Las palabras, de Jean Paul Sartre: la génesis de un escritor.

Jean Paul Sartre es mundialmente conocido por su famosa novela La náusea, obra existencialista por antonomasia. También resulta relevante destacar toda su producción teatral, de corte existencialista, con piezas magníficas como A puerta cerrada, Las manos sucias o Las moscas. Y por supuesto también hay que destacar su obra filosófica, en especial El ser y la nada, o El existencialismo es un humanismo. En cuanto al ensayo Las palabras, tal vez sea su obra menos conocida pero también la más personal, en tanto que narra la vida del autor desde su nacimiento hasta alrededor de los once años.

La falsa conciencia.

En Las palabras Jean Paul Sartre descubre y analiza la génesis de aquella “neurosis temperamental que lo mantuvo prisionero durante treinta años y de la que se liberó recorriendo los propios errores pasados y adquiriendo conciencia de ellos.

Sartre nos habla de la falsa conciencia que le ha hecho vivir la actividad de escritor como una misión especial con la creencia de que esa dedicación podría justificar su existencia, asegurándole una salvación de otro modo imposible.

Partiendo de esa premisa, Sartre concluye que su experiencia como escritor acaba por convertirse en paradigma de lo que puede llegar a ser la literatura: una soledad abstractamente individualista y falsamente heroica, es decir, una mixtificación a través de las palabras.

Los abuelos de Sartre.

Jean Paul Sartre (o Poulou, como lo llaman sus abuelos) comienza contándonos en Las palabras que quedó huérfano de padre a los pocos meses. Este hecho hizo que su madre, Anne Marie, muy joven entonces, se fuese a vivir a casa de los abuelos maternos. De este modo Anne Marie vuelve a convertirse en una “muchacha” a los ojos de sus padres. En palabras de Sartre su madre era entonces una criatura de “riente inconsciencia” sometida a la bíblica autoridad del padre, Charles Scheitzer.

El abuelo de Poulou era hijo de un ex maestro que habría deseado que Charles fuera pastor protestante, y exponente estimado de la cultura académica oficial. En cuanto a la abuela de Poulou, Louise, Sartre la recuerda como una mujer católica, retraída, escéptica hasta el cinismo, refinada e insatisfecha; un espíritu silencioso y absolutamente negativo, que lleva una vida separada, en la penumbra de su alcoba, afligida por achaques imaginarios que le permiten reducir al mínimo los contactos con su marido.

A Charles le gusta reconocer públicamente que Poulou es un don del cielo para la continuación de su obra de “misionero de la cultura”; cada palabra o acto del niño es acogido como señal profética de futuros prodigios. Poulou, sin padre y sin una verdadera madre (Anne Marie es para él una frágil amiga a quien proteger), se identifica totalmente con la comedia del “niño prodigio”, que el abuelo le mueve a representar.

Leer.

Poulou es introducido en la biblioteca de Charles, para ser iniciado en el sacerdocio secreto del saber. Allí comienza a descubrir la realidad a través de los libros, comenzando así aquella  confusión de las palabras con la realidad, que a Sartre le parece la raíz primordial de aquel “idealismo platónico” del que no se liberará hasta muchos años después.

Sartre descubrirá relatos de aventuras africanas, novelas de capa y espada, tragedias clásicas y enciclopedias que son el regalo, reino ofrecido por su abuelo. Al lado de toda esa ficción compuesta por las palabras “las cosas” del mundo real le parecen fantasmas descoloridos, sin orden ni sentido.

El niño se proyecta en los héroes solitarios de sus historias, pero siempre se le caen de las manos en la última página, quedándose él “en medio del camino”. Para escapar al abandono de la criatura, él se prepara “la más irremediable soledad burguesa, la del creador”. Del sentimiento de su propia superfluidad se librará mediante una nueva mentira: escribir.

Escribir.

Pero su abuelo Charles no espera de Poulou el impulso desordenado y caprichoso del artista, sino el sereno equilibrio del administrador de los bienes culturales. Las precoces actividades literarias del niño no son bien vistas  por el abuelo, de modo que Poulou las lleva a cabo a escondidas:

Yo escribía por escribir. No lo lamento, si me hubiesen leído, habría tratado de gustar, me habría vuelto maravilloso. Como era clandestino, fui verdadero.

Este juego del escondite le permitió a Sartre  una evasión de la “comedia” y, en cierto modo, un acercamiento a la “verdad”.  En las palabras del propio Sartre:

Todavía no trabajaba, pero ya no jugaba, el mentiroso encontraba su verdad en la elaboración de sus propias mentiras.

Aunque Poulou era consciente de que en cierto modo estaba traicionando las esperanzas de su abuelo, conserva la exigencia de una “justificación”, y el sentimiento de que la vida solo tiene sentido si es un mandato y una misión confiados por Otro. Así comenzará a escribir para Dios, sin pedir recompensas mundanas, satisfecho con la gloria futura:

Apenas empecé a escribir, dejé la pluma para regocijarme. La impostura era la misma, pero ya he dicho que para mí las palabras eran la quintaesencia de las cosas. Nada me turbaba más que ver a mis patas de mosca perdiendo poco a poco sus brillos de fuego fatuo en la deslucida consistencia de la materia. Era la realización de lo imaginario. Un león, un capitán del Segundo Imperio y un beduino, caídos en la trampa del nombramiento, entraban en el comedor; se quedaban allí para siempre, cautivos, incorporados por los signos; creía haber anclado mis sueños en el mundo con los arañazos de una pluma de acero.

En Las palabras Poulou se imagina a sí mismo como alguien que ha llevado a término la loca empresa de escribir para hacerse perdonar la propia existencia. Su vida adquiere un carácter providencial en el que los errores son etapas hacia el continuo perfeccionamiento. Pero mientras Poulou se humilla en su ser nada, venera en sí al autor de las futuras obras maestras:

Al escribir, existía, me escapaba de las personas mayores; pero sólo existía para escribir, y si decía “yo” quería decir “yo que escribo”. No importa, conocí la alegría; el niño público se dio citas privadas.

Balance final.

En las últimas páginas de Las palabras, Sartre efectúa un análisis despiadado de lo que ha venido a ser, entre 1914 y 1916, la génesis de su carácter definitivo, descubriendo sus raíces elementales. Habla como el “hombre que se despierta curado de una larga, amarga y dulce locura” y que “no puede recordar sin reír sus viejos errores y que ya no sabe qué hacer con su vida”.

Con la perspectiva del tiempo, Sartre ve cómo ha caído todo mandato especial y vuelve a ser el viajero sin billete que era a los siete años: una cruel empresa de gran empuje le ha llevado al ateísmo integral. El Otro, invisible e innominado que garantizaba inconscientemente “el mandato” y regulaba su vida, se ha desvanecido, como también ha quedado desvanecida toda ilusión sobre el carácter salvador de la cultura que, desacralizada y privada de toda posibilidad de justificar, sigue siendo, no obstante, un producto del hombre en el que se proyecta y se reconoce.

En Las palabras Sartre hace un balance amargo y lúcido, lleno de seriedad en la invitación a evitar los falsos senderos que han hecho extraviarse al autor en la selva de los absolutos, enemigos del hombre, negando así la posibilidad de una concepción de lo divino que no tenga el carácter de enajenador, y de una fe que no vacíe al hombre y a la realidad de valor intrínseco.

Como ya apunté al comienzo, Las palabras es la obra más personal de Sartre, en la que se desnuda ante el lector de forma cruda y sincera, en un conmovedor testimonio de vida: el de la decepción de un hombre mayor que se ha dado cuenta de que la literatura no le ha servido, como le hubiese gustado, para justificar su existencia.

Las palabras. Jean-Paul Sartre. Alianza Editorial.

Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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