Mi querida Eva. Gustavo Martín Garzo

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Me ha intrigado siempre la clasificación sexista de la literatura, y por extensión del arte en general. El que pueda haber un género, o subgénero, de literatura femenina, o más bien, para mujeres, es algo que me recuerda las revistas para mujeres, o cualquier tipo de producto intelectual dedicado exclusivamente a las mujeres. Y también me irrita, porque me parece que la literatura no debería tener parcelas dedicadas a un sexo o a otro.

El problema del sexismo es tan amplio que no podríamos abarcarlo en una simple entrada de esta web. Pero en lo que respecta a la literatura, sospecho que el problema tiene que ver con que las estadísticas indican que las mujeres leen más novelas, mientras parece ser que los hombres leemos ensayos, o simplemente consumimos pornografía, que es más bien un tipo de ensayo, eso sí, repetitivo hasta la saciedad. Me pregunto quién realiza estas encuestas, o si simplemente las editoriales recaban sus datos de las conferencias de los novelistas y ensayistas, o de los actos de firmas de libros, pero yo debo ser entonces uno de esos seres execrables que no encajan en las estadísticas. Con suerte, el fascismo estadístico no ha llegado todavía a ninguno de sus extremos, porque en esto de los gustos de lectura soy pues un poco percentil, allá por los extremos estadísticos que poco o nada contamos en las estrategias editoriales.

Es comprensible en las editoriales este interés por los gustos de los lectores. Lo que me inquieta es si este interés es también compartido por los escritores. Comentábamos hace poco en tertulia lo malo que resulta que un escritor vaya buscando sus lectores; el escritor debe expresarse y al final habrá lectores que le encuentren. Un escritor a la caza de lectores es algo que queda para la empresa del best seller, un tipo de negocio que está basado en la escritura, pero en realidad no en la literatura, o al menos por lo que yo entiendo como literatura. No me interpreten mal, leer best sellers me parece una actitud muy respetable, es un entretenimiento mucho más sano que la televisión, siempre y cuando sepamos diferenciar la ficción de la realidad. La actividad del escritor de best sellers, aunque también respetable, no me parece al menos interesante o motivadora.

Estas diatribas vienen a colación del comentario del libro Mi querida Eva. Y me pregunto si esto es literatura para mujeres. Se trata de una historia de amor, claro. Y en el libro se afirma, repetidas veces, que las mujeres no están interesadas por la justicia, ni por la verdad, sino por las cosas bellas, son más sensibles, más… mujeres. No se trata, por supuesto, de una novela de las llamadas para mujeres sin apenas disimulo, todos conocemos autores de este tipo de género, desde nuestra Corín Tellado hasta las endiosadas escritoras anglosajonas de novelas para mujeres, como V. C. Andrews y compañía. Pero me pregunto si esta novela está dirigida a un público en particular, o al menos si Martín Garzo está intentando dirigirla a un «su público».

Gustavo Martín Garzo escribe unas novelas casi siempre con trama amorosa, donde el pasado juega un papel importante. Los recuerdos de los personajes son a menudo base para la trama de sus novelas, así como reencuentros personales o descubrimientos de sucesos rememorados, con una melancolía que ya creo que es parte de su estilo. Esta recreación constante del pasado explica quizá también su predilección por la literatura fantástica infantil, a la que ha contribuido con varias obras. Pero un elemento central en sus obras es el amor, que explora y detalla en profundidad. Y una parte importante del amor que aparece en esta novela es el amor no correspondido, perdido, postergado e incluso olvidado, para surgir más tarde, décadas después, con la misma capacidad de abrir heridas y desequilibrar nuestras vidas.

Unos adolescentes forman un trío donde el amor cruzado empieza a surgir lenta y casi inadvertidamente. Es con posterioridad cuando los protagonistas se dan cuenta de lo que significaban esos sentimientos, los momentos de un pasado que nunca ha de volver, siempre una vida mejor que la actual, representada en esta novela por la muerte de uno de los personajes. Se trata del ausente, del escogido, del que no va a poder recordar, porque ha muerto en el equívoco, y que es en realidad el borne pivotante de la relación romántica de la novela.

Describiendo esa juventud, Martín Garzo escribe sobre un mundo que desgraciadamente está demasiado lleno de tópicos. Todo nos parece haberlo leído ya, como si nos recordara nuestra propia adolescencia. Quizá alguno de esos elementos es plausible: un antiguo boxeador derrotado, que fue amante y/o guardaespaldas de una estrella de Hollywood, que a su vez es una actriz fracasada y apenas recordada, una película en la que aparecen juntos, veranos donde la adolescencia pasa a la edad adulta, una muchacha que viene de visita y de la que todos se enamoran… Demasiados, demasiados tópicos al principio de la novela; pero también recurre al congreso para reencontrar a los personajes mucho tiempo después, y también recurre al hecho fortuito y banal (esta vez sí bien compenetrado con el resto de la historia), el azar, que al final resulta enormemente transcendente. Pero en realidad nunca sabremos de su transcendencia, porque no podremos cambiar el pasado para observar si el camino no recorrido en su momento alcanza un destino realmente diferente. Tampoco falta un símbolo a la inocencia perdida y olvidada. Resulta que el autor fue aficionado al boxeo y al cine hollywoodiense. En fin, como dice José María Merino, es muy difícil crear ficción porque a veces no resulta creíble, a pesar de que lo menos creíble de todo son los sucesos reales.

Una novela que acaba con el pesimismo sobre la vida y el amor que el protagonista, narrador del relato, exhala con un trasfondo de amargura que creemos que se ha merecido. El autor ha construido una novela poco convincente, pero su capacidad de mirar dentro del corazón humano, sin sensiblerías, la salva en la última parte, para dejarnos un sabor agridulce sobre lo perdidos que estamos en el conocimiento de los sentimientos de los demás. Y no sólo de los hombres por las mujeres, o de los enamorados entre sí. Nunca podremos conocer en su totalidad lo que piensan las otras personas.

Mi querida Eva. Gustavo Martín Garzo. Debolsillo

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