La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza: (III) Cuando Barret se convierte en Savolta

09.Savolta_3Eduardo Mendoza nunca ha ocultado su afición a investigar en bibliotecas, hemerotecas y archivos a fin de documentarse para sus futuras novelas. Como él mismo ha indicado “creía y sigo creyendo que cuanto más sólida es la base real de un relato, más disparates te puedes permitir  luego en su confección. Y en La verdad sobre el caso Savolta hay muchas escenas inventadas, tan inverosímiles como absurdas, junto, pongamos por caso, a una carta que se conserva en el Archivo Fabra de Barcelona, y que yo copié literalmente.”

No es casualidad que el tema escogido por Mendoza para su primera novela fuera el período del pistolerismo anarco-sindicalista en Barcelona, dada la naturaleza del trabajo que estaba realizando el escritor en el momento de su concepción. Recordemos que Mendoza se hallaba recopilando documentación para un litigio por expropiación contra la empresa Barcelona Traction, Light and Power Company, limited, más conocida por La Canadiense, responsable del casi completo suministro eléctrico a Barcelona durante las primeras décadas del siglo XX.

Precisamente, contra La Canadiense se produjo en 1919 la primera huelga general obrera de la historia de España, que paralizó Barcelona durante 44 días, y en la que intervino de forma destacada la fracción anarcosindicalista, muy activa en aquella época. Este dato no le pudo pasar inadvertido a Mendoza, dado que su labor consistía en poner en pie la historia de La Canadiense desde su fundación hasta su cierre con cuantos datos documentales pudiera recoger en sus investigaciones. De ahí derivó hacia el interés de libros que trataran el tema del pistolerismo en Barcelona, colosal telón de fondo sobre el que se fundamenta su primera novela.

Movido por un rigor que le honra, Mendoza relacionó en una Nota al principio de la novela los cinco libros que le habían ayudado en su redacción como fuentes históricas (véase artículo anterior). Sin que el lector fuera consciente, Mendoza ya empezaba su novela con una broma teñida de seriedad puesto que las cinco obras eran prácticamente desconocidas y de casi imposible acceso para el público. Lo que no se ha sabido hasta mucho tiempo después es que en esas obras se contenía la base argumental de la novela y no sólo, como declaraba Mendoza en dicha Nota, “algunos pasajes de este libro (es especial de aquellos escritos en forma de artículos periodísticos, cartas o documentos)”.

El escenario novelesco que rodea la acción de la novela salta a la ficción de las páginas de La verdad sobre el terrorismo, una obra de Francisco de Paula Calderón: el personaje Savolta en realidad se basa en la vida y, sobre todo, la dramática muerte del industrial Josep Albert Barret, acaecida el 8 de enero de 1918, justo una semana después de la fecha elegida por Mendoza en su novela para señalar el asesinato de Savolta (el día 1 de enero de 1918). Atribuido en principio a elementos subversivos anarquistas dada la fama de hombre duro de Barret frente a sus operarios (al día siguiente del atentado, el diario anarquista Solidaridad Obrera titulará su crónica A cada puerco le llega su San Martín –véase el facsímil de la noticia más abajo reproducido), termina comprobándose que el asesinato fue instigado por un siniestro personaje al servicio del espionaje alemán en la Primera Guerra Mundial, el inspector jefe de la policía Manuel Bravo Portillo, con el fin de boicotear el envío de obuses al ejército francés, ya que Barret era propietario (como Savolta) de una fábrica de armas en la carretera del Port (como Savolta).

Lo más divertido del caso es que Mendoza se apoya para urdir su trama en fuentes absolutamente dispares que, sin embargo, dan como resultado una sucesión -y una presentación- de los hechos de lo más convincente. No me resisto a ofrecer, aun de forma somera, una relación de los mismos que, de por sí, me parecen interesantes:

Por un lado, el periodista y sindicalista de la C.N.T., Pere Foix, desentraña en su libro Los archivos del terrorismo blanco (1931) que el asesinato de Barret no se debió a un conflicto laboral como se quiso hacer creer en su momento, sino a la intervención directa del espionaje alemán. El desencadenante de los hechos fue una huelga en la empresa de armamento de Barret, promovida por un comisario de policía, Bravo Portillo. Para ello se ayudó de un confidente y trabajador de la fábrica, de apellido Ferrer, que levanta a los obreros con la excusa de rechazar el fin sangriento de las armas que ellos mismos producían (?). Al no ceder el industrial, es asesinado por agentes alemanes.

Si bien este hecho ya era conocido, lo más significativo de Foix es la cantidad y variedad de pruebas documentales que aporta en su obra y que sin duda fueron fuente de inspiración de Mendoza a la hora de presentar los hechos de forma fragmentaria (cartas entre los funcionarios de la policía, fichas policiales de sindicalistas), así como señalar la intervención fundamental de un confidente de la policía, el tal Ferrer, que en la novela tomará la apariencia del inefable confidente Nemesio Cabra Gómez, personaje clave de la obra.

Sin embargo, la influencia decisiva del libro de Foix sobre la novela aparece por el lado menos esperado: el comisario Bravo Portillo, el hombre sobre el que pivota la mayoría de la información utilizada por Mendoza, a pesar de no ser incluido en la novela. Según Foix: “El primer patrono que en Barcelona murió a consecuencia de un atentado [Barret] fue debido a Bravo Portillo quien ideó y planeó el hecho y cobró las pesetas”. El siniestro comisario también será el responsable del asesinato de un sindicalista, Pablo Sabater, alias el Tero.

Este hecho se conecta con el segundo de los libros utilizado por Mendoza, Origen y actuación de los pistoleros, del ex comisario de policía Manuel Casal Gómez, evidente trasunto del comisario Vázquez en el caso Savolta, ya que al igual que éste, Casal Gómez conoció los sucesos “por razón del cargo oficial que tuvo que desempeñar cerca de una de las autoridades que intervinieron directamente en tan bochornosos y escandalosos hechos”.

En el curso de la obra de Casal Gómez se narra de forma pormenorizada y, digamos, un tanto teatral, la muerte del sindicalista el Tero, al igual que Mendoza hará en la ficción con el atentado contra el sindicalista Vicente Puentegarcía García.

Así comienza el comisario Casal presentando a la víctima:

“Pablo Sabater (a) ‘Tero’, hombre de carácter levantado y austero, equilibrado y enérgico, de recta intención y clara inteligencia y además, de una probidad a toda prueba….”

Y así lo cuenta Mendoza, a través del temperamental artículo del periodista anarquista Domingo Pajarito de Soto:

“En el curso del conflicto que acabo de describir se había destacado entre los obreros un hombre llamado Vicente Puentegarcía García, hombre de carácter levantado y austero, equilibrado y enérgico, de recta intención y clara inteligencia y, además, de una probidad a toda prueba.”

Casal Gómez describe, de manera diríamos que naturalista, el momento del atentado:

“A eso de la una de la madrugada del día 17 de julio de 1919, el presidente del Sindicato de Tintoreros, Pablo Sabater (a) ‘Tero’ regresaba a su domicilio sito en la calle del Dos de Mayo, de la barriada de San Martín, completamente tranquilo y muy ajeno por cierto al espantoso atentado de que iba a ser víctima dos horas más tarde. La noche era deliciosa, apacible, de verano ardiente y voluptuoso. En el cielo puro, límpido, sereno y azulado brillaban tímidamente algunas estrellas, y la democrática calle del Dos de Mayo se veía solitaria, quieta, silenciosa. La plácida quietud y el callado reposo de aquella barriada sólo era turbado de vez en cuando por las fuertes pisadas del modesto vigilante nocturno Ángel García, al hacer el recorrido de la demarcación a su cargo, sin que él, ni nadie, pudiera sospechar el trágico drama que en la soledad misteriosa se estaba incubando y que en breve se iba a desarrollar con la más segura impunidad.”

En la novela, Pajarito de Soto presenta a su vez un conmovedor relato de los hechos:

“Pues bien, a eso de la una de la madrugada del día 27 de septiembre del corriente año, el citado Vicente Puentegarcía García regresaba a su domicilio, sito en la calle de la Independencia, en la barriada de San Martín, completamente tranquilo y muy ajeno al espantoso atentado de que iba a ser objeto pocos minutos más tarde. La noche era deliciosa, apacible. En el cielo puro, límpido, sereno y azulado brillaban tímidamente algunas estrellas, y la democrática calle de la Independencia se veía solitaria, quieta, silenciosa. La plácida quietud y el callado reposo de aquella barriada sólo eran turbados de vez en cuando por las fuertes pisadas del modesto vigilante nocturno, Ángel Peceira, al hacer el recorrido de la demarcación a su cargo, sin que él, ni nadie, pudiera sospechar el trágico drama que en la soledad misteriosa se estaba incubando y que en breve se iba a desarrollar con la más segura impunidad.”

El comisario Casal Gómez, llevado por las nefastas consecuencias del crimen, aporta sus particulares tintes melodramáticos:

“… el rostro del infeliz Sabater se contrae en una horrible mueca de dolor intenso. Y suplica con los ojos humedecidos por el llanto… El detenido se tambalea, mártir del terrible suplicio que las esposas le producen en las muñecas…La desventurada esposa,…deshecha en lágrimas se lanza como loca sobre el lecho, hendiendo las paredes con puntiagudos y atravesantes alaridos de dolor, de consternación tremenda.

“El infortunado Sabater, al verse a los pies de aquellos facinerosos, sintió un estremecimiento convulsivo, le temblaron las piernas y le castañetearon los dientes. Vio ráfagas de luz, círculos luminosos y espadas de fuego…

“… Y en los estertores de una agonía feroz, retorciéndose moribundo en un charco de sangre espesa y humeante, aun puede balbucir, despreciativo:

“-¡Miserables! -¡Canallas!”

A estos tintes melodramáticos tampoco se resiste el siempre sentimental Pajarito de Soto en la novela de Mendoza:

“Llueven los golpes y Puentegarcía se tambalea, mártir del terrible suplicio que los puñetazos le producen, cae al suelo ensangrentado y casi inconsciente. Aun tendido síguenle propinando puntapiés y puñetazos los dos asesinos. El infortunado Puentegarcía, al verse a los pies de aquellos facinerosos, sintió un estremecimiento convulsivo, vio ráfagas de luz, círculos luminosos y espadas de fuego.

“Su desventurada esposa, que ha salido al balcón intranquila por la tardanza de su compañero, y advertida por el ruido, se lanza como una loca a la calle, deshecha en lágrimas, hendiendo los aires con puntiagudos y atravesantes gritos de dolor, de consternación tremenda. Los cobardes verdugos huyen al verla venir. Atraído por los gritos acude el honrado sereno. Entre ambos transportan al lecho el magullado cuerpo del obrero, el cual, retorciéndose en un charco de sangre espesa y humeante, aún puede balbucear despreciativo: «¡Miserables! ¡Canallas!»”

A pesar de lo que pueda parecer a primera vista, no hay en Mendoza la menor actitud de plagio (y menos con la fecunda imaginación que ha demostrado sobradamente) sino un mimetismo total con el lenguaje, las impresiones y las formas de una época aún sorprendida respecto a las muertes violentas en la vida civil. Como diría Borges en Pierre Menard, autor del Quijote, Mendoza (acaso sin quererlo) enriqueció mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas.

El método empleado por el autor catalán consideraba no solo dominar el contexto en el que se desenvolvieron los hechos narrados en su novela, sino asimilarse, fundirse en ellos: conocer bien los métodos policiales, recuperar la fe anarquista, elaborar con la jerga de la época idénticos documentos a los entonces elaborados, olvidar la historia entre los años 1917 y 1919.

En un momento dado, Mendoza tuvo perfectamente concretados los perfiles del empresario Savolta, del periodista Pajarito de Soto, del voluntarioso comisario Vázquez, del confidente Nemesio Cabra, entrevistos por el público entre la sucesión de artículos, cartas, afidávits y fichas policiales que trufan la primera parte de la novela y que, como hemos visto, no siempre fueron fruto de su imaginación (que sí de su ingenio).

Pero faltaba algo, la espoleta que removiera la acción, un personaje procedente de otro contexto y lo suficientemente interesante que atravesara y justificara la historia de principio a fin, y junto a él, para darle brillo, el hombre sacrificado, sin fuste, el que no se entera de nada, el que cuenta la novela, un simple empleado de oficina al que llamó Javier Miranda, tan parecido al otro escribidor, a ese otro simple empleado de oficina llamado Eduardo Mendoza.

Continuará…

Facsímil del periódico Solidaridad Obrera de 9 de enero de 1918. En el segundo fragmento se ha señalado con un cuadrado la noticia sobre el atentado contra Barret titulado A cada puerco le llega su San Martín. Pulsando sobre el periódico se enlaza con la página de donde se ha extraído la imagen. Dada su poca nitidez, aclaramos que la noticia reza exactamente: «Barret, el patrono metalúrgico Barret, según se nos comunica, ha sido herido gravemente. (…) era uno de los patronos más tiranos de esta región. A él se deben los fracasos de algunas huelgas metalúrgicas, y por su actuación varios de los nuestros se encuentran en presidio. Por eso decimos que «A cada puerco le llega su San Martín».

Solidar Obrera-1

Solidar Obrera-3

Inopinadamente, los días siguientes (jueves 10 de enero y viernes 11 de enero), el periódico cambia el tono por otro más suave, tal vez intuyendo las verdaderas razones del asesinato y la convicción de que no fue el anarco-sindicalismo el autor de los hechos.

A pesar de quedar probada la no intervención del anarquismo en el atentado, incluimos enlace a la noticia del juicio contra varios anarquistas, titulada El asesinato del señor Barret, en el ABC del día 19 de abril de 1919.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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