Nueva York, de Eduardo Mendoza: Paseos por una encantadora prosa

Nueva York, de Eduardo Mendoza. Reseña de Cicutadry

Nueva York es un libro de Eduardo Mendoza, publicado en 1986, dentro de una serie que la Editorial Destino inició precisamente con esta obra bajo el título Las ciudades. Podemos afirmar que fue el primer efecto colateral del formidable éxito que Mendoza obtuvo con la publicación de La ciudad de los prodigios. Nadie mejor que el escritor catalán para hablar de una ciudad que había habitado durante diez años aunque, como veremos, lo hiciera desde su más estricto punto de vista personal.

La Nueva York de Eduardo Mendoza

En un prólogo de lo más jugoso, Eduardo Mendoza advierte al lector que no se trata de una guía de viaje, ni siquiera de un texto que pueda servir al viajero como referencia si se acerca a esta ciudad americana.

Soy muy vulnerable a las impresiones que dejan en el ánimo la memoria inconsciente y que al describir lo que recuerdo es posible que inadvertidamente deforme los hechos para adaptarlos a la impresión que recibí en su día sin percatarme de que la estaba recibiendo. Con esto quiero decir, dejando de lado este lenguaje pomposo, que los datos que doy no son de fiar.

Esta advertencia es justa y exacta. Quien se acerque a las páginas de Nueva York con el ánimo de saber algo nuevo sobre la ciudad se sentirá defraudado. Por suerte, este Nueva York de Eduardo Mendoza es un libro suculento de anécdotas personales –que no íntimas- y, en cualquier caso, el recuerdo pasado por la literatura de su estancia en una ciudad en la que vivió.

Un español en Nueva York

Como es sabido, Eduardo Mendoza fue traductor e intérprete en las Naciones Unidas de 1973 a 1982, año en que decidió regresar a España. De su trabajo en Nueva York no escribe una sola palabra, ni siquiera hace referencia al edificio de la ONU. Es fácil de entender que su vida laboral no tiene ningún interés para los lectores; no así su vida cotidiana, que sí que nos acerca a determinados aspectos de la ciudad.

Comienza su andadura en Jackson Square, posiblemente el primer lugar que habitó el escritor barcelonés. Y lo hace para acercar a los lectores a esos pequeños detalles que quizás pasan desapercibidos para los que vemos Nueva York desde la distancia, generalmente bajo grandes titulares o con una imagen distorsionada por el cine.

La vida de Eduardo en Mendoza en Nueva York es la de un extranjero cualquiera en una ciudad que en esos momentos –hablamos de los años 70- estaba en fase de rehabilitación. La peculiaridad es que la mirada de Eduardo Mendoza es una mirada francamente española. Una de las grandes características de la literatura de Mendoza es su continua condición de extrañeza ante las circunstancias, y el autor se deja llevar por esa querencia tan suya para delicia de los lectores. Estamos ante la extrañeza de un español en Nueva York.

Un mundo en reconstrucción

Lo primero que llama la atención en este Nueva York es la casi ausencia de norteamericanos en sus páginas. Están como de fondo, con esa idiosincrasia particular de los neoyorquinos que se traduce en determinadas formas y costumbres de la ciudad, pero como tales personajes no aparecen en el texto. En algún momento sí destaca su existencia precisamente en contraste con otras etnias o nacionalidades.

Nueva York, por tanto, visto por Eduardo Mendoza es un gran escenario, que como él mismo destaca, se va americanizando con los años como ocurre con otras grandes ciudades –Londres, París o Barcelona- de modo que las mismas tiendas y los mismos atractivos que existen en una ciudad pueden encontrarse en otras. Por eso Mendoza hace especial hincapié en aquellos aspectos más peculiares de la ciudad americana que, acaso, ya hayan dejado de existir.

Para ello Eduardo Mendoza utiliza la anécdota personal. Por ejemplo, en uno de los capítulos recibe la visita de ese típico amigo que va a pasar unos días en la ciudad y que se deja caer para no estar solo. Mendoza, como buen anfitrión, lo llevará de un local a otro, siempre con la intención de “deslumbrar” al amigo, o al menos, de hacerle ver lo que de particular tiene Nueva York respecto a otras ciudades.

Un modo de extrañeza

En este episodio que decimos, posiblemente Mendoza acuda a cargar las tintas también para impresionar al lector. Por eso este libro hay que leerlo como lo que es: una guía sentimental de Nueva York. En una misma noche, Mendoza y su amigo irán a parar a todo tipo de locales extravagantes, desde un local sadomasoquista hasta tugurios de mala muerte, en una especie de recorrido un tanto pardillo de dos españoles perdidos en la inmensidad de una ciudad que no duerme.

No obstante hay que indicar que esos periplos a veces se convierten en una jugosa referencia acerca de la extraordinaria variedad de Nueva York. Cuando Mendoza, acompañado de una dama, decide buscar un restaurante para comer, nos describe con una deliciosa mirada tanto la historia como la realidad de barrios como Chinatown o Little Italy, aprovechando de camino desmontar determinados mitos sobre esos lugares.

Todo esto –como ya digo- siempre desde la extrañeza de una persona que en esos momentos no conocía lo que de variopinto y extravagante puede dar de sí una ciudad. Sin duda el libro ha envejecido en este sentido, pero lo decimos de una forma positiva, como un excelente relato de lo que eran determinadas grandes ciudades en los años setenta y cuyos aspectos, en la actualidad, pueden verse y vivirse en cualquier gran ciudad.

Una prosa deliciosa

Personalmente creo que lo mejor de Nueva York no es la ciudad narrada sino el propio Eduardo Mendoza. Aquí podemos acercarnos al Mendoza puro, a ese escritor que después hemos ido conociendo un poco más en entrevistas y semblanzas personales y que nos encanta. Su peculiar personalidad la transcribe a la perfección en su prosa, con esa suerte de encanto que posee el escritor catalán.

Para ser Nueva York una ciudad impresionante, en este libro podemos decir que la vemos en zapatillas. Una Nueva York íntima, un lugar donde los españoles que había en ella –y supongo que seguirá habiendo- se reúnen para evitar en la medida de lo posible el aspecto más negativo de un gran orbe: la soledad. Aun en un mundo globalizado como el actual –en aquellos momentos lo era mucho menos- esas pequeñas reuniones entre nacionales de un país son necesarias para conectar con la tierra dejada atrás, bien por informaciones que traigan recién llegados, bien por recordar por enésima vez anécdotas del pasado que sirven para retomar las raíces con el terruño.

No es la Nueva York de Mendoza una ciudad inhabitable, ni mucho menos. Con su prosa deliciosa hace reconciliar al lector con la ciudad norteamericana como un lugar lleno de posibilidades si se saben ver. Conocer su historia, su urbanismo, sus costumbres, hace que incluso una ciudad como Nueva York intime con el lector si el escritor es capaz de encontrar el tono justo. Y Eduardo Mendoza lo consiguió en este libro encantador, tan necesario como cualquiera de sus novelas para conocer al autor catalán.

Nueva York. Eduardo Mendoza. Destino.

Acerca de José Luis Alvarado

Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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