Lo real y otros cuentos. Henry James

Acababa de debutar en la escena londinense con una adaptación teatral de su novela El Americano. Unos meses antes, la obra había rodado por varias poblaciones inglesas con bastante éxito, pero la fatiga de verse convertido en un autor de la legua, obligado a hacer continuos cambios en el texto, apenas le dejaba tiempo para dedicarse a su carrera literaria. Al contrario de lo que podamos pensar, Henry James nunca albergó duda alguna de que el teatro era una especie de viaje a los bajos fondos en busca de los recursos económicos que ya no le proporcionaban sus novelas.

La mala suerte (visto desde nuestra perspectiva) quiso que la representación de la obra en Londres tuviera una gran repercusión social, aunque su éxito ante la crítica fue más que dudoso. Al estreno acudió Robert Lincoln, el ministro norteamericano y hay constancia periodística de la presencia esa noche de “varios millonarios norteamericanos”. Días después del estreno, el príncipe de Gales quiso ver la obra, y posiblemente gracias a esta visita se llegó a las setenta representaciones, si bien a costa de constantes revisiones del texto para adecuarlo al gusto de la crítica y del público. James apenas ganó dinero con la temporada teatral pero adquirió cierto prestigio como dramaturgo y esto repercutió favorablemente en su propia estima.

Si miramos atentamente su bibliografía, observamos que 1892 fue un buen año para James en el terreno de la narrativa breve. Escribió 10 cuentos de gran calidad, algunos de los cuales son considerados los mejores de su producción. Siguió cultivando con interés el género fantástico, al que pertenece Nona Vincent (febrero-marzo de 1892). Que el argumento se desarrolle en el ambiente del teatro no nos debe extrañar; es más: parece un desquite de las largas horas que pasó entre bambalinas sufriendo al ver que la protagonista femenina de su obra era interpretada de manera frenética y nerviosa por la actriz Elizabeth Robins. Su estado de ánimo en aquel momento se refleja en esta entrada de su cuaderno de notas fechada el 22 de octubre de 1891:

Poco a poco empiezo a recobrarme del sinnúmero de deberes e infortunios consiguientes a la producción de El Americano […], y no me hace falta referirlos aquí para recordar lo que ha sido y en cierta medida sigue siendo el episodio; ni para saber hasta qué punto me da una razón para vivir en el futuro. […] Entretanto, el remedio sedante, reparador, sagrado y saludable contra tantas vulgaridades y sufrimientos consistirá en sumergirme, dentro de esta bendita inexpugnada sala de trabajo, en el esfuerzo y el solaz inestimables del arte, en la producción decidida y benéfica. Regreso a todo esto con un tesoro de experiencia, de sabiduría, de material acumulado, de (me parece) templanza, fortaleza y capacidad incrementada. Adquirido al precio de hartos disgustos, de todos modos es un bien que, una vez apresado, sé que no debería dejar que se pierda.

Ateniéndonos al relato, éste nos muestra a un joven dramaturgo, Allan Wayworth, que acaba de escribir su primera obra, titulada como el cuento, Nona Vincent, alentado por el constante ánimo que le da una querida amiga, la señora Alsager, amante del arte, que siente una estremecedora necesidad de proyectar su libertad sobre las cosas bellas, entendemos que debido a que se encuentra casada con un rico millonario de la City que le proporciona pocas alegrías en su vida.

Una vez que lee la obra, la señora Alsager se entusiasma con el personaje de Nona Vincent: siente que la entiende, que el alma de la protagonista tiene mucho de ella, y realmente es así, como confiesa su amigo escritor, puesto que se ha inspirado en ella para crear el personaje.

Hay que advertir al lector que este cuento es sutilmente fantástico, o dicho de otro modo, el elemento sobrenatural apenas se halla explícito en el texto; solo una lectura atenta nos muestra su espléndida concepción. Que la señora Alsager y el personaje de Nona Vincent coincidan en su personalidad más íntima se debe sin duda a la inspiración del autor, pero a la vista de los hechos posteriores, cabe plantearse si esa coincidencia es realmente fruto de su voluntad o de otros motivos menos personales.

El hecho de que Wayworth llame a todas las puertas de los empresarios londinenses sin éxito durante un año y que solo consiga ensayar la obra por mediación de la omnipresente Mrs. Alsager tampoco parece una coincidencia: es como si la obra estuviera impregnada de ella. Durante los ensayos Wayworth comprueba horrorizado que la actriz que encarna el papel, Violet Grey, no comprende al personaje en absoluto. Como le dice el autor a su amiga: “¡Mi primera actriz no va a conseguir que Nona se parezca mucho a usted!” (la bastardilla no es mía, sino de Henry James)

El estreno es un fracaso, pero durante la segunda representación se produce el milagro: Violet Grey consigue encontrar toda la profundidad que atesora el personaje. Ha ocurrido una sola circunstancia entre una representación y otra que puede explicar el repentino cambio y esta circunstancia vuelve a estar relacionada con la intervención de Mrs. Alsager.

El biógrafo de James, Leon Edel, señala que un año antes Henry James había leído ante la British Society for Psychical Research un estudio de su hermano William sobre la famosa médium William Leonore Piper, y que por tanto, Henry hizo suyas –para la ficción- las experiencias extrasensoriales descritas en el texto. Sea o no esto cierto, estamos ante uno de los relatos más refinados de James, que puede ser objeto de distintas lecturas.

Otro cuento relacionado con posibles fenómenos paranormales es Sir Dominick Ferrand (julio-agosto de 1892). Insisto que utilizamos aquí este tipo de expresiones para una mejor compresión del texto por parte de los lectores actuales, pero si en algo se diferencia Henry James de los demás escritores es por su capacidad para insinuar situaciones: él no explica los hechos –si es que realmente los hay- sino que logra envolverlos en un aire de perplejidad, los presenta al lector y después deja que éste extraiga sus propias conclusiones.

Un viejo escritorio y un paquete de cartas le son suficientes para crear el misterio. Peter Baron es un escritor en ciernes cuyos artículos le son rechazados por su editor. Su falta de recursos económicos lo obliga a vivir en una casa de huéspedes donde conoce a una joven dama y a su hijo pequeño. La chica se gana la vida dando clases de piano y sus esfuerzos se centran en componer una canción con gancho que le dé éxito. El hecho de que su vecino sea escritor, y pueda escribir una buena letra, estrechará sus vínculos.

Un día Baron descubre un vetusto escritorio de segunda mano en una tienda de antigüedades. Como tantos autores rechazados, imagina que una nueva mesa de trabajo le traerá suerte, y dado su asequible precio, la adquiere. Poco tiempo después, y gracias a un golpe de azar causado por el hijo de su vecina, Mrs. Ryves, encuentra un envoltorio lleno de cartas en un doble fondo. Antes de que pueda abrirlo y comunicar el hallazgo, Mrs. Ryves aparece por la habitación y empieza a comportarse de una manera extraña. Sin apenas mediar palabra le pide a su joven amigo que se deshaga de los papeles; no le dará nada a cambio: debe quemarlos y después ya verá.

Estudio de Henry James

Pronto conoceremos el remitente de las cartas, un extinto político, Sir Dominick Ferrand, cuya buena reputación quedaría en entredicho ante la opinión pública si se diera a conocer esta correspondencia. Naturalmente no sabremos su contenido –para Henry James eso es lo de menos- pero sí las idas y venidas de los papeles entre el autor y su editor, a quienes llegan en un esfuerzo desesperado de Baron por publicar algo.

Respecto se va complicando la trama, se va oscureciendo la personalidad de Mrs. Ryves. Sus presagios y premoniciones llenan así la escena completa aun cuando no se refieran a ella: el autor ha incluido en su cuento ese elemento de extrañeza que le basta para dotar de interés la historia. Lo que ocurra después con el destino de esas cartas y su influencia en sus poseedores ya es imprevisible.

Este tipo de juegos inesperados para el lector era muy del gusto de James, sostenido en ocasiones con la simple subversión de los hechos. En The Chaperon (noviembre – diciembre de 1891), que podríamos traducir como La carabina, es la hija la que se hace “tutora” de una madre descarriada con el fin de que sea de nuevo aceptada socialmente.

Rose Tramore ha crecido junto a su padre y su abuela materna porque su madre se fugó con otro hombre. Cuando el “otro hombre” muere en un accidente, sin que se haya casado con Mrs. Tremore, ésta regresa a Londres pero es evitada por la sociedad. Al morir su padre, Rose anuncia su decisión de ir a vivir con su madre. Lo hace a pesar de las protestas de su abuela y su pretendiente, el capitán Jay.

Como decíamos, la ironía ya contenida en el título se fundamenta en que es la hija la que quiere rehabilitar la reputación de su madre, y no al revés, como solía ocurrir. Rose la protege de la humillación derivada de las convenciones sociales, y de alguna forma, de la maldad escondida en éstas.

Rose rechaza invitaciones para ella sola y hay en esa renuncia algo turbador, porque contraría otra creencia: una hija abandonada por su madre, no suele hacerse cargo de ella cuando vuelve después de un fracaso. Mrs. Tramore no le pide a Rose que la ayude; es la hija la que se enfrenta a su propia familia –que la ha cuidado-, a su pretendiente –con quien se ha comprometido- y a la sociedad –en la que se desenvuelve su vida- por tal de restituir la buena fama de su madre. Sin embargo, la palabra amor no aparece en ningún momento en el texto: otra característica de nuestro autor es no hacer fáciles concesiones a los lectores.

Otro relato en el que James desordena concienzudamente la realidad es el encantador Greville Fane (septiembre de 1892). Un innominado escritor es requerido para que haga un agradable obituario de Mrs. Stormer, autora de tres novelas que publicó en un mismo año bajo el seudónimo de Greville Fane. Las obras son infumables a pesar de que tuvieran éxito en su tiempo. El relato narra lo que no aparecerá en la nota necrológica: la trivialidad de las historias de Greville Fane, su evidente falta de talento y el patetismo de su vida personal.

Para escribir este cuento James se basó en una anécdota poco conocida de la vida de Anthony Trollope: había planeado educar a su hijo para ser escritor de novelas en tanto oficio lucrativo y el joven terminó siendo granjero en Australia. Henry James supo extraer el aspecto patético de tan singular propósito. Con agria ironía imaginó dos hijos holgazanes viviendo a costa de su protectora madre: el mayor, Leolin, al que le paga viajes para que haga acopio de material que le sirva para futuras novelas, y la repelente Ethel, prometida del nonagenario Sir Basil Luard, a la que quiere dar una boda que esté a la altura de la posición social que ella pretende.

Entre el vago descarado y la cazafortunas, Mrs. Stormer tiene que recurrir a la más baja literatura para producir en poco tiempo el máximo beneficio económico, con el agravante de que los editores le ofrecen menos dinero cuanto más escribe. Su falta de talento será objeto del más ácido sarcasmo por parte del cronista, hasta tal punto –y he aquí la deliciosa paradoja que nos deja James- que sentimos más simpatía por la infame escritora que por el demoledor articulista.

Lo real (The Real Thing, 1892) es de esos cuentos de Henry James que me entusiasman por su inaprensible contenido. Ya el propio título juega con una vaga ambigüedad –aparte de no decir nada, se puede traducir como Lo real o Lo auténtico, dos términos diferentes- que se mantiene en el tono escogido por el autor. Hay una incómoda extrañeza en la forma de presentar los personajes. Un famoso retratista recibe en su estudio la visita de una pareja y escribe:

Ninguno de los dos habló inmediatamente; sólo prolongaron la observación preliminar como sugiriendo que cada uno quería darle al otro la oportunidad. Eran visiblemente tímidos; se quedaron allí de pie esperando que los hiciera entrar, lo que, después me di cuenta, era lo más práctico que pudieron haber hecho. De este modo su confusión servía a su causa. Yo había visto gentes dolorosamente esquivas a mencionar que deseaban algo tan concreto como verse representados en una tela; pero los escrúpulos de mis nuevos conocidos resultaban casi invencibles. Si al menos el caballero hubiera dicho «Quisiera un retrato de mi esposa», y la señora, «Quisiera un retrato de mi marido». Tal vez no eran marido y mujer, y esto naturalmente haría la situación más delicada. Tal vez querían ser pintados juntos, en cuyo caso tendrían que haber traído a un tercero para comunicarlo.

Lo que finalmente pretende la pareja es que el pintor la utilice como modelo para ilustraciones, es decir, posar a cambio de una pequeña gratificación. A pesar de su distinguido porte, pronto se deduce que están muertos de hambre. Desde ese momento James pone en marcha ese especial instinto de crueldad con que baña muchos de sus mejores relatos:

Cualquier club en proceso de formación que deseara ostentar elegancia lo habría contratado para la entrada principal. Lo que me conmovió de inmediato fue que al ponerse frente a mí, había perdido toda su majestad; parecía más bien una imagen publicitaria. No puedo, desde luego, precisar esto en detalle, pero pude captar que eran capaces de hacer la fortuna de alguien, no quiero decir la suya. Había en ellos algo de confeccionistas, de dueños de hotel, de vendedores de jabón. Logré imaginarlo. «Siempre usamos esto» prendido en la solapa con el efecto más atrayente; tuve la visión del brillo con que podían inaugurar una casa de huéspedes.

El Mayor Monarch y su esposa se han rebajado a servir a un pintor como modelos pero lo que no podemos imaginar es que ni siquiera valen para eso por una curiosa cuestión: tienen tan buena planta, son tan rotundos en su sólida presencia, que representan “lo real”, es decir, son un impedimento para la imaginación del artista. Al compararlos con otra modelo que acude al estudio, una vulgar fregona, el ilustrador descubre la inutilidad de la pareja para la sugerencia: los dibujos terminan por parecer fotografías, son demasiados perfectos para ser dúctiles, estimulan la copia en lugar de la creatividad en detrimento del estilo del pintor. La aparición de un joven vagabundo italiano, también muerto de hambre pero con grandes posibilidades pictóricas redundará en la definitiva humillación de los Monarch.

Hay pocos escritores como Henry James que sepan extraer tanta fuerza dramática al patetismo. Es capaz de llevar a los personajes a situaciones límite para después abandonarlos a su suerte sin causar lástima o desagrado, sino más bien una especie de desasosiego que se instala en la mente del lector desde el comienzo del relato. James era un especialista en crear sensaciones, un impresionista llevado al terreno de la prosa. En ese sentido, una atenta relectura de sus cuentos nos puede procurar otra perspectiva de su innovador talento creativo.

Nona Vincent y Sir Dominick Ferrand están incluidos en la selección La tercera persona y otros relatos fantásticos. Rialp.

Lo real, The Chaperon y Greville Fane pertenecen al volumen Complete Works of Henry James. Delphi Classic.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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