tormenta que hará que naufraguen en la isla y propicie el anhelado encuentro entre Próspero y Antonio. Para ejecutar su plan, Próspero se vale de la ayuda de Ariel, una especie de genio que le sirve como esclavo y a quien le ha prometido la libertad a cambio de colaborar en su plan.

La traición, la venganza, la crueldad, las conspiraciones, o el ansia de poder, son algunos de los temas que aparecen en esta obra. Como sucede en todo el teatro de Shakespeare, son estas temáticas universales las que permiten que todas sus obras, por antiguas que sean, conserven intactas su vigencia y sigan interesando al gran público. En este caso, la sorpresa de la obra radica en que Shakespeare no quiso enfocarla de un modo totalmente dramático y le da un giro final que deja una puerta abierta a la esperanza, a la reconciliación y al perdón y, cómo no, al amor. La tempestad nos muestra a un Shakespeare inusualmente optimista, quizá debido a un deseo de que su obra postrera fuese un canto a la vida. El monólogo final de Próspero, contiene una de las frases más hermosas que se han escrito nunca: «Estamos hechos de la misma materia que los sueños. Nuestro pequeño mundo está rodeado de sueños«. Yo les invito a soñar asistiendo a este espectáculo de La tempestad. A fin de cuentas, ¿qué es el teatro sino una ilusión que nos permite, aunque sea momentáneamente, soñar? Es verdad que cuando abandonen el patio de butacas y salgan a la calle estarán de vuelta en la realidad, pero se habrán llevado consigo una sonrisa, y habrá merecido la pena.

La tempestad. William Shakespeare. Cátedra

Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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