Lanzarote. Michel Houellebecq: Turismo de escritor

Lanzarote. Michel Houellebecq. Reseña de Cicutadry

Michel Houellebecq es de esos escritores franceses, tan típicos en su cultura, que alcanzan antes la fama como provocador que como literato. Aun viviendo en el siglo XXI, la sociedad se sigue escandalizando con cualquier cosa y este hecho atávico lo han aprovechado cuantos artistas han podido a lo largo de la historia. No obstante, cuando se lee una novela de su autoría como Lanzarote, de apenas 100 páginas y letra para miopes, uno comprende que el supuesto provocador está tan vendido al mercado como el más interesado de los escritores y que, posiblemente, esa presunta rebeldía no sea más que una pose.

Quede claro que esto no resta mérito a esta amena novelita; más bien nos estamos refiriendo a esa tendencia humana a la crítica y la curiosidad malsana que algunos artistas saben aprovechar para atraer al público menos escrupuloso. Que Michel Houellebecq exprese en público lo que posiblemente sean sus opiniones personales no tiene nada de escandaloso; lo escabroso es que insista en eso que se ha dado en llamar políticamente incorrecto que no es más que lo que les ha pasado durante toda la vida a quienes no pensaban lo mismo que la mayoría. Lo que en los demás países del mundo se denomina ser crítico, en Francia se le llama malditismo.

Houellebecq en estado puro

A pesar de su brevedad, Lanzarote es una novela que contiene todos los tics bien conocidos por los lectores de Houellebecq, es decir, el relato de un señor malhumorado y enfadado con el mundo que podría pasar por una especie de Mr. Scrooge a la francesa si no fuera porque la Navidad de 1999 que pretende disfrutar en esta novela Monsieur Houllebecq lo lleva, con auténtica desgana, a la isla canaria de Lanzarote, después de pasar por una agencia de viajes de la que no tiene desperdicio las apreciaciones personales acerca del turismo que hace el autor.

Hay una frase en la novela, que aparece en esta visita a la agencia de viajes y su sustanciosa conversación con la agente cuando ésta le ofrece varios paquetes vacacionales, que resume de alguna manera cómo es el personaje con el que vamos a viajar a Canarias: “No, no podía ayudarme; nadie podía”.

Curiosamente, ese primer nihilismo del personaje no deja de ser una pose más del escritor, puesto que no solo la agente de viajes lo ayuda a elegir Lanzarote como destino invernal sino que la actitud del personaje en la isla es más la de un turista gruñón que la de un nihilista o alguien que se plantea su lugar en el mundo.

Cuando la opinión del escritor es más importante que la trama

Como también es habitual en las novelas de Houellebecq, Lanzarote es una novela repleta de opiniones personales del autor, y sabemos que es así porque las repite recurrentemente en cuantas entrevistas concede, artículos escribe o novelas publica. De una manera palmaria, el protagonista de las novelas de Houellebecq es el propio Houellebecq para regocijo de sus seguidores y aburrimiento de quienes se acercan por curiosidad o publicidad a sus sucesivas novelas.

Pues bien; en Lanzarote el protagonista arriba a la isla, de la que no dice nada interesante que pueda ayudar a que el público francés deseé visitarla y allí conoce a tres personas que serán las únicas que aparecerán a lo largo de la historia: Rudi, un policía belga amargado, que ha sido abandonado por su esposa marroquí, ya que se ha largado a su país con sus dos hijos (que esta mujer sea de origen árabe no es una casualidad, viniendo la ocurrencia de Houellebecq), y que se dedica sistemáticamente a soltar pestes de su país, Bélgica, hasta extremos un tanto inverosímiles; y por otro lado dos chicas alemanas, Pam y Bárbara, lesbianas “no exclusivas” que desde el principio se ve que serán el chivo expiatorio perfecto para que Houellebecq introduzca su sempiterna ración de sexo en la novela, porque todos sabemos que el sexo vende, a pesar de que el escritor francés vaya de rebelde social y cultural.

Una extraña novela corta

Generalmente, un autor elige la forma de la novela corta (tan poco comercial) cuando la historia que quiere contar necesita ser condensada en pocas páginas, creándose una tensión en la trama que de otra manera se diluiría. Estoy pensando en La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares o La caída de Albert Camus, por poner dos ejemplos. El número de novelas largas cuyo argumento se podría haber desarrollado perfectamente en 60 páginas es tal que preferimos omitir títulos.

Sin embargo, en el caso de Lanzarote, se observa que la novela es breve porque el escritor, en un alarde de honradez o por necesidades económicas urgentes, no tenía nada más que contar y lo que exhibe ante el lector tiene toda la pinta de ser las propias vacaciones de Houellebecq en Lanzarote (de hecho, hacia la mitad del libro se insertan unas cuantas fotografías de la isla realizadas por el autor), tal vez adobadas con alguna fantasía erótica –como tendremos momento de comentar- y que no se salen de lo que cualquier turista haría en la isla.

¿Dónde está entonces el interés de la novela? Pues en que se trata de un libro de Houellebecq y sus seguidores se podrán solazar con un concentrado de opiniones del escritor que en otras novelas se diluyen algo más en la trama; y para los que no siguen a Houellebecq, el interés reside en que es una buena forma de acercarse a las filias, las fobias y el estilo del escritor galo. No es su mejor novela, sin duda, pero sirve perfectamente como introducción al autor sin la necesidad de tragarse una novela más larga.

De esta manera asistimos a lo que cualquier amigo nos podría contar de su viaje a Lanzarote: el Parque Natural de Timanfaya, el Jardín de Cactus, el paisaje lunar y algunas especialidades gastronómicas, como las papas arrugás. También realiza una corta visita a Fuerteventura que el autor nos podría haber ahorrado dada la muy negativa opinión de la isla que expresa sin explicar el motivo.

El francés provocador

Como irá comprendiendo el lector que no conozca a este autor, lo que hace que Houellebecq sea Houellebecq es su peculiar forma de ver las cosas. Por poner un ejemplo, en el Jardín de Cactus, que puede gustar más o menos a cada cual, hace la siguiente apreciación de la que extraemos algunos fragmentos para no aburrir al lector sobre el extenso texto que el escritor nos endilga sobre esta especie vegetal:

Diferentes especies, elegidas por su morfología repugnante, aparecen dispuestas a lo largo de caminos pavimentados con piedras volcánicas. Crasos y erizados de espinas, los cactus son el símbolo perfecto de la abyección de la vida vegetal…, por no decir algo peor aún. […] El belga observaba un gran cactus violáceo en forma de falo, artísticamente plantado junto a dos cactus periféricos, más pequeños, que debían de representar las pelotas… […] Los cactus llevan luego una existencia morfológica sin inhibiciones, si se puede expresar de esta forma. Puesto que crecen prácticamente aislados, no han de adaptarse a las exigencias de tal o cual formación vegetal. Los animales depredadores, que además son escasos, se ven disuadidos de atacarlos por la abundancia de sus espinas. Esta ausencia de presión selectiva les permite desarrollar sin complejos una gran variedad de formas burlescas, muy adecuadas para divertir a los turistas. Su imitación de los órganos sexuales masculinos, en particular, tiene siempre éxito con las turistas italianas.

(La negrita es mía)

De la misma manera, extraemos este “jugoso” fragmento de una conversación entre el protagonista y el triste inspector de policía belga que resultará muy interesante para sus posibles lectoras españolas:

Para disipar aquel momento de embarazo, nos pusimos a hablar de las españolas, y estuvimos de acuerdo ante todo en que valía la pena acostarse con ellas. No sólo porque les gusta el sexo y tienen a menudo unos pechos espléndidos, sino porque, en general, son amables, sin complicaciones y nada vanidosas; al contrario que las italianas, tan pagadas de su propia belleza, que no hay manera de darse un revolcón con ellas, a pesar de su excelente disposición inicial.

Cuando termina el escueto y tópico recorrido por la isla, Houellebecq retoma a los personajes femeninos que habían aparecido al principio de la historia para introducir la correspondiente ración de sexo que siempre tiene reservada a sus lectores. En este caso –como decíamos- se trata de una pareja de lesbianas “no exclusivas” que da pie a una escena playera con los dos cuerpos desnudos de las mujeres acariciándose, a los que se une el protagonista en un trío de los más convencional a pesar de la abierta sexualidad que parece prometer la pareja. Tampoco es extraño que las dos escenas que aparecen en la novela sean de escaso voltaje (aunque habrá a quienes les parezca el summum de la perversión) dada la inapetencia que muestra el personaje en todo lo que hace y que podría resumirse en este párrafo:

Decidí pasarme al canal de la MTV. La MTV, sin sonido, es muy soportable; simpática incluso, con todas esas jovencitas bailando sinuosamente sobre sus plataformas. Acabé sacándome la polla y cascándomela durante un clip de rap antes de sumergirme en un sueño que duró poco más de dos horas.

Los raelianos

La parte más interesante de la novela, sin embargo, no tiene nada que ver con el viaje en sí. Se trata de la muy superficial referencia a una secta, los azraelianos, que corresponde exactamente a una que sí existe en la realidad y que tiene presencia en la isla de Lanzarote, los Raelianos. Se trata de una de las llamadas sectas ovnis que creen en la protección de la Tierra por parte de los extraterrestres y cuya principal característica es su paradójica preocupación por los avances científicos, hasta el punto que esta misma secta (la real) fue conocida a nivel mundial cuando aseguró haber creado el primer bebé clonado de la historia, bebé que no apareció jamás ni se le espera.

¿Por qué este interés de Houellebecq por una secta disparatada? Por una de las muchas características de esta gente que, necesariamente, debía atraer a Houellebecq: promueven la sexualidad libre incluso dentro de la propia familia, también con los hijos menores que pueda haber en ella. Es decir, promueven el incesto y la pedofilia. Algo así no se le podía escapar al escritor francés, tan amigo de lo escandaloso, aunque a decir verdad en Lanzarote hay muy pocos integrantes de esta secta, que es de origen francés y que es en Francia donde desarrollan sobre todo su actividad.

Insistimos que Lanzarote, aun siendo una novela menor en la producción de Houellebecq, no es nada desdeñable, si bien está muy lejos de su segunda obra Las partículas elementales, que lo lanzó a la fama mundial. El problema de Houellebecq, como de tantos escritores, es que parece que una vez escritas sus dos o tres primeras novelas ya no tienen más que decir y el resto de su carrera literaria no es más que la repetición de clichés personales que al menos garantizan la compra de sus libros por parte de sus acérrimos seguidores. Por eso recomendamos Lanzarote al posible nuevo lector: sin ningún esfuerzo por su parte, en sus menos de 100 páginas se encontrará a Houellebecq en estado puro.

Lanzarote. Michel Houellebecq. Editorial Anagrama

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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